EL PAIS › PANORAMA POLITICO

Intelectuales y holgazanes

 Por Luis Bruschtein

Intelectuales de la oposición se preocupan por la situación institucional que se podría generar a partir de un resultado muy favorable para el Gobierno en estas elecciones. Se imaginan un panorama desolador con una oposición empequeñecida y dividida. La imagen preocupante sería la de un gobierno kirchnerista con mucho respaldo frente a una oposición casi inexistente. “No se le puede achacar la culpa de esta situación al Gobierno”, reconocen, pero al mismo tiempo se muestran agraviados porque nadie se lamente en el oficialismo por tener una oposición desarbolada. Reconocen que la oposición tiene la principal responsabilidad, pero no hablan sobre ella y mucho menos reconocen la responsabilidad que les compete a ellos como intelectuales por esa crisis de propuestas y de ideas.

Si la responsabilidad no es del Gobierno, cualquier reflexión encaminada desde ese enfoque sería secundaria. Habría que encarar entonces la responsabilidad de la oposición, encontrar sus errores, buscarle respuestas, hacer un ejercicio de honestidad intelectual para despejar prejuicios, prácticas y conceptos equivocados que han llevado a esa situación de “gravedad” institucional. Pero como es el Gobierno el que, en esa visión, ganaría estas elecciones, la reflexión que hace un intelectual de la oposición, descarta cualquier pensamiento que pueda aportar a su espacio y encara su esfuerzo crítico sobre esa “responsabilidad secundaria” que tendría el Gobierno. Entonces todo su aporte como intelectual se limita a advertir, en tono de profecía apocalíptica, estilo Elisa Carrió, sobre ese rasgo del oficialismo que hace que no le importe el debilitamiento de la oposición.

En gran medida, la responsabilidad por la crisis de la oposición reside en esta forma de pensar de los intelectuales de la oposición. Parten del hecho de no reconocerle casi ningún mérito a este gobierno en ningún plano, y menos que nada en el de las instituciones republicanas y, sin embargo, su reflexión, su aporte central, es hacia el Gobierno. Confrontan con un sistema de ideas con las que no comulgan y que los irrita, pero su aporte crítico en definitiva es para mejorar ese conjunto al que detestan y no para mejorar un sistema de pensamiento sobre el cual la oposición pueda salir de sus debilidades. Hay cierta holgazanería y hasta conformismo en esa actitud intelectual.

Lo más honesto, desde el punto de vista intelectual, sería reconocer que en la crisis de la oposición tienen una responsabilidad importante los intelectuales alineados con ella. Una lectura muy acotada puede reconocer las diferencias entre el sistema de pensamiento que pudo estructurar el kirchnerismo y lo que apenas pudo esbozar la oposición que, sin embargo, contaba a su favor con un dispositivo mediático muchísimo más potente que el oficialismo.

Podrán sentarse a despreciar el esfuerzo de los intelectuales de Carta Abierta o burlarse de 6,7,8 y del “periodismo militante” y así en general seguir criticando con tanta soberbia la supuesta “soberbia” del oficialismo. Pero la realidad ha demostrado que desde el espacio oficialista hubo una reflexión más rigurosa y más novedosa, hubo más riqueza en los aportes y que esos aportes fueron tomados en cuenta. Es cierto que la diferencia de votos sólo dará cuenta en forma parcial del debate cultural, pero allí hay también un aporte que explica la preeminencia de una propuesta política.

El proceso intelectual del lado del Gobierno tiene seguramente altibajos y claroscuros, pero allí se tiene la conciencia de su importancia, porque en general esos intelectuales están más acostumbrados a situaciones desfavorables, a trabajar en la parte baja de los planos inclinados. En la oposición, el sistema de ideas es el que siempre ha prevalecido, pero muchos de sus intelectuales provienen de la misma cantera que los otros, por lo tanto todas estas ideas les parecen novedosas, ya que tienen relativamente poco tiempo de haberlas descubierto y se fanatizan como militantes principiantes.

