EL PAíS › OPINION > EL LUGAR DE LOS TRABAJADORES Y EL MOVIMIENTO POPULAR

Un acto, la CGT y los rostros de la multitud

 Por Ricardo Forster *

Imagen: Bernardino Avila.

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Nuevamente Buenos Aires, su centro neurálgico, fue el escenario de una multitudinaria manifestación obrera, de esas que nos recuerdan otros tiempos argentinos y que también despiertan las réplicas airadas que nacen del prejuicio y el desconocimiento. Que cientos de miles de trabajadores sindicalizados se hayan volcado a la 9 de Julio por el Día del Trabajador, y lo hayan hecho a partir de la convocatoria de la CGT, constituye, qué duda cabe, un gran acontecimiento político y social, la puesta en evidencia de que algo sustantivo viene conmoviendo la vida argentina. Frente a esta irrupción de las multitudes, lo que queda, desde la lógica de una oposición paupérrima, es lanzar las sempiternas denuncias de clientelismo, esas que sólo consideran al trabajador desde la perspectiva de quien se moviliza si alguien le paga o si lo obligan. Para esa mirada de clase y hasta racista no hay identidad, ni conciencia, ni deseo de participación. Sólo hay manipulación y prebendas. Así se ha construido una lectura sesgada y profundamente reaccionaria de lo que significa la organización sindical, incluso cuando sus dirigentes no están a la altura de sus obligaciones y de los mandatos de las bases. En este caso, la CGT comandada por Hugo Moyano ha venido a demostrar que desde hace varios años ha intentado –y esto más allá de sus contradicciones y de sus zonas opacas que tendrá que revisar y que, en ocasiones, la colocan en un andarivel complicado– ponerse al frente de una reconstrucción del movimiento obrero en clara consonancia con un proyecto que, iniciado en mayo de 2003, ha generado una decisiva inflexión de la vida política, económica y social de un país que antes estaba absolutamente condicionado por el neoliberalismo.

En todo caso somos testigos de una evolución del sindicalismo que lo pone delante del desafío de alejarse de prácticas que lo han envilecido y le han restado credibilidad social. Salir de los reflejos corporativos, que cada tanto lo acechan desde el fondo de su historia, es parte de una necesaria transformación que lo ponga a la altura de lo que el kirchnerismo ha venido a perturbar de un país que no podía ni sabía encontrar el rumbo hasta que la llegada de Néstor Kirchner vino a producir una inflexión notable en el interior de una sociedad más predispuesta a la reproducción de la crisis y el cerramiento de cualquier horizonte, que a la caudalosa mutación de la que estamos siendo testigos. Es en este sentido que la CGT se encuentra ante una prueba que le exigirá inteligencia y plasticidad para adecuarse a las demandas de una época, y a sus prácticas democráticas, que poco y nada se asemejan a las de antaño. Del mismo modo que el peronismo no ha pasado indemne por su travesía menemista, tampoco la CGT puede ofrecerse como un dechado de virtudes; pero sí puede, y lo hace en sus mejores momentos, articular sus intereses, que se corresponden con el de los trabajadores sindicalizados y por lo general bien remunerados, con los del proyecto nacional que encabeza Cristina. Las chispas de los últimos tiempos muestran que nada es sencillo en el presente argentino, pero que lo inédito que nos recorre como sociedad también interpela a prácticas y organizaciones que no estaban acostumbradas a tener que dar explicaciones de sus actos.

Salir de la lógica del prejuicio, superar la simplificación brutal con la que el poder económico y mediático ha tratado de reducir la compleja trama de la vida sindical al modelo excluyente del negocio y la prebenda, es un componente no menor de la querella cultural simbólica que atraviesa la realidad nacional. Y eso sin eludir las rémoras que arrastran muchos sindicatos, ni desconocer la continuidad de zonas oscuras que, entre otras cosas, han conducido a prisión a los máximos dirigentes de la Asociación Bancaria y de la Unión Ferroviaria. Pero la tradición sindical es mucho más que esos dirigentes olvidados de su condición, y así lo ha mostrado en la gigantesca manifestación del viernes 29 de abril. La democracia se vuelve más intensa cuando los rostros de los olvidados regresan para disputar su derecho a una distribución más igualitaria de la riqueza. Y los prejuicios se multiplican allí donde los trabajadores se movilizan para defender sus conquistas y su exigencia de ser parte en la suma de la distribución.

