EL PAíS › OPINION

Burbuja de precios

 Por Alfredo Zaiat

La devaluación del 26 por ciento de noviembre 2013-enero 2014 es una ilustrativa referencia para empezar a limpiar la contaminación conceptual de la ortodoxia sobre cuáles son las fuentes inflacionarias en la economía argentina. Los importantes aumentos de precios previos y posteriores a esa corrección cambiaria revelan una vez más, como si hiciera falta conociendo la historia económica local, que uno de los principales motores de las tensiones inflacionarias es la depreciación del peso en relación con el dólar. Así es desde el 2007, cuando empezó a acelerarse la tasa de inflación, ciclo que no ha sido impulsado por la emisión monetaria ni por el aumento del gasto público.

En estos años, la devaluación, el alza de los precios internacionales de las materias primas y la puja distributiva entre el salario y la tasa de ganancia empresaria, o sea la disputa sobre cómo se reparte la riqueza, son las fuentes principales de las tensiones inflacionarias. También ha colaborado en ese proceso el abuso de posición dominante en sectores sensibles y la existencia de una estructura productiva desequilibrada, al generar cuellos de botella en eslabones esenciales de la cadena industrial, que ante el incremento de la demanda son resueltos con aumentos de precios en lugar de planes de inversión.

Uno de los pilares económicos explicitado en los gobiernos del kirchnerismo es la política de flotación administrada del tipo de cambio. Esta ha implicado subir la paridad en forma permanente para incentivar la industrialización, sustituyendo importaciones y alentando exportaciones, con generación de empleo, mejora en la distribución e inclusión social. Es una decisión de política económica ir devaluando la moneda con el objetivo de impulsar el crecimiento de la economía. El beneficio de un alza sostenida del Producto y el empleo viene acompañado por el costo de la inflación. Esa estrategia cambiaria tiene indudable impacto en los precios domésticos por el mayor costo de la industria dependiente de insumos importados, y porque exportadores trasladan al mercado interno el precio obtenido en el exterior, a lo que se agrega que en ese período ha habido una fuerte alza internacional de las materias primas.

La actualización de la paridad ha ido a contramano de la política cambiaria de la mayoría de los países de la región, que ha utilizado el tipo de cambio como ancla de los precios internos, siendo Brasil el caso más destacado por la relevancia de su economía. La política económica argentina ha utilizado, en cambio, la herramienta de la devaluación en forma constante, lo que ha implicado una fuente de tensión inflacionaria desdeñada en los análisis convencionales cuando abordan el problema de los precios. Los miniajustes casi diarios de la paridad buscaron preservar grados de competitividad y protección de la producción local a través del frente cambiario.

Cuando se revisa el recorrido en estos años de la paridad queda en evidencia la persistencia de esa estrategia, pese a que la heterodoxia conservadora ha cuestionado que el Gobierno se había autoimpuesto limitaciones en el uso de esa herramienta. El 2 de enero de 2007, cada dólar cotizaba a 3,080 pesos, y el mismo día de este año, 6,550, un aumento de 112,6 por ciento, lo que equivale a una devaluación del 53 por ciento de la moneda. Variaciones que se elevan a 156 y 61 por ciento, respectivamente, con la última cotización de 7,890 pesos. En ese mismo período, en Brasil la paridad real-dólar subió de 1,77 a 2,32, apenas un 31 por ciento, o sea una devaluación del 24 por ciento. En siete años, la potencia regional devaluó su moneda en la misma proporción que lo hizo la economía argentina en esos tres meses traumáticos de fines de año y comienzo de éste.

La política de flotación administrada del tipo de cambio es una fuente de tensión inflacionaria. La devaluación de enero la deja en evidencia, ratificando una vez más que en la economía argentina los impulsos inflacionarios provinieron principalmente del mercado cambiario. El antecedente anterior fue con el estallido de la convertibilidad con la megadevaluación de Duhalde, que depreció la moneda a tres veces el valor congelado durante diez años y medio. Fue la transferencia de ingreso de trabajadores al capital más brutal desde el congelamiento de salarios y liberación de precios y tarifas de Martínez de Hoz en el comienzo de la dictadura. Como se sabe, el régimen de congelamiento y atraso del tipo de cambio con apertura importadora de la convertibilidad tuvo como saldo la desindustrialización y desocupación record, pero con estabilidad de precios. Es una opción de política económica: crecimiento y empleo con tensiones inflacionarias o estancamiento y exclusión social con baja inflación. El conflicto distributivo o la paz de los cementerios. El desafío aún no resuelto de la economía argentina es crecer y distribuir con inflación baja.

