EL MUNDO › DETRAS DE LA MOVIDA DESTITUYENTE EN BRASIL SE ESCONDEN DIRIGENTES Y EMPRESARIOS

Las claves de la conspiración

Aprovechándose de una picardía cometida por el Ministerio de Hacienda en 2014, la oposición neoliberal y el poder financiero la convirtieron en un grave delito pasible de impeachment, una interpretación mañosa de la que se hacen eco los medios.

 Por Darío Pignotti

Desde Brasilia

Todas las formas del golpismo. Desde el miércoles pasado cuando Eduardo Cunha, titular de la Cámara de Diputados, inició la tramitación que puede desembocar en el impeachment o juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff, el gobierno y el Partido de los Trabajadores (PT) comenzaron a trabajar para presentar combate a los grupos implicados en la conspiración. El primer reto será galvanizar a las fuerzas progresistas y organizaciones sociales en respaldo de la estabilidad institucional que permita a la mandataria concluir su gestión el 31 de diciembre del 2018 como establece la Constitución.

Dilma está cubierta de razón cuando dice, como lo hizo el viernes ante militantes luego de recibir a Mauricio Macri en el Palacio del Planalto, que no tiene ningún ilícito que esconder y afirma que el pedido de impeachment carece de sustento legal pues se basa en desprolijidades contables a las que el gobierno apeló para poder financiar las políticas sociales. Se trata de una picardía cometida por el Ministerio de Hacienda en 2014, cuando estaba a cargo del desarrollista Guido Mantega, que la oposición neoliberal y el poder financiero convirtieron en un grave delito pasible de impeachment, una interpretación mañosa de la que se hacen eco los medios.

Dilma ya había considerado vacía la denuncia en su contra el miércoles por la noche en un inesperado mensaje a la nación que la mostró firme pero en soledad, pues no estaba a su lado el vicepresidente Michel Temer, del Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB). “No va a haber golpe” coreó el activismo que se reunió el viernes en el acto encabezado por la presidenta en Brasilia mientras en San Pablo la dirección petista se reunía con miembros de la Central Unica de los Trabajadores y del Movimiento de los Sin Tierra, para luego declararse en estado de “movilización permanente”. Mañana se realizará un encuentro encabezado por el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva en el Sindicato de los Trabajadores de la Industria Química de San Pablo y pasado una marcha organizada por el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo cuya consigna convocante será “fuera Cunha”.

La presidenta, Lula y el PT sabían que iba a haber guerra contra las huestes destituyentes, pero esperaban que ocurriera después del carnaval cuando el Brasil vuelve a funcionar. Por lo que sabe también los golpistas habían decidido velar las armas hasta febrero, pero la intempestiva decisión de Cunha anticipó la refriega en la que correrá sangre. Ya no hay espacio para el armisticio. “Mejor tener un fin trágico que un tragedia sin fin”, dijo un ministro complementando la afirmación de otro funcionario para quien “se acabó la guerra fría”, ahora la contienda es a todo o nada, según reportó el diario Folha de San Pablo. Aunque el PT y el PMDB son parte de la coalición oficialista, esto cuenta sólo en lo formal, ya que sectores pemedebistas militan abierta o disimuladamente en la campaña destituyente.

El pemedebista Cunha, al haber puesto en marcha el impeachment, asumió su papel de vanguardia golpista detrás de la cual se agazapan dirigentes más astutos como es el caso de Temer, que luego de dejar sola a Dilma en el discurso televisado, tampoco participó en las reuniones realizadas en Brasilia. En lugar de colaborar con el gabinete de crisis prefirió viajar al principal reducto opositor, que es San Pablo, donde ayer estaba previsto un encuentro con el gobernador Geraldo Alckmin, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). Fue un gesto casi explícito de traición frente al cual la presidenta se vio obligada a decir ayer que aún confía en la lealtad de su vicepresidente. Desde hace meses que Temer, también del PMDB, abandonó, de hecho, el gobierno de Dilma para dedicarse a conspirar y armar lo que sería su mandato de “unidad nacional”, que despierta simpatías en dirigentes del PSDB como el ex presidente Fernando Henrique Cardoso.

Hombre confiable para la Embajada de Estados Unidos y los banqueros de Wall Street, Cardoso propone un golpe más higiénico, y busca tomar distancia de la imagen inconveniente del diputado Cunha. La tesis del ex mandatario es desgastar a Dilma hasta que se vea obligada a “tener la grandeza de renunciar”, y allí dar paso a una administración liderada por Temer con un gabinete dominado por el PSDB. Esa es también la fórmula que parece agradar al poder financiero de San Pablo, cuya Bolsa de valores trepó casi 4 puntos el miércoles al anunciarse el inicio del impeachment, y sectores importantes del empresariado. El presidente de la Federación de Industrias de San Pablo (Fiesp), Paulo Skaf, está entre los que quieren la salida de Dilma cuanto antes y fue, según versiones creíbles, el autor del plan de gobierno de transición presentado por Temer.

Estos antecedentes golpistas de Skaf y su apuesta a un giro neoliberal en el Mercosur ayudan a entender la recepción casi de jefe de Estado que la Fiesp brindó el viernes al presidente electo Mauricio Macri. “La visión del presidente (Macri) es nuestra visión de la modernidad, de la economía liberal, de la agilidad, por esas razones nos honra recibirlo”, afirmó Paulo Skaf, que además de comandar la federación de industriales es dirigente del PMDB.

El miércoles 2 de diciembre de 2015 será recordado como el día en que se anticipó una guerra política que todos esperaban que ocurriera en marzo de 2016. Y no sólo eso. Ese día quedará registrado como aquel en que un representante de la “parapolítica” brasileña, Cunha, resolvió poner en vilo a la república para salvar su pellejo. Valiéndose de sus atribuciones como titular de Diputados abrió paso al impeachment horas después de que el PT lo denunció en el marco del escándalo del “Petrolao”. De ese modo antirrepublicano que espanta incluso a sectores de la oposición, Cunha plantó la crisis del impeachment para que pasen a segundo plano las noticias sobre su dinero oculto en Suiza, sus sobornos y la forma como manipuló cuentas bancarias de iglesias evangélicas.

La expresión “parapolítica” viene de Colombia y refiere al coludio entre gobernantes, paramilitares y narcos que tuvo su auge durante la presidencia de Alvaro Uribe (2002-2010), pero era un fenómeno que venía de los años 80 cuando el narco Pablo Escobar fue diputado.

Adaptado a la realidad brasileña la “parapolítica” comprendería a los legisladores y/o gobernantes de derecha, vinculados al crimen organizado, los dipupastores de la Bancada de la Biblia y los dipupolicías que, respaldados por las fábricas de armas, forman la Bancada de la Bala.

La parapolítica brasileña es la cara más brutal dentro de los varios grupos interesados en derrocar a Rousseff. Cunha y la mayoría de los “parapolíticos” detestan por igual al PT, a los homosexuales, la Teología de la Liberación y los derechos de la mujer. Por eso se alían a cualquier partido para oponerse a Dilma y acaban de votar una ley, bendecida por Cunha, contra la píldora del día después y otra que tipifica como terrorista a quien participa en una manifestación violenta. Dicen que Cunha ejerce un poder comparable al de un pastor autoritario sobre sus cerca de 150 legisladores, la mayoría con causas pendientes en la Justicia. Una de sus obsesiones es la contrainformación, para lo cual este año contrató a la empresa de espionaje Kroll, donde hay ex agentes de la CIA, que le habría entregado datos de congresistas que pudieran desafiarlo. Hace dos meses declaró que si él caía no lo haría solo, frase que todos entendieron como una amenaza velada a los miembros de su organización.

Sus seguidores suelen llamarlo Jefe y sus críticos “Frank Underwood”, como el inescrupuloso personaje de la miniserie norteamericana House of Cards. Por pura coincidencia cuando Cunha hizo temblar a la república con el impeachment se cumplían 22 años de la muerte del colombiano Pablo Escobar Gaviria alias El Patrón.

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Dilma denunció un intento de “golpe a la democracia”.
Imagen: AFP
 
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