EL PAIS › DANIEL SCIOLI CON UN FUTURO INCIERTO EN LA POLITICA

¿La última carrera?

El gobernador bonaerense suele resaltar que se sobrepuso a muchos momentos difíciles. Ahora deberá enfrentarse a la necesidad de superar la derrota electoral, sin poder territorial ni legislativo.

 Por Victoria Ginzberg

El 4 de diciembre de 1989 la lancha que conducía Daniel Scioli agarró una ola provocada por un buque pesquero, volcó y se hundió en el Paraná. Un pedazo del casco o la hélice del motor le rebanó el brazo derecho al piloto. Fue el momento más difícil de su vida, tanto que ante cualquier dificultad el gobernador de la provincia de Buenos Aires repite: “Mal estaba cuando buscaba el brazo en el fondo del río”. Veinte días después del accidente, el ahora ex candidato presidencial del Frente para la Victoria dio un reportaje en el que anunció que tenía fuerza para continuar en la motonáutica y en los años que siguieron consiguió varios títulos. Scioli se repuso rápidamente de su peor catástrofe personal y estuvo a un paso de convertirse en presidente de la Nación cuando en ese momento ni siquiera había comenzado su carrera política. Pero habrá que ver si ahora, ante esta nueva dificultad para superar, su segunda actividad le da también la revancha que consiguió en el deporte.

Scioli nació en Villa Crespo en 1957. Se casó, divorció y reconcilió con Karina Rabolini, quien fue una importante ladera y vocera durante la campaña. Tiene una nieta de su única hija, Lorena, a quien reconoció cuando la joven tenía 16 años. Una de sus asignaturas pendientes era obtener un titulo universitario, lo que logró a la vez que participaba de actos y manejaba la gobernación. El 5 de octubre de este año se recibió de Licenciado en Comercialización en la UADE.

“Toda la vida me preparé para esto”, decía un spot con el que Scioli se propuso mostrar que todas las cosas que le habían pasado, sus éxitos y sus contratiempos, lo habían llevado hasta las puertas de la Casa Rosada. Pero su carrera política comenzó en 1997. Su popularidad atrajo al ex presidente Carlos Menem, quien le ofreció que se postulara como diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires. Así fue que Scioli, que se había mantenido ajeno de la militancia estudiantil mientras iba al secundario en un Carlos Pellegrini en plena ebullición de la década del 70 y que provenía de una familia con simpatías con Raúl Alfonsín, inició su camino en el peronismo. En ese recorrido fue diputado entre 1997 y 2001, secretario de Deporte y Turismo durante la presidencia interina de Eduardo Duhalde y luego fue elegido como vicepresidente de Néstor Kirchner. Durante el kirchnerismo saltó a la provincia de Buenos Aires, un pase que analizarán ahora los supersticiosos, dada la “maldición” que parece perseguir a los gobernadores. Pero el cambio de distrito fue motivado por lo que siempre fue el principal activo sciolista: su buena imagen.

En Scioli Secreto, los periodistas Pablo Ibáñez y Walter Schmidt cuentan una charla que el entonces presidente Néstor Kirchner tuvo en Olivos en abril de 2006 con un grupo de colaboradores entre los que estaban el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini; el vocero Miguel Núñez y el secretario de Obras Públicas, José López.

–¿Qué hacés con un tipo que mide tan bien? –dijo en voz alta mostrando la copia de una encuesta. Ante el silencio de los demás, Kirchner respondió:

–Candidato. Lo hacés candidato tuyo.

Y así fue. Y lo mismo ocho años después, aunque con Cristina Kirchner en vez de Néstor Kirchner.

Antes de las PASO, Scioli mencionaba como su título de cabecera el libro La estrategia de aproximación indirecta, un texto también citado por el papa Francisco. Allí el oficial británico Basil Henry Liddell Hart sostiene que el mejor método para ganar batallas, ya sean militares, psicológicas o políticas, es evitar el ataque frontal. Aconseja, en cambio, envolver al adversario en un movimiento de flanco que deje expuesto su lado más penetrable, debilitarlo, derrumbar su resistencia antes de buscar vencerlo.

Eludir el conflicto fue parte de ADN político sciolista y lo que posibilitó que se convirtiera en el candidato único a presidente del Frente para la Victoria. Porque además de tener buena imagen nunca cortó los puentes y permaneció inalterable ante las críticas, que no fueron livianas ni sutiles. Mientras Florencio Randazzo le enrostraba falta de gestión y lo acusaba de ser permeable a los intereses económicos y mediáticos, Scioli callaba. Se limitaba a señalar que sólo confrontaba con Mauricio Macri. Por esos días, sus colaboradores advertían que las palabras del ministro del Interior y Transporte sólo beneficiaban al PRO y se defendían de maltrato interno recordando que el gobernador bonaerense nunca había “ni pensado” en “sacar los pies del plato”. Así, sus características personales (naturales o parte de una estrategia cuidada, o ambas cosas a la vez) y su popularidad hicieron que las piezas se acomodaran como en el tablero de ajedrez, actividad que le apasiona y practica casi tanto como el futsal. Llegó seguro a la primera vuelta. Pero el resultado del 25 de octubre lo golpeó. En las últimas semanas se vio poco al Scioli que repetía “con fe, con entusiasmo y con optimismo”. Si bien recordó que fue pionero en hablar de consenso y unidad y hasta pareció reivindicar para sí el discurso de las puras formas que enarboló el frente Cambiemos para evitar definiciones sobre política económica o de cualquier tipo (“yo soy el original, él es la copia”, dijo al respecto), es probable que en estos días se le hayan escuchado más definiciones que en los últimos diez años. Habló de la importancia del Estado y la integración regional. Dijo que no iba a responder a las acusaciones que se le hacían al actual gobierno pero a la vez reivindicó el país que deja CFK. Hizo anuncios concretos, como el 82 por ciento móvil para la jubilación mínima y la suba del mínimo no imponible del impuesto de Ganancias. Y, por otro lado, le habló al electorado massista sobre lucha contra el narcotráfico y seguridad, con palabras que no sonaron impostadas porque siempre formaron parte de su discurso y fueron, de hecho, una de las principales diferencias con el gobierno nacional.

Las propuestas y advertencias de los últimos días y la performance en el debate presidencial no alcanzaron para convencer a los indecisos que se necesitaban para ganar, pero en estas semanas (más allá de estas últimas definiciones que algunos kircheristas aceptaron como estrategia y otros con resignación) el candidato del Frente para la Victoria fue reivindicado por los propios mucho más que antes de la primera vuelta. Los que salieron a las calles, los que pegaron carteles en postes y ascensores, los que convencieron al mozo y al taxista, los “empoderados”, como los definió ayer la Presidenta, se entusiasmaron con un Scioli que confrontaba con Macri, que le decía que era “un creído de Barrio Parque” y que hablaba de no arrodillarse ante el Fondo Monetario Internacional y resistir al ajuste.

Las razones de las derrotas serán muchas (nunca hay una y siempre se mezclan errores propios y aciertos ajenos) y se analizarán en los días por venir. Pero Scioli no pudo perforar todo lo necesario en los indecisos y los peronistas disidentes. En la biografía del gobernador hay varios ejemplos de su capacidad para convertir un mal paso en un hecho a su favor. La historia con Lorena es uno de ellos: tuvo que admitir la existencia de su hija extramatrimonial a partir de una demanda de paternidad. Pero una vez que tomó la decisión de asumir su rol, lo hizo con todo. Y cuando unos años después se convirtió en diputado nacional, fue padrino de la Asociación de Hijos No Reconocidos y presentó proyectos vinculados con ese tema. Si podrá hacer lo mismo con su derrota electoral es una incógnita. No tiene diputados propios ni poder territorial. Y se sabe que en el peronismo no abraza a los perdedores.

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