EL PAíS › LOS HERMANOS DE DESAPARECIDOS, OTRA FORMA DE LA MEMORIA

Madres, hijos, y ahora hermanos

En las marchas de mañana por el aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo habrá una nueva columna. Sus hermanos fueron secuestrados hace más de 25 años, pero ellos recién hace poco tiempo que se constituyeron como grupo. Cuatro hermanos de los desaparecidos de la dictadura exponen aquí por primera vez en público vidas y reflexiones.

 Por Victoria Ginzberg

El año pasado Flavio fue a celebrar el Día de la Madre a la casa de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Como hacían todos los que se habían reunido allí, se sentó en una ronda, agarró la vela encendida que le pasaban y se presentó: “Soy Flavio Maddalena y mi hermana está desaparecida”. Era la primera vez que pronunciaba en público esas palabras. No lo resistió. Se levantó y se fue. Caminó hasta que sintió que se los latidos de su corazón se desaceleraban. Días después llamó a otra “hermana” que habían estado en la reunión. “Me paré frente a mi verdadero espejo, que me devolvía la realidad que no había querido ver en todos estos años. Lo grandioso de todo esto es que me ayudó a desataviarme de todo, me inspiró a querer saber la verdad”, cuenta Flavio.
Mientras habla, Flavio saca de su portafolio un papel dorado, un viejo envoltorio de alfajor con un mensaje que sobrevivió 27 años y con el que se reencontró hace días. Es una carta que su hermana escribió mientras estaba cautiva y que fue rescatada de los archivos de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Mañana Flavio hará otra cosa por primera vez: participará de la marcha en repudio al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
Flavio es parte de un grupo de hermanos de desaparecidos que se reúne periódicamente. Sus hermanos fueron secuestrados hace más de veinticinco años pero para ellos es una tragedia que se actualiza cada día. En parte, porque durante mucho tiempo permanecieron amurallados, aislados, retraídos en su dolor. Ahora empiezan a desprenderse de la coraza que los contenía y esto hace que se enfrenten con una angustia acumulada durante casi tres décadas. Hace un año, algunos hermanos comenzaron a juntarse y encontraron que no habían reflexionado sobre este rol en el que los colocó la última dictadura militar. Algunos buscaron los restos de sus hermanos, otros a sus sobrinos; pero muchos admitieron que vivieron la historia a través de sus madres, Madres de Plaza de Mayo y se refugiaron en su familia o en otro país, en el país del “aquí no ha pasado nada”. Hoy comparten sus historias, debaten las razones del compromiso político y social de sus hermanos y reclaman saber qué ocurrió con ellos y el castigo para quienes los secuestraron y los hicieron desaparecer.
Anochece en Buenos Aires. Mientras la luz deja de entrar por la ventana de la Casa de las Madres se percibe cómo el centro porteño se va quedando en silencio. Resuenan en el salón alfombrado cuatro voces alrededor de una mesa redonda de madera. Margarita Maroni, Flavio Maddalena, Cristina Sánchez y Beatriz Luque hablan pausado, sin interrumpirse. Son palabras pensadas, que fueron elaboradas a través de años de reflexionar en soledad y que hace poco se animaron a ponerlas en común, primero con sus pares y ahora con Página/12.
Margarita: “Soy hermana de María Beatriz, hermana melliza, tenía 23 años cuando se la llevaron de su casa junto con su marido. Y de Juan Patricio que, con 22 años, desapareció de la casa de mis padres. Lo de hermana melliza para mí es todo un tema, porque lo viví como una mutilación. Compartí todo con ella, desde el vientre materno hasta los juegos, las amistades y el pupitre de 1º grado a 5º, año. Esta sensación de mutilación y de horror es una de las razones por las que durante muchos años viví esto en silencio, acompañando a mi mamá, pero desde el desgarro. Me dediqué a engendrar vida, mis hermosas cuatro hijas, en una necesidad compulsiva de dar vida. Creo que eso me ayudó a sobrevivir. Yo tenía tres meses de embarazo cuando se los llevaron y recuerdo como si fuera hoy cuanto de duro se me ponía el vientre de tanto dolor. La noche anterior María Beatriz había estado conmigo regalándome los primeros pañales que luego estrenaría mi hija Valeria al nacer. Yo despertaba a la noche sobresaltada con la sensación de estar muriéndome también. La relación de hermanos es simétrica, es lo más par y creo que esta relación es la razón por la cual no hemos podido accionar, porque nos hemos quedado paralizados en el dolor, en la asfixia del horror”.
Flavio: “Cuando mi hermana desapareció, yo tenía 14 años y ella 19. Eran 19 años muy bien puestos, Patricia estaba casada y tenía dos hijos. El marido de mi hermana era un militante importante en una célula del ERP y mi madre decidió para ponerme en reaseguro que me fuera a vivir con un tío a Jujuy. En agosto del ’76 desapareció mi hermana. Además de la crianza de mis sobrinos y de la búsqueda de mi hermana, mi madre cada tanto iba a Jujuy pero no podía hacerlo muy seguido. Adopté una forma de vida que me permitiera poder soportar el sufrimiento. Me volví una persona absolutamente autosuficiente y egoísta porque de alguna manera tenía que resguardarme de todo lo que estaba viviendo. Me fui construyendo de a poco una pared alrededor. Por ejemplo, si alguien hablaba de la lucha antisubversiva, yo me tenía que hacer el tonto, es más, ni acusaba recibo de lo que me había pasado”.
Detrás de estas cuatro personas de entre 40 y 60 años, cuelgan las fotos de algunas de las mujeres que hoy ya no están y que cuando tenían esa misma edad salieron a la calle y se calzaron los pañuelos blancos para reclamar por sus hijos secuestrados. Las Madres son una presencia poderosa para estos hermanos. La mayoría vio a la suya, durante más de dos décadas, partir cada jueves a Plaza de Mayo para exigir una respuesta sobre sus hijos. Y muchos vivieron como sus padres murieron sin saber qué había ocurrido con ellos.
Cristina: “Con mamá viví una relación que me trajo mucha angustia. Yo vivía la desaparición de Quique a través del dolor de mi mamá. Tenía problemas porque no podía hablar con ella de Quique. Yo tenía una angustia inmensa, me pesaba mucho, me ahogaba. Cuando ella buscaba hablar terminaba peleándonos. Mamá murió hace dos años y a partir de ahí pude sacarme la angustia que sentía por ella, ahora me dediqué a sentir mi angustia, que es muy distinta y que estaba muy mezclada. Cuando mis padres se enfermaron, yo necesitaba a mi hermano al lado mío. Mi mamá entró en la enfermedad de Alzheimer, lo cual me trajo mucho dolor, pero yo me agarraba a la esperanza de que con el Alzheimer se iba a olvidar de Quique. Una noche se despertó y me dijo: ‘No puedo dormir quiero saber dónde está Quique. Si vos sabés donde está me vuelvo a dormir tranquila’. Le dije que sí; se dio vuelta y se acostó”.
Enrique fue secuestrado el 14 de junio de 1975. Había estado detenido en Devoto, Caseros y en La Plata. El 1º de marzo de 1975, el juez Benjamín Aquino le concedió la libertad pero lo dejó salir sin entregarle sus documentos. Tres meses después, Enrique desapareció. Su hermana, como lo hacía su madre, recalca que los secuestros y las muertes del terrorismo de Estado comenzaron antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976.
A diferencia de los otros tres hermanos que hablan con Página/12 –pero no de todos lo que participan de sus reuniones, que son cerca de 30–, Beatriz asumió desde el principio la búsqueda de Marcos, secuestrado el 21 de mayo de 1977. Ella fue una de las cuatro hermanas que hace un año se juntaron en la casa de las Madres línea fundadora. Habían sido convocadas por una investigadora. La identificación entre ellas fue instantánea. Después de la entrevista se fueron a una confitería y en ese mismo momento acordaron volverse a ver. De a poco se fueron sumando nuevos hermanos.
Beatriz: “Cuando a Marcos lo secuestraron, mi papá estaba muy enfermo. El, que vivía en la clandestinidad, fue a visitarlo. Abrí la puerta yo y Marcos salió y dijo ‘no la toquen, soy yo’. Tengo esa imagen. Ese jugarse por otro. Eso me da mucha fuerza y mucha responsabilidad. La primera vez que hablamos con los hermanos, sentí que nunca había sentido lo que estaba sintiendo y nunca volví a estar sola. Sola de esta soledad de alguien que sabe que le falta el mismo brazo, o varios brazos. Fue fuerte pero a la vez no me dio miedo. No me dio miedo el dolor, el recordar, el investigara su lado. El encuentro con los hermanos me permitió estar en un lugar de compañía física. Siento un cuerpo generacional que me había sido robado y que yo buscaba entre pares que no querían ver lo que ocurría. Ahora estamos buscando, estamos buscando la verdad y también una utopía de reconstrucción de una tierra que tiene derecho a tener los miembros unidos. Que tiene derecho a pensar en un futuro para los jóvenes. Yo soy docente quiero que la juventud conozca esta verdad y que no la paralice sino que les de ganas y fuerzas y que vea que tiene sentido tener hijos, amar, proponer cambios, rebelarse, ser libre, disentir, hacer política. Siento que nos robaron la infancia y robaron el tiempo de la alegría. Nuestros hermanos tenían la alegría de pensar que era posible otra manera de concebir el ser humanos y yo quiero avalar eso, en otro tiempo, desde otro lugar pero quiero que la voz de nuestra generación sea escuchada y sea conocida”.