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Los rostros del suburbio se sumergen en el centro de Buenos Aires como quien entra en una geografía que no le pertenece pero que, una vez penetrada, se transforma en su propio lugar, aquel en el que no dejará de mostrar sus señas de identidad, esas que no suelen ser descriptas con benevolencia por los grandes medios de comunicación. Rostros curtidos, oscuros, serios y alegres a la vez, de acuerdo con la mirada con la que se topan o la circunstancia en la que se encuentran. Rostros que devuelven, aunque no lo sepan, las imágenes de otras historias que atravesaron con intensidad las calles de la ciudad, que bajo otras memorias y otras experiencias se encolumnaron para afirmar la presencia de quienes vienen nuevamente encolumnados a defender sus derechos, todos, los del salario y los de la dignidad, esos derechos que algunos han querido suprimir cuando los vientos de la historia parecían soplar hacia la inclemente imposición de la gramática absoluta del capital.

Rostros que remiten a otros rostros, como queriendo recordarnos que las épocas se cruzan y que las memorias no se borran por más que se busque invisibilizar lo que sigue insistiendo en el interior de una sociedad injusta y desigual. Rostros de una justicia siempre reclamada, rostros incontables de aquellos que desde siempre exigen que se los reconozca como iguales, allí donde la democracia, antigua y nueva, se ofreció a sí misma como el espacio de una igualdad que luego sería sistemáticamente negada por los poderosos. Esos rostros, múltiples, anónimos, íntimos y lejanos, expresan una escritura desplegada en el tiempo de las rebeldías y de las innumerables luchas por el reconocimiento. Poco importa si quienes los representan no están a la altura de esas historias y de esas demandas, poco y nada importa el desdén clasista con el que los nombran los otros, los dueños de las rotativas y de las cámaras de televisión, los narradores de un sentido común atragantado de tanto racismo. Importa que después de mucho tiempo, casi un par de décadas de ausencia (cuando otros rostros más ajados y empobrecidos los sustituyeron para manifestar que los expulsados del sistema, los desocupados del neoliberalismo, también tenían rostro y derechos), han regresado las multitudes anónimas a las calles de una ciudad que, más allá de la hostilidad de muchos, guarda como su mejor secreto las huellas de esas otras movilizaciones que en el pasado dignificaron la lucha obrera.

Buenos Aires, la antigua, tal vez aquella que, como Borges dijera, empieza en el sur, descubrió sus ausencias; con un dejo de anonadamiento se recordó a sí misma, recuperó en un instante y entre aquella multitud de rostros llegados de los suburbios pobres otras escrituras alejadas del individualismo de época y perturbadoras de una “opinión pública” construida a la altura de los prejuicios de ciertas clases medias que nunca dejaron de horrorizarse ante la invasión de los bárbaros, de aquellos incivilizados que vienen de una lejanía inclasificable y peligrosa. Eran, una vez más, los “negros del choripán”, la masa anónima movilizada por los recursos del clientelismo (recursos alimentados, dice esa sesuda “opinión pública”, por los impuestos que paga la gente decente), el rebaño que se deja conducir a cualquier lugar y bajo cualquier consigna porque son iletrados y casi analfabetos, carne de cañón de cualquier populismo. Son pura ausencia allí donde carecen, según esta interpretación “sociológica” de algunos connotados dirigentes opositores, de la capacidad para discernir lo que significa la libertad, el derecho y la calidad institucional. Son feos, malos y sucios, y van dejando esas evidencias mientras caminan con desparpajo por las avenidas de una ciudad que no les pertenece.

Están ahí, arracimados bajo sus banderas, las de sus organizaciones sindicales, las que todavía señalan sus pertenencias más allá del intento del sistema por arrojarlos al vacío neutro de un anonimato en el que sólo vienen a expresar rostros oscuros e inclasificables, masa de trabajadores que sólo son capaces de malvender su fuerza de trabajo. Esas banderas son una poderosa conjunción de pasado y de presente; en ellas, entre sus pliegues, se guarda la memoria de otras batallas y de otras derrotas; ellas siempre son más que la circunstancia que hoy las vuelve a convocar y que algún nombre que se ofrece como el garante último de la verdad. Ellas son el barro de la historia, esa argamasa de sangre y sudor que siempre nos recuerda lo que todavía no se ha cumplido, los sueños soñados ayer que aún siguen esperando su oportunidad y que cada generación redescubre bajo sus propias e insustituibles condiciones. ¿Puede soñar una multitud? Para los cultores de un liberalismo exhausto por su propia crisis, eso es un oxímoron porque, ante todo, están el individuo y su libertad, bastión contra esa masa indiferenciada que viene a amenazar a la República y a la pureza de sus instituciones. Para ellos la multitud no puede soñar, apenas puede comportarse como una ameba, como una fuerza primitiva que es movida de acuerdo con los deseos de unos pocos. Entre el clasismo brutal y el racismo se mueve una “opinión pública” que no deja de retroceder, en términos intelectuales, hacia un conservadurismo elemental, ese mismo que suele expresar la fuerza de choque informativa de la corporación mediática, esos movileros que intentan describir lo que sus ojos no pueden alcanzar a comprender con los limitados vocablos de quienes expresan la pobreza de la ideología del prejuicio.

