EL PAIS › UN LIBRO CON LAS AUDIENCIAS EN MEXICO

El Caso Trotsky

 Por Carlos Rodríguez

El 20 de agosto de 1940, hace 70 años, fue asesinado en México, donde había obtenido el status de asilado político, Lev Davídovich Bronstein, conocido como León Trotsky, en torno de quien la izquierda, sobre todo, mantiene una eterna polémica. Perseguido primero por el zar y luego por el estalinismo –con la ayuda de algunos gobiernos imperialistas–, Trotsky fue a pesar de todo un ciudadano del mundo admirado por su inteligencia y su tenacidad. En coincidencia con el aniversario de su asesinato, el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) León Trotsky ha editado, por primera vez en castellano, un libro con el informe completo de las audiencias realizadas en México, con participación de un grupo de personalidades en su mayoría no marxistas. En esas sesiones, el líder revolucionario respondió a las acusaciones formuladas en su contra por José Stalin durante los llamados “procesos de Moscú”, en los cuales se juzgó y se terminó fusilando a muchos seguidores de la “oposición de izquierda” encabezada por Trotsky, acusado por supuestas “actividades antisoviéticas”.

Trotsky fue expulsado del Partido Comunista soviético en 1927 y recibió el castigo del exilio forzoso en 1929. Luego de vivir algún tiempo en Turquía, Francia y Noruega, donde tuvo que cumplir prisión domiciliaria, llegó a México en enero de 1937. El año anterior, en Moscú, habían comenzado los procesos contra sus seguidores. En el libro se asegura que las purgas estalinistas determinaron la detención de más de un millón y medio de personas, de las cuales cerca de 700 mil habrían sido fusiladas.

La comisión que “juzgó” en México a Trotsky estuvo presidida por el norteamericano John Dewey, uno de los fundadores de la filosofía del pragmatismo. Dewey es considerado el filósofo norteamericano más importante de la primera mitad del siglo XX. Su teoría se fundó sobre la base de que “la democracia es libertad”. Durante las audiencias, además de rechazar las acusaciones de “terrorismo individual” y de realizar presuntas “acciones contrarrevolucionarias”, Trotsky hizo un preciso relato de su vida de película.

En marzo de 1897, en Nikolaiev, fundó la primera organización declarada ilegal por el zarismo, la Liga Obrera del Sur de Rusia. Eso le costó dos años y medio en prisión, además de ser deportado a Siberia por cuatro años. Allí creó otra organización clandestina y escapó. Desde entonces comenzó a llamarse Trotsky. Poco después, en Londres, conoció a Georgi Plejánov y a Lenin, del que Trotsky fue hombre de confianza. Los seguidores de Trotsky afirman, por esa razón, que fue “el segundo” en importancia entre los revolucionarios de 1917. Los estalinistas lo niegan, al punto –sin duda ridículo– de haberlo borrado en las fotos oficiales en las que aparecía al lado de Lenin.

Trotsky fue presidente del primer soviet de Petrogrado, en 1905, durante la primera fallida revolución. En ese momento tenía 26 años. Durante su exilio en Francia, antes de la Revolución de Octubre, fue un activista en contra de la Primera Guerra Mundial. Por eso lo expulsaron de ese país en 1916. En España, su próxima etapa, estuvo preso por decisión del rey Alfonso XIII. Regresó a Rusia en mayo de 1917 y desde entonces trabajó codo a codo con Lenin.

En los “procesos de Moscú”, recreados en México, los principales acusados fueron Trotsky y uno de sus hijos, León Sedov, quien lo acompañó en el exilio. El joven llevaba el apellido de su madre, Natalia Sedova, quien estuvo con Trotsky hasta su muerte. Trotsky tuvo otros tres hijos, Sergei, el único que era “apolítico”, según definió su propio padre, y dos mujeres, Nina y Zina. Todos tuvieron un destino de persecución y muerte.

Nina, que era la menor, murió en Moscú en 1928, luego de enfermar tras la detención de su esposo. Zina se suicidó en Berlín, hacia donde había tenido que emigrar. Sergei, un destacado científico, tampoco pudo escapar de la persecución estalinista. Lo acusaron de planear un “envenenamiento masivo de trabajadores”. Fue condenado y murió en prisión. Algunos testimonios aseguran que fue torturado para que delatara a su propio padre, pero nunca lo hizo. El libro del CEIP, titulado El Caso Trotsky, es un documento importante para reavivar una polémica que, hasta ahora, se mantiene vigente, a pesar del viraje histórico del comunismo en el mundo y de la caída –real y aparente– del estalinismo.

Una de las frases que mejor definen a Trotsky es la siguiente: “Sin una organización dirigente la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor”.

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