Pelear con Quique
Conocer a otros hermanos hace que cada uno reflexione sobre los ausentes y sobre los años pasados sin verlos y sin noticias, con un duelo a medio cerrar. Hace que Flavio recupere el papel metalizado en el que en letras rojas su hermana se despide de su mamá; que Beatriz tenga ganas de escribir un libro de poemas y que Cristina vea a su hermano en sus hijos. “Después de desaparecido, muchas veces me peleaba con Quique, porque estaba sola, porque tenía que enfrentar problemas con mi familia y él me hubiera hecho falta. Me hacía falta como tío de mis hijos. Pero Quique se me quedó en los 20 años. A veces lo recuerdo y hasta yo cambio en mi actitud, porque yo también me quedé en esa época cuando hablo con él. Fue muy fuerte cuando mi hija mayor cumplió 19 años, la vi y dije ‘tiene la edad de Quique’ y la miraba de diferente manera”. Hace, también, que a Margarita la asalte nuevamente una necesidad imperiosa de saber si, como le dijo el obispo de Comodoro Rivadavia a su tía hace 26 años, su hermana Beatriz estuvo detenida en Devoto: “El juez Narvaez le pidió a Cristino Nicolaides que informara quienes integraban la IX Brigada porque ‘fuentes seguras’ de allí, le había dicho al obispo que María Beatriz estaba en la Unidad 2 de Villa Devoto como presa no común. A raíz de este episodio el juez fue amenazado de muerte y se tuvo que refugiar en Brasil y cuando fuimos a buscar a mi hermana dijeron que se trataba de un error”, relata. “Es decir que hay archivos y si ellos tenían un plan y en ese plan estaba mantener en la ignorancia los destinos de las personas que ellos secuestraban –acota Beatriz– mantener esos archivos sin abrir es como mantener la tortura a tiempos ilimitados”.
–Después de un año de conocerse, de reuniones, ¿cómo se ven en el futuro?, ¿serán una agrupación?
–Margarita: Hoy nuestra meta es permitirnos narrar nuevamente la historia desde un lugar distinto. Ya no desde la omnipotencia sino desde el dolor para así sentirnos vivos y poder tomar impulso para continuar la lucha de las madres, acompañándolas y apoyándolas hoy y por siempre
–Flavio: Es un tema que sale en cada reunión, pero es tan interesante y atrapante lo que surge, que trasciende la frontera de lo que vamos a hacer, es tan vívido, tan fuerte. El futuro va a salir naturalmente.
–Beatriz: Hay algo muy fuerte la unión para buscar la verdad y para saber, esto es un proyecto hacia adelante. Hubo un tiempo de silencio y de exilio interno, porque en ese momento construimos una defensa que era la posible, la que pudimos, pero ahora nuestra voz puede ayudar y poner un ladrillo más en lo que antes era vacío. Yo necesito la justicia, creo que es necesario una justicia histórica. Necesito salir a la calle y que me digan qué pasó y que esas personas sean castigadas. No quiero el Indulto, ni la Obediencia Debida ni el Punto Final porque no es justo para el tiempo que sigue, para las generaciones que siguen.
–¿Encaran este 24 de marzo de una forma diferente?
–Cristina: Totalmente diferente. Aunque cada uno participó en estos años, es totalmente diferente. Yo he acompañado a mi mamá, he ido sola, pero ahora nos reconocemos, nos apoyamos.
–Flavio: Es la primera vez que voy a ir. Aquellas marchas tan grande que se hicieron para los 20 años, para los 25, yo las miraba por la televisión y lloraba. Siempre fue ese mi gran temor, llorar descaradamente, porque es muy conmovedor. A mi mamá la veo como todos las vemos, como las chicas superpoderosas, pero con ellos (los hermanos) me siento de otra manera. Si tengo que llorar, lloraré con todo gusto y estaré bien acompañado.
–Margarita: El 24 de marzo se recuerda, se vive y se trabaja cada día. Los desaparecidos de ayer son los excluidos socialmente de hoy. Por eso este 24 vamos a estar juntos para que la memoria conjunta resignifique la palabra Justicia, amor y solidaridad, hoy tan vacías de contenido y ostentosamente manipuladas por quienes sólo ambicionan poder. Esas palabras se hicieron carne y acto en nuestros hermanos desde la humildad y desde la coherencia de vida. Por ellas entregaron sus mejores años y por ellas, nosotros vamos a estar juntos en la plaza, para reivindicar a ellos, a nuestras madres y para unir lazos que permitan la reconstrucción social de este devastado país.
–Beatriz: Y en homenaje ahora y siempre a los 30 mil detenidos desaparecidos.

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