Extrañas vicisitudes las de una época que creía que la historia había concluido bajo el reinado omnívoro y entramado del mercado y de la democracia liberal. Un presente absoluto sin rostros curtidos que, amenazantes, se atrevieran a recorrer las calles de la ciudad burguesa recordando que acá, entre nosotros, persisten la injusticia y la pobreza. Una época que se sobresalta al descubrir que nada es eterno bajo el sol a veces negro de la historia, de ese sol que vuelve a irradiar sobre las multitudes, iluminando con nueva luz la demanda de los incontables por ser parte de lo que todavía, y pese a las promesas que vienen del inicio de la democracia, no se ha repartido con justicia. Gracias a que existen los sindicatos, y más allá de opacidades y agachadas de muchos de sus dirigentes, la brutalidad del sistema no acaba por triunfar precisamente porque todavía esos rostros de los suburbios arropados bajo sus banderas y sus memorias insisten en recorrer las calles de Buenos Aires.

Sabrá, el amigo lector, elegir sus propias visiones e interpretaciones de lo que fue el impactante acto convocado por la CGT; sabrá valorar su importancia en esta hora de definiciones políticas en la que se juega tanto; mi intención fue otra, apenas buscar las huellas dejadas por esos rostros en la memoria de la dignidad, de esa que guardan, desde siempre, los trabajadores y sus sindicatos. Pero también, por qué no, intentar descifrar los giros de la historia, los diferentes modos de comprender y de oscurecer nuestra visión de los acontecimientos allí donde lo no esperado nos sacude con sus provocaciones. Un intento por resignificar aquello que se despliega delante de nuestros ojos y que no alcanzamos a comprender; aquello que nos remite a otros momentos y a otras circunstancias pero que, en el caudaloso río de la actualidad, nos pone delante de nuestra mirada a un colectivo social que sigue dejando sus marcas en una historia por suerte inconclusa. Mucho se juega en estos meses por venir, entre otras cosas, el regreso de esos rostros de los suburbios al centro de la escena política; un regreso sin garantías porque sabemos que la restauración conservadora sigue siendo una amenaza real, aquella que intentará, nuevamente, que las multitudes salgan de la historia para regresar al silencio y el olvido. Pero también las acechanzas provienen desde el interior del movimiento popular: en su seno persisten prácticas cuya superación se vuelve un imperativo de la hora.

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Los mismos que reducen las movilizaciones populares a una cuestión de clientelismo y prebendas son quienes, por un lado, se espantan ante la reaparición de un sujeto social político que busca rearticularse y, por el otro, desearían que volviésemos a la política como show de los años ’90. Su rechazo no apunta a Hugo Moyano, ni a la CGT en tanto estructura anquilosada o antidemocrática; su rechazo más visceral o, para decirlo mejor, la verdad no dicha de ese rechazo, hay que ir a buscarla en su mirada despolitizadora y prejuiciosa de esa que se fue articulando en consonancia con la certeza de un fin de la historia y un más allá de las ideologías que incluía, como un rasgo no menor, el borramiento de la escena de un actor social irrelevante de acuerdo con los nuevos paradigmas emergidos de la crisis de los ideales igualitaristas y en medio del triunfo, así lo veían y lo siguen viendo, de la máquina simbólica del capitalismo neoliberal. Un fin de la historia que expulsaba de su campo de visión, que en algunos de ellos sigue autoproclamándose progresista, a los que volvían a ser los invisibles en medio de una realidad expropiadora de cuerpos materiales, de sueños compartidos y de articulación de la vida social popular, y un proyecto de transformación anclado en una fuerte recuperación de la política, que en realidad escondía –y lo sigue haciendo, según estos bien pensantes– una radical forma de impostura.

