EL PAíS

Cabeza de dólar

 Por Eduardo Aliverti

Sin prisa y sin pausa, salió Francisco y entró el dólar.

Ese desvanecimiento mediático del Papa –a no ser por trascendidos, contraversiones y ciertos dichos de personalidades públicas– quizá signifique que una gran mayoría de las cosas que se dijeron no le aguanta los trapos a la profundidad. En la prensa subsiste si el kirchnerismo quedó impactado para bien o mal, o contradictoriamente, acerca del pase de Bergoglio a la divinidad. El resto duró lo que puede durar la hondura de que por algo una gaviota medio rara se posó sobre la chimenea de la fumata cardenalicia; que el hombre tiene costumbres austeras; que se sale del protocolo; que Cristina tuvo que irle al pie; que seguirá lavándoles los pies a las ovejas; que es hincha de San Lorenzo y su diariero confesó que ansiaba el descenso de River; que si el equipo de mate que le obsequió la Presidenta debió abrirlo él, como hace toda persona que recibe un regalo, en lugar de que ella le explicase lo que le regalaba. Temas, todos, de una importancia gigantesca. O un poquito menos, si resulta que quedan borrados de un momento a otro, porque no da que la gente viva de eso cuando el dólar ilegal salta a casi nueve mangos.

Esa gente (“la gente”, de acuerdo con el triunfo semántico de la derecha), en tamaño abrumador, tampoco vive de cómo fluctúa la divisa yanqui. En este país se cobra y se paga en pesos, con excepciones como las de los campestres y un mercado inmobiliario donde no llega la mano del discurso combativo del Gobierno. La compraventa de propiedades edilicias sigue propagandizándose en dólares y no se conoce, o no se aplica, resolución alguna que lo impida. Con lo cual las autoridades contribuyen a asentar y acentuar el imaginario de que el peso es un verso. Una suerte de cuasi-moneda, enfatizada, como tal y a su vez, por esa textura de papel higiénico berreta que percibimos ipso pucho al palpar nuestros billetes de cualquier valor. Sin embargo, es nuestra moneda. Para reiterar: cobramos y pagamos en pesos, con salvedades como las antedichas. Pero en un mercado, el negro del verde, admitido hasta por los economistas del establishment como un aspecto chiquito, muy chiquito, del funcionamiento técnico de la economía, trepa lo que trepó el dólar ilícito que todos llamamos blue, o simplemente dólar, a secas, como sinónimo del único que vale. Sobra para que unos mastines mediáticos alerten justamente de eso: un meteorito chocará contra la Argentina, y olvídense de que pueda auxiliarla el Francisco todopoderoso que hasta hace horas era omnipresente. La ruta que continúa es, o debería ser, archisabida. Los que no vieron ni verán un dólar en toda su vida sufren las consecuencias de que la inflación se propague, porque en el comercio de al lado o en el de la otra cuadra, por las dudas, ya subió desde el corte de pelo hasta las golosinas. Lo que técnicamente carece de alcances aplastantes o significativos se convierte en profecía autocumplida. Hay dos orígenes reconocidos. El de los que ganan plata con la diferencia cambiaria que obtuvieron de un día para otro (grandes jugadores ligados a la exportación, por ejemplo o sobre todo). Y el de un Gobierno que puede comunicar bien o aceptablemente, basado en la figura de una Cristina con semblanza o realidad de única conductora probable, pero no acerca de las andanzas del dólar. Enfrente tiene un esperpento que da vergüenza ajena. Los Macri, los Carrió, los De Narváez, los sindicalistas resentidos por haberse quedado afuera de listas electorales, los social-cristianos que dejaron pasar el tren de la historia. Esos no son el objeto de estudio, porque se caen solos. Sí lo son los voceros del poder real. Los que tienen fuerza para pegar debajo de la línea de flotación. ¿O acaso no es el propio oficialismo el que alerta que hoy la oposición son los medios de comunicación opositores? Empero, ante la coyuntura/estructura del ataque de esos medios, el Gobierno se apoya solamente en lo que hace: no en la previsión y contraataque frente a lo que comunicacional y efectivamente parlotean y logran sus enemigos. Los de veras. No los fracasados de la “clase” política que se aburren de la enormidad retórica de la Presidenta, durmiéndose en el Congreso porque habla casi cuatro horas.

¿Qué pasaría si aparece Cristina y dice, pongámosle, “en estos días sufrimos un ataque especulativo cuyos protagonistas son sultano y mengano, quizás ayudados por errores u omisiones nuestros que son tales y tales”? A uno se le ocurre que es preferible a dejar que todo pase como si nada pasara, mientras cita de inédita urgencia a su equipo de Economía a Olivos, para que la derecha se haga la fiesta de decir que la Presidenta está desorientada, entre influyentes peronistas de derecha, universitarios marxistas, desarrollistas nostálgicas y tecnócratas ambiguos. Suena a receta de política fast food, con todo el pudor de quien –ya fue expresado varias veces– se sabe nada más que un comentarista. Pero tampoco se trata de reprimir la observancia de tácticas que surgen como elementales. Todo bien con enfrentarse a cada rato a Clarín y compañía; con tirar la pelota al corner si hay que ir al Vaticano, con cara o verdadero sentimiento de que si el Papa es argentino no hay que mirar al costado; con que si el hombre ya dijo que no vendrá a la Argentina antes de las elecciones, para aprovechar la bolada y favorecer a la oposición, la tarea está cumplida. Pero la vida sigue; mandan el “blue” a casi 9; eso que se llama “la gente” se hace los rulos porque martirizan con la llegada del meteorito. Y no basta con que salgan los de dos dedos de frente a decir que es una cortina de humo. Parecería que hace falta que salga ella, con la mayor contundencia exigida por temas como éste.

Hay cuestiones obvias, que explican la relativa impotencia de quienes las operan. Hablan, por ejemplo, de que Cristina apartará a Marcó del Pont. Así fuera cierto, no sucederá jamás mientras la titular del Banco Central esté en la mira del bando contrario. Si las corporaciones mediáticas adversas insisten con esperar que el Gobierno (les) entregue cabezas durante el incendio que generan, van a seguir esperando. Y si aguardan una megadevaluación oficial, seguirán esperando igualmente. Creen o aspiran a que el kirchnerismo sea lo mismo que De la Rúa, Duhalde o cualquiera de ésos. No es lo mismo. Le corre sangre de poca, alguna o mucha rebeldía frente a una buena parte del orden históricamente establecido. Pero es cierto que, sin caer en todo el poder a los soviets ni fáciles delirios similares, faltaría algún toque de se acabó que alcanza con Moreno apretando a cueveros amigos y apretables (?); con los arbolitos a sus anchas; con que “los mercados” no tengan, nunca, identificación precisa. Con que los formadores de precios tampoco. ¿Cómo se llaman los sojeros que especulan con un blue de ascenso infinito? ¿Cuál es el nombre de los tipos que manejan la negritud de un “mercado” infinitesimal, y que empero se las arreglan para poner nervioso a medio mundo y para favorecer al universo mediático interesado en acabar con este Gobierno? Es el Gobierno el que tiene la primera responsabilidad de decirlo, ante todo por razones de defensa propia, porque, de lo contrario, hablar de ataque especulativo suena a denuncia sin sustento probatorio. Vale la cita del “recordatorio”, diríase, publicado el jueves, en este diario, con la firma de Raúl Dellatorre. “Una estafa con buena prensa”, se intitula la nota y bastaría con ese título. Dice, se pregunta, qué ocurriría si se devaluara fuertemente. Responde que se provocaría una brutal transferencia de recursos en favor de los sectores beneficiados de renta en dólares y en contra de los de ingresos fijos en pesos. Que el propósito de llevar el “blue” a las nubes es demostrar que “estos jugadores” –los del equipo económico oficial– no sirven. Que la política de controles no va más. Que debe dejarse que “el mercado” opere libremente. Que el Gobierno les devuelva el control a los grupos financieros más concentrados. Esto mismo, ¿no es necesario que lo enumeren el Gobierno, la Presidenta, los referentes que elija, con nombres y apellidos?

La cosa es que unos pocos podrían estar convenciéndonos otra vez de que la realidad es el dólar paralelo. Otra enésima vez. Pero no puede negarse que la respuesta al interrogante de cómo ganar es apostar al dólar. De parte de quienes pueden comprarlo y de quienes nunca podrán hacerlo. No insistamos con que tal bono o tal inversión en la Bolsa, o en YPF, daría mayor rédito. Podrá ser veraz, pero “la gente”, y esto es un indesmentible asunto de condición de clase, de consecuente formación analítica, se refugia en lo que le queda a la mano de su bolsillo o de su comprensión. Un operador de la City decía en estas horas que los grandes jugadores no son, ahora mismo, quienes provocan la suba del blue. Que son más los pequeños y medianos ahorristas, porque los otros andan en la jugada del “contado con liqui” (comprar bonos aquí que cotizan en dólares y venderlos en el exterior recibiendo cash inmediato). Aun si es cierto, también se termina en el combo entre los que la ven de afuera, los que pueden comprar un poco, los que tienen para maniobrar mucho y los medios que se sirven de todos para bardear. Pero gracias a que todos tienen cabeza de dólar como moneda de reaseguro.

Así, no es chiste que debe provocarse un cambio de patrón cultural. Y para eso, al modesto parecer del periodista, se requieren explicaciones y acciones, oficiales, mucho más contundentes que las que se están dando.

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