Da la impresión de que no existe esa misma conciencia de su importancia en los intelectuales de la oposición. Como si se pensara que sólo se trata de regresar a las viejas texturas republicanas o socialdemócratas o conservadoras o antiperonistas.

Desde el punto de vista del pensamiento fuertemente enraizado en la tradición de las clases medias y sus intelectuales, hasta no hace tanto no podía existir nada menos rescatable que una propuesta nacional y popular, peronista o hasta populista. Solamente con decir “nacional y popular” salía más polvo que al abrir el arcón de la abuelita. Todo el universo que formaba esa tradición política y cultural parecía condenado a la vetustez, a la decadencia inevitable, a pieza de museo. No se trataba solamente de prejuicios. También había razones concretas para pensar así porque esas identidades arrastraban antecedentes indeseables como el lopezreguismo y el menemismo que encastraban a la perfección con la tradición mayoritariamente gorila de las capas medias.

El kirchnerismo podría haber insistido con el viejo folcklore del peronismo, como de alguna manera intentan hacer los intelectuales de la oposición con los viejos rituales de sus iglesias, las que arrastran experiencias históricas iguales o peores, algunas –sobre todo los más “republicanistas” que se expresan a través del diario La Nación– de complicidades con las dictaduras o como símbolo de expectativas frustradas como las del alfonsinismo o la Alianza.

Pese al tremendo desprestigio de esta identidad, el kirchnerismo pudo reformular una nueva propuesta nacional y popular. Mixturó las viejas tradiciones con nuevos paradigmas y valores culturales, se abrió a nuevas influencias populares y, por supuesto, desarrolló una acción en ese sentido desde la gestión. Hizo algo que parecía imposible desde todo punto de vista y reformuló una propuesta progresista nacional y popular asentada en el peronismo pero más abarcadora, que finalmente aparece como la única identidad política nueva. Es cierto que si no lo hacía, se moría. Estaba al borde del precipicio y eso suele ser un estímulo para los cambios y la apertura intelectual.

La oposición aparece, en contraste, como lo que sería para el oficialismo el peronismo conservador ortodoxo que pone el grito en el cielo por el tamaño de las figuritas que se usan en los actos. Toda la oposición representa para la sociedad, en ese aspecto, lo que representa el duhaldismo para el peronismo. En su inmovilidad, los intelectuales de la oposición aparecen defendiendo discursos que en algunos casos ya estaban desprestigiados antes de que ellos llegaran.

El republicanismo, los conservadores y hasta los socialdemócratas tienen una cuenta pendiente que es la de tratar de que sus discursos den cuenta de las nuevas realidades y se dejen atravesar por las nuevas expresiones culturales y generacionales. Hay un desafío allí para los intelectuales enrolados en la oposición que va más allá de ponerle minifalda a Elisa Carrió. Esas tradiciones político-culturales tienen que funcionar como matrices donde la sociedad genere sus nuevos discursos. El kirchnerismo fue a buscar a los desocupados, a los jóvenes, a los nuevos trabajadores, a los asambleístas, a los movimientos sociales, de género y minorías sexuales, a los movimientos de derechos humanos y a los intelectuales y en vez de meterlos en su corralito, se dejó impregnar por ellos. Ellos son los relatos de los últimos 30 o 40 años del país, son hechos y productos sociales que no tienen dueño, sino que son atravesados por todas esas culturas políticas.

El kirchnerismo surgió de una matriz peronista que buscó a esos nuevos protagonistas, nuevas ideas y nuevas consecuencias y de esa forja surgió una nueva identidad. A la oposición le falta recorrer ese camino que le permita hacer una lectura de esa historia reciente de la sociedad también como una historia propia y no como una historia ajena. En ese proceso encontrará las nuevas palabras. El conformismo intelectual en la oposición suele tener una mirada despectiva hacia muchos de esos relatos y con otros, como el de los derechos humanos, elige no meterse porque supone que el kirchnerismo les ganó de mano. Es una mirada holgazana. Siempre es más fácil y tiene más erotismo ponerse en el lugar del gran juez que levanta su dedo y confundir ese lugar con el del intelectual crítico.

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Imagen: Arnaldo Pampillón
 
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