Así como Moyano no es otra cosa que un simulador que apunta a su propio enriquecimiento (cientos de miles de trabajadores fueron a la 9 de Julio a festejar las cuentas bancarias del líder camionero y a gozar al son de la burocracia sindical, mostrando una vez más que en el interior de la vida popular sólo hay vacío que apenas se puede llenar con choripán y tetrabrik), el derrame de multitudes en las calles de Buenos Aires (tanto en el Bicentenario, pasando por los días de duelo y despedida de Néstor Kirchner, como la manifestación de la CGT) poco y nada tiene que ver con la genuina participación democrática. Su realidad hay que inscribirla en el interior de los lenguajes de la espectacularización mediática que se ha devorado, al menos hasta ahora y con inusual virulencia con el actual gobierno, a la política. En los ’90 se trataba, para las clases medias, de pizza y champagne; ahora, en 2011, de 100 mangos por cabeza y de un pebete de jamón y queso acompañado de sangría. Mientras tanto, en medio del populismo gastronómico que convoca multitudes de famélicos, algunos pocos descifradores de los signos de la vida posmoderna esperan, ya sin ansiedad ni convicción real, que algún día renazca la “República verdadera”, esa misma que fue desalojada por el banquete pantagruélico de las multitudes plebeyas capaces de cambiar su libertad y su dignidad al bajo precio de un choripán.

Por eso les resulta imposible “ver” a quienes no deberían estar, de nuevo, en el centro de la escena; para ellos, en particular para sus intelectuales refinados y portadores de una perspectiva de crítica cultural y social deudora de matrices teóricas dignas de mejor causa, los miles y miles de rostros llegados desde el suburbio no pueden ser contabilizados en la suma del ideal democrático, ni ser expresión, caudalosa y multitudinaria, de un involucramiento en el litigio contemporáneo, que es también un litigio antiguo, por la distribución más igualitaria de los bienes materiales y simbólicos. No. Ellos, los negros de la historia, son portadores de un anonimato que –eso desearían, aunque no siempre lo pueden expresar nuestros ilustres “etnoantropólogos de la vida popular”– debería eludir la tentación, muy televisiva, de los quince minutos de fama mediática para permanecer, como siempre, fuera de escena y alejados de la cámara que, eso sí, sólo debe retratarlos cuando muestran su otro rostro, ese que es siempre tomado como verdadero por el relato del miedo y la inseguridad, que es el rostro de la violencia y la delincuencia. Como sujetos políticos ya no tienen nada que hacer. Su presencia artificial expresa apenas el retorno, convertido en farsa, del populismo.

Esa incapacidad para ver se asocia, insisto con esta lectura, a una profunda mutación en la subjetividad de quienes, en otro momento de su deriva biográfica, creyeron en la fuerza política reparadora de las masas populares, pero que hoy, después de décadas de desilusión y cambio de paradigmas teóricos, no pueden sino identificar cualquier irrupción de las multitudes como forma excremencial de la sociedad del espectáculo y de la manipulación. Juegan, como lo suele hacer por ejemplo, aunque con ciertos matices algo más sutiles, Beatriz Sarlo, con el refinamiento vanguardista y provocador de cierta crítica cultural que coquetea incluso con el anticapitalismo de Barrio Norte, para acabar por movilizar argumentos que son de fácil digestión para el estómago de una clase media instalada en una etapa de su propia vida social fuertemente atravesada por la lógica del prejuicio y la vulgarización. Las descripciones que ha hecho Sarlo del kirchnerismo o de las movilizaciones populares han tratado de jugar al filo de la navaja entre un cierto inevitable reconocimiento de que algo insólito está sucediendo y la convicción, última y decisiva, de la impostura como núcleo atávico de una experiencia política construida, como el título de su último libro lo dice, desde “la audacia y el cálculo”. Audacia propia de los aventureros, de quienes arriesgan en función de una acumulación exponencial de poder por el poder mismo; y cálculo para garantizar, con lógica mefistofélica, que cada acción contribuya a esa acumulación y preservación del poder. Audacia, entonces, para abrir los canales de participación popular, y cálculo para reducirlos en función de sus propias estrategias acumulativas y puramente bulímicas. Para los Kirchner, podría especular nuestra etnoantropóloga urbana, los rostros de la multitud no son otra cosa que peones en el ajedrez de una política que, en el fondo, sigue prisionera de lo espectacular icónico. Gaston Bachelard, un filósofo indagador de los lenguajes de las ciencias muy leído en otra época, acuñó la categoría de “obstáculo epistemológico” para referir a la imposibilidad de la comunidad de científicos de ver aquello que su encuadre teórico le impedía ver (prejuicios, límites conceptuales, sentido común dominante, etcétera). Algo semejante les sucede a quienes, cuando ven los rostros de la multitud, no hacen otra cosa que proyectar sus prejuicios.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA y la UNC.

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