Comparada con otras experiencias internacionales de fuerte devaluación como la de México (diciembre ’94), Indonesia (julio ’97), Rusia (agosto ’98), Brasil (enero ’99), Ecuador (enero ’99) y Turquía (febrero ’01), la depreciación nominal de la moneda argentina del fin de la convertibilidad fue una de las más intensas. Luego del shock inicial en los precios por esa devaluación, su traslado posterior (pass through, como lo denominan los economistas) fue más pausado en relación con esos casos internacionales. La aceleración en los precios comenzó a fines de 2006 y 2007. No hubo una traslación total e inmediata a precios del megaajuste cambiario porque los deprimidos ingresos de la población no estaban en condiciones de convalidar fuertes aumentos de bienes y servicios. A partir de la recuperación del poder adquisitivo comenzó a desplegarse con fuerza la puja distributiva, que sumada a la estrategia de minidevaluaciones como arriba se mencionó, empezaron a actuar, ambos factores, como las principales fuentes de tensión inflacionaria. En 2007 ya había mejorado el ingreso de los trabajadores castigado por la megadevaluación y, con el fortalecimiento de la organización gremial por el aumento del empleo, la demanda de mejoras salariales empezó a cuestionar la tasa de ganancia empresaria. La trinchera de resistencia a esa pretensión fueron y lo siguen siendo los aumentos de precios para preservar ese elevado margen de utilidad ofrendado por la depreciación de la moneda.

El último episodio de devaluación de una magnitud bastante menor a las más emblemáticas del pasado (el Rodrigazo, la de Sigaut y Alemann en la dictadura, la hiperinflación de Alfonsín y el fin de la convertibilidad) ha tenido la particularidad de que acumula dos golpes de precios, antes (diciembre-enero) y después (febrero). La secuencia tradicional era el ajuste de la paridad reflejado posteriormente en los precios. En este caso, hubo remarcación previa por la expectativa de devaluación, y una segunda luego cuando se concretó. Estos aumentos no fueron solamente por el alza de costos inducidos por la devaluación, sino que también procuran una rápida recomposición de las muy elevadas tasas de ganancias en algunas ramas estratégicas de la cadena productiva. Incrementos que se extienden al resto de la economía en un contexto de expectativas inflacionarias.

Además de ser una invalorable herramienta de diagnóstico sobre prácticas abusivas, la revisión de la cadena de valor de esos sectores debería servir para intervenir ante reclamos desproporcionados de proveedores de insumos clave de la producción de bienes. Es ilustrativo de esas distorsiones un mail de una multinacional de bebidas gaseosas enviado a sus proveedores, que llegó a mi casilla de correo electrónico.

Estimado Proveedor de

COCA-COLA FEMSA

ARGENTINA.

Como es de público conocimiento está vigente el acuerdo de “Precios Cuidados” implementado por la Secretaría de Comercio Interior y varios de nuestros productos integran dicho listado de productos, publicado los primeros días de enero del corriente año.

(...) queremos dejar claro ciertos puntos:

1) NO vamos a admitir ningún ajuste directo de costos basado en la variación cambiaria (ajuste del 100% del precio por el tipo cambio)

2) Tampoco ajustes de precio sin su debida justificación

3) Si algún componente de su cadena de valor realiza un ajuste de los anteriormente mencionados, les pedimos que realicen la tarea de concientizarlo de esta problemática y en determinados casos podemos reunirnos en conjunto para que entiendan esta situación

4) Si aun así no puede lograrse que el proveedor entienda la situación, les rogamos nos brinden la información del caso con el mayor detalle posible

Reiteramos que no es nuestra intención solicitarles congelamiento de precios ni mucho menos, simplemente que nos manejemos con la prudencia que requieren estos momentos. Sabremos entender cuando un ajuste de precios es necesario, pero también vamos a rechazar enérgicamente los ajustes cuando se basen en mantener un valor en divisa extranjera o cuando no esté plenamente justificado.

(...) Saludos atentos,

Pablo Giovanetti

Gerente de Compras”.

En un territorio embarrado, el desafío de la economía en estos meses inmediatos es desinflar la burbuja de precios.

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