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Los diálogos entre Duhalde y CFK sobre Arslanian y la salud de K

En una semana marcada por los problemas de salud del Presidente y la vorágine en torno de las políticas de seguridad, el ex presidente y Cristina Kirchner cruzaron permanentes llamados que abarcaron los principales temas de gobierno, incluso el Mercosur. Las conversaciones.

 Por Diego Schurman

“Si a Néstor le va mal, yo entro en un pozo depresivo peor que en 1976”, dice Eduardo Duhalde. Y a sus interlocutores les queda claro que el mensaje de apoyar al Presidente es unívoco. Pero, por si persistieran las dudas, se desprende de un secreto que enmudece a toda su oficina: en los últimos días se comunicó tres veces con Cristina Kirchner para hablar sobre la marcha del país, temas de seguridad incluidos. El objetivo es claro: no quiere hacer demasiados movimientos sin la anuencia del señor K.
Es paradójico. El ex mandatario insiste en mostrarse públicamente como un hombre en retirada, casi ausente. Pero su muñeca volvió a relucir en los últimos días en numerosas decisiones de alta política, entre ellas la entronización de León Arslanian como ministro de Seguridad bonaerense.
Cristina estaba al tanto de todo. Esta última semana, Duhalde la llamaba directamente para no molestar a Néstor Kirchner. Y aunque la senadora insistía en pasarle el teléfono, el ex mandatario se negaba. “No lo quiero joder”, se excusaba y paso seguido le acercaba una receta para que su marido se repusiera de la gastroduodenitis.
–Tiene que parar un poco la máquina –le recomendó. A su entender, los maratones por el interior del país y los actos de confrontación permanente deberían graduarse. “Es un ritmo que no se puede sostener durante mucho tiempo”, ya le había sugerido personalmente a Kirchner. Siempre se encontró con la misma pared. “Yo soy así”, respondía el mandatario.
Duhalde y Cristina no conversaron únicamente sobre la salud presidencial, obviamente. También de seguridad, la purga policial y, aunque suene extraño, del Mercosur, un tema que lo tiene a maltraer con los periodistas ya que nunca le creen que ése es, al fin, el tema que lo desvela.
De hecho, uno de los tres llamados a la senadora, el último miércoles, fue para anoticiarle de su encuentro con el embajador mexicano Luis Derbez. Como presidente de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur, Duhalde acababa de enterarse que el presidente Vicente Fox presentará en julio una solicitud para integrar a su país al Mercado Común del Sur.
¿Si también hablaron de la discusión que se produjo con Chiche en el congreso del justicialismo? Duhalde jura y perjura que no. Es más, ante los suyos, se muestra salomónico. Defienda a su mujer y, a la vez, reconoce que Cristina no hizo más que reflejar un pensamiento predominante en la “rama femenina” del PJ: que para llegar a un cargo hay que ser esposa de. “No es algo nuevo, acá en la provincia todos saben que cuando hay un intendente su mujer acompaña haciendo el trabajo social de esa comuna”, ha dicho.
Amén del “episodio Chiche”, que tensó la cuerda con el kirchnerismo, Duhalde mantiene una muy buena relación con Cristina. Los memoriosos recuerdan que en 1999 la actual primera dama estuvo a punto de acompañarlo en la fórmula presidencial, un lugar que finalmente ocupó Ramón “Palito” Ortega.

Tendiendo puentes

En su papel de “auxiliar” de Kirchner, como le gusta definirse, fue crucial su participación en el nombramiento de Arslanian. Todos coinciden en La Plata y en la Casa Rosada en que, sin su intervención, el ex camarista nunca hubiera desembarcado en el Ministerio de Seguridad. Pero Duhalde se ríe de sí mismo. “Ojo, que yo no soy una agencia de colocaciones. Me pidieron que ayude y ayudé, nada más”, minimiza, con falsa modestia.
Los diálogos que se sucedieron, y que se van conociendo con el correr de los días, son elocuentes.
–Estoy tratando de convencer a Beraldi –le dijo Felipe Solá en alusión al compañero de bufette del ex camarista. Habían pasado pocos días de la masiva marcha encabezada por Juan Carlos Blumberg.
–Ojo que Beraldi no es lo mismo que Arslanian –le advirtió Duhalde.
–Pero Arslanian no me acepta –se lamentó Solá.
–Dejame que lo llamo yo –dijo entonces Duhalde, e inmediatamente comenzó el “acoso” al “gordo”, como lo llama cariñosamente.
Hubo contactos telefónicos. Y también un almuerzo, del que fue testigo Chiche. Algunos tramos de las conversaciones tuvieron ribetes desopilantes. “¡¡¡¿Vos estás loco?!!!”, fue la primera frase con la que el ex camarista respondió a la oferta.
El ex presidