EL PAIS › A 30 AÑOS DE LA SENTENCIA CONTRA LOS COMANDANTES DE LA DICTADURA

Memoria del Juicio a las Juntas

El juicio contra los jerarcas militares que concluyó el 9 de diciembre de 1985 sentó las bases de un proceso de justicia que se extiende hasta el presente. Una muestra montada en la ex ESMA permite revivir cómo fue y que implicancias tuvo aquel debate judicial.

 Por Alejandra Dandan

Alejandra Oberti, la coordinadora de la muestra, junto a Jorge Watts, testigo del Juicio.
Imagen: Carolina Camps.

José María Orgeira fue defensor de Roberto Viola durante el Juicio a las Juntas de Comandantes. Jorge Watts era uno de los sobrevivientes que se sentó a declarar como se hacía entonces: de espaldas al público, frente a los seis integrantes de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal, apenas nacía la transición democrática todavía turbulenta. Orgeira le preguntó dos veces a Watts algo precedido por la palabra “detenido”: “Para que el detenido diga”, le dijo la primera vez, con los capitanes de la muerte sentados a sus espaldas. “¡Detenido es su cliente!”, respondió Watts con altura. La segunda vez, los jueces se tomaron quince minutos para discutir a puertas cerradas. Volvieron a la sala y emitieron una resolución para sancionar al letrado. Este es uno de los fragmentos de ese primer juicio oral y público ahora leído como parte de los pactos fundantes del sistema democrático. Por decisión de la Cámara Nacional de Apelaciones, el canal estatal de televisión entonces llamado Argentina Televisora Color (ATC) registró las 530 horas de los nueve meses de debate, pero transmitió sólo una pequeña parte de cada jornada de modo diferido y sin audio. El 9 de diciembre se cumplen 30 años de la sentencia, el único tramo transmitido de modo completo con imagen y sonido. La Asociación Civil Memoria Abierta presenta una muestra del Juicio con fragmentos de sonidos e imágenes por primera vez accesibles al público masivo. La muestra –expuesta en la Sala Augusto Conte del Edificio 30.000 Compañeros Presentes del Espacio Memoria y Derechos Humanos de la ex ESMA– revisita aquel escenario en clave de una política de Estado que sentó las bases del proceso de justicia argentino, marcado por avances y retrocesos, que se extiende hasta el presente.

La muestra de paneles, imágenes y pantallas táctiles con audio e imágenes evoca las dimensiones y actores del escenario del Juicio. Están los jueces. Los testigos sobrevivientes, que los miran. Los nueve acusados. Y hay una mirada abierta a la calle: con imágenes de las instituciones del movimiento de derechos humanos que hicieron posible la apertura de este camino, pero en contrapunto las imágenes de las primeras marchas de los familiares de los imputados. La reconstrucción sitúa tres momentos: el Juicio, los antecedentes y los efectos, como amplia línea en conexión.

Alejandra Oberti es la coordinadora del Archivo Oral de Memoria Abierta. “Todo lo que está en ese escenario se da en una secuencia”, explica. “Entre los antecedentes, está la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep). Aparece Raul Alfonsín al dar instrucciones al Consejo Superior de las Fuerzas Armadas para generar una instancia de investigación y de juzgamiento de las propias FF.AA. Está la cláusula importante que estableció, sin embargo, que si no avanzaba la investigación todo iba a pasar a la Cámara Federal. Me parece que ahí hay una política de Estado y una política –subraya Oberti–: una serie de actores e instituciones movilizados que termina en el Juicio a las Juntas.”

El Juicio, entonces, observado no como un punto fijo sino como parte de un proceso en construcción, suele ser mirado como “un antecedente un poco lejano” en el proceso de Justicia, dice Oberti. “Con esta muestra, nos empezamos a dar cuenta de que no es así: que el Juicio ha instalado por lo menos tres ejes que siguen presentes hasta ahora y aunque no sabemos si esas cuestiones se hubiesen dado sin ese Juicio, podemos decir que lo marcaron. Uno, es que la Justicia tuvo un papel diferente a otras transiciones, donde dijo cosas. Otra, es la demostración desde el día cero de que hubo un plan sistemático represivo con diferentes aristas, pero parte de un todo. Y la tercera y fundamental –que luego va a sobredeterminar el proceso de Justicia pero también de Memoria y de Verdad– es el papel que tienen los testigos: aparece el papel de los sobrevivientes como portadores de una voz que atraviesa décadas.”

Parte de los documentos exhibidos son las fichas de cartón, escritas a mano, por los integrantes de la fiscalía. Las fichas contienen puntos claves de las declaraciones de los testigos. Esos elementos de papel impactantes y tocables aparecen junto a un fichero: los integrantes de la fiscalía, lo llamaron “La Computadora”.

Se sabe que el día que declaró Clyde Snow se apagaron las luces de la sala. En una pantalla, el antropólogo forense norteamericano que iniciaba el Equipo Argentino de Antropología Forense proyectó huesos y cadáveres con evidencias de asesinatos. La ficha ahora montada en la muestra frente a su imagen, conserva un extracto escalofriante de su declaración. “Otro aspecto de este caso –dijo– es que no encontramos en los huesos de la pelvis pequeños huesos de un feto humano, pero sí encontramos en la pelvis, un surro (...) (que) indica que la persona ha dado a luz a un bebé a término o cercano a término. Pudimos establecer que estos restos pertenecían a Liliana Carmen Pereyra que desapareció cuando se dirigía de su casa a su trabajo el 15 de octubre de 1977, en el momento en el cual tenía un embarazo de 5 meses.” Liliana dio a luz en la ESMA. Su hijo Federico, hijo también de Eduardo Alberto Cagnola, en 2008 fue restituido por Abuelas de Plaza de Mayo.

Pero el Juicio para entonces tenía que probarlo todo. Desde la existencia de los centros clandestinos de detención hasta la existencia de los desaparecidos, sobre los cuales parte de la sociedad aún creía que estaban en Europa. En esta muestra que funciona como suerte de viaje al túnel del tiempo, Watts vincula presente y pasado. Es uno de los testigos sobreviviente que atravesó las tres etapas propuestas. Así como ahora uno de los ejes de los juicios está dado en la necesidad de probar la responsabilidad de cientos de imputados y por lo tanto el recuerdo revisa la presencia de esas figuras en los campos, para entonces –dice él– uno de los mandatos “morales” más claros era demostrar a la sociedad, pero también a los jueces, que los desaparecidos tuvieron una sobrevida. “Es decir teníamos que probar que después del secuestro siguieron vivos. Que era una vida con todas las dificultades del caso, pero no es que habían desaparecido como decía Videla que se disolvieron en el aire sino que estaban en lugares concretos. Dependían de alguien. Habían sido secuestrados, que de alguna manera estaban, entre comillas, detenidos.”

Lo que se buscaba probar, entonces, era el paso de los prisioneros por los centros clandestinos. “Yo tengo una larga experiencia en testimoniar. Pero te puedo decir que lo que ocurría durante el Juicio a las Juntas y también antes es que el centro de nuestro testimonio estaba en decir que los habíamos visto. En hablar de ellos. Hoy, conocida esta etapa e insertada en la sociedad, el centro de los testimonios es hablar de los represores”.

Los debates

Cuando mira los paneles, Watts le toma el pelo a su propia imagen de treinta años atrás. En ese sentido, el ensayo visual permite juegos de contrastes parecidos. Entre los antecedentes del Juicio aparecen decisiones del gobierno de Alfonsín alimentadas por reclamos del movimiento de derechos humanos, pero también discutidas.

Watts se fue a declarar al salir del trabajo como un día normal. “No me preparé para nada o, si querés, me preparé toda la vida. Estaba vestido como siempre. Declaré hasta muy tarde. Orgeira me llamó detenido dos veces. Y mientras tanto yo tenía sentado atrás a Videla. Pero hay otras cosas interesantes de ese momento. Los jueces, por ejemplo. Primero, era un tribunal de seis, complicado porque era caprichoso y sin experiencia. Era la primera vez que los jueces argentinos intervenían en un tema de genocidio. Era difícil testimoniar. Te interrumpían. No te dejaban hablar de lo que querías. Te hacían preguntas totalmente desatinadas, como cuando Jorge Torlasco me preguntó si habían presentado algún hábeas corpus. Le digo que sí.

–¿Qué pasó? –me dijo.

–Y me los rechazaron.

–¿Quién?

–Y, uno fue usted –le contesté. “Ahí se quedó callado, no preguntó más nada.”

Para 1984, Watts era presidente de la Asociación de Detenidos y Desaparecidos, usina debates centrales entre los sobrevivientes de los campos. “Antes del comienzo del Juicio hubo un debate sobre si declarar o no. No era por miedo, sino por diferencias políticas. Debatimos bastante. Pero nos comprometimos a que si íbamos a declarar, íbamos todos, mas allá de la posición inicial. Finalmente logramos que se resolviera ir a declarar. No era el tema del miedo, ni la presencia fuerte de los militares o la debilidad de Alfonsín, sino más bien sobre una vieja polémica sobre la Bicameral o la Conadep.”

En línea con lo que sucede en este momento con la ley de creación de la Bicameral para investigar las complicidades económicas, la Asociación también evaluó la eficacia de las distintas herramientas. “Nosotros sentíamos que con la Conadep habíamos perdido. Este era nuestro punto de vista.”

–¿Por qué?

–Entendimos que la Conadep era una comisión impuesta por Alfonsín. Que era una forma mucho más controlable, pero también se le fue de las manos. Pero si querés que te diga la verdad, la Bicameral no es que garantizaba nada pero creíamos que podía darle un poder institucional más importante que una comisión de notables realmente no tiene. Pero pienso que de todos modos, no teníamos otra alternativa. Era la herramienta posible. Así que finalmente decidimos ir a declarar. Adriana Calvo, por ejemplo, que estaba en la idea de no declarar, cuando fue, hizo un excelente testimonio. Desgarrador. Y muy importante.

En 2011, Memoria Abierta suscribió un convenio con la Cámara Nacional de Apelaciones y la Universidad de Salamanca para digitalizar las 530 horas de filmación. Un año más tarde lo presentó en la Biblioteca Nacional ante algunos de los jueces del Juicio. Y entre los invitados estuvo el fiscal Julio Strassera. “Yo me acuerdo de algo que también dije en esa presentación. Y pensé que Strassera se me iba a tirar al cuello. Un día lo fuimos a ver con Adriana antes de que empiece el Juicio y él nos dijo: vamos a juzgar a 9 y vamos a condenar a 6. Lo dijo antes. El día de la presentación (del archivo digital) yo lo miré y él lo dejó pasar porque era verdad. Porque claramente, seguía las instrucciones de Alfonsín.”

–¿Cómo mira hoy aquel Juicio?

–Para mí sigue siendo un momento valioso porque pese a las limitaciones, fue muy importante para todos los que participamos y fue una apuesta del gobierno de Alfonsín. No le fue fácil, el proceso de juzgamiento tuvo después un montón de retrocesos pero lo que quedó como sedimento fue muy valioso porque fue el primer paso teniendo en cuenta que en toda la historia argentina nunca habían sido juzgados los golpistas, más bien todo lo contrario. En este caso sirvió para ponerlos en la picota como correspondía.

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