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La historia detrás del cuadro

Desde el “nos gobiernan los montoneros” de un ofendido a los cautos cálculos de cuánto durará el jefe del Ejército, la imagen de Bendini subido al banquito bajando el retrato de Videla disparó rumores, renuncias y nervios entre los uniformados.

 Por Nora Veiras

“La imagen de Bendini subido a la escalerita descolgando los cuadros de Videla y Bignone recorrió el mundo... quedó muy debilitado. No creo que pueda recuperarse.” El hombre, acostumbrado a lidiar con los uniformados, le pronostica un futuro más que corto al jefe del Ejército, Roberto Bendini. Diez días después de esa ceremonia, en el Colegio Militar ya nadie intenta ocultar que Bendini tuvo que cumplir con la tarea porque ningún otro general estaba dispuesto a protagonizar una escena que entendían no como una sumisión sino como una “humillación”. En el camino pidieron el retiro dos generales y un coronel mayor. Sobre este escenario, los oficiales del Ejército también analizan como otra muestra más de la “debilidad” de su jefe el protagonismo que adquirió el jefe de la Armada, Jorge Godoy, después de su discurso de autocrítica y de haber entregado la ESMA. “El Presidente se entrevistó el miércoles con él en la Rosada y nosotros la miramos pasar”, repiten.
Bendini no lograba convencer a los veintiséis generales convocados el mismo 24 de marzo al Colegio Militar de la orden presidencial: un oficial tiene que descolgar los cuadros. El ministro de Defensa, José Pampuro, llegó lo más rápido que pudo a la reunión y con la ayuda del segundo jefe, Mario Luis Chretien, logró persuadirlos para que bajaran al Patio de Armas. En el tire y afloje habían acordado que fuera un ordenanza el encargado de subirse a la escalerita. Todo parecía arreglado hasta que llegó Kirchner. El Presidente insistió en que fuera un oficial. Se barajó el nombre del director del Colegio, general Raúl Horacio Gallardo. Se lo descartó rápidamente: él había sido uno de los que más reparos había puesto. Ya sin margen, con los cadetes formados, la prensa balconeando sobre el Patio de Armas y todos los generales en el escenario, Kirchner le ordenó a Bendini que cumpliera con la misión que le garantizó un lugar en la historia y un incierto futuro en la actividad.
El que tiene una misión de incierto resultado es también el general Gallardo. Los cuadros originales de Videla y Bignone fueron hurtados y el sumario abierto no arroja resultados. “Je, je”, leyó alguno en un cartelito que apareció en el lugar de los cuestionados retratos. “Esto no es ideológico, es una puja de fuerzas”, explicaban en la Rosada, dando por hecho que nadie se atreve a reivindicar a Videla, pero que se aferran a los cuadros como escudos para defender cierto margen de maniobra institucional.
Desde entonces, la plana mayor del Ejército es un volcán en ebullición. Bendini, más que nunca, se define como “un general K” y sus colaboradores repiten que “el discurso del Presidente fue muy bueno porque nos integra al proyecto de futuro, nos reserva un lugar”. Ahora están expectantes por lo que sucederá el Día del Ejército. El 29 de abril es tradicional el discurso del jefe de la fuerza. Sería la segunda vez que Bendini fijara posición públicamente. La primera fue cuando se hizo cargo después del descabezamiento de la cúpula que lideraba Ricardo Brinzoni, a quien Kirchner pasó a retiro justamente el 28 de abril para evitar sus palabras.
Pasado y presente
La revisión del horror del terrorismo de Estado está lejos de provocar una lectura homogénea entre los oficiales. Muchos asumen que “la ley es así, hay que cumplirla y nosotros ya hemos demostrado que lo hacemos”.
Otros admiten que en algunos corrillos se llegaron a escuchar planteos como el siguiente: “Al final, la única vez que nos fue bien fue cuando reaccionamos: en Semana Santa del ’87. Nos dieron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y hasta nos aumentaron el presupuesto”. El mismo oficial lo cuenta, pero avizora que el contexto no da para elucubrar sobremilitares con las caras embadurnadas exigiendo impunidad. Se confiesan desconcertados por la “ideología ultra” de Kirchner. “No lo esperábamos, él nos construyó cuarteles, nos ayudó muchísimo en Santa Cruz. Su hermana (Alicia) montó todo el plan de salud provincial con la ayuda de médicos del Ejército”, recuerda el oficial y se deja llevar por lo que siente que “están gobernando los montoneros”. Como si no bastara para mostrar que los veinte años de democracia hicieron poca mella en su formación, concluye: “Sobrevivieron los más aptos”.
Por la reapertura de causas por violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura hay alrededor de setenta y siete militares presos. En el Gobierno calculan que a partir de la declaración de inconstitucionalidad de los indultos –dispuesta ya en la investigación por la represión en el Primer Cuerpo de Ejército– y del avance de otras causas, la cifra puede sumar a cien más. “El problema es si alguno de los que vayan a ser citados quiere empiojar la cosa y se le da por involucrar a algún general en actividad que en aquella época puede haber sido teniente”, especulan los más preocupados por el desmadre de un tema particularmente sensible para la política oficial.
“Si se nos faranduliza el desfile por tribunales, podemos tener problemas”, dramatizan algunos. Para conjurar la temida “farandulización”, abundan los contactos oficiosos con el Poder Judicial de manera de garantizarles a los militares sospechados que se evite la exposición pública.
“Les tenemos que encontrar otras misiones”, repite un funcionario. En rigor, se trata de encontrarles un sentido de existencia a las Fuerzas Armadas. En lo inmediato están avanzadas las gestiones para enviar a unos trescientos militares a Haití, como tropas de Naciones Unidas. Ese nuevo sentido de existencia es imposible de lograr sin el cumplimiento de dos premisas claves de la política oficial: “Memoria y Justicia”.

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Bendini no logró que otro
general se suba al banquito y salga en la foto histórica.
Kirchner no aceptó que
fuera un civil, por lo que el
jefe tuvo que subirse él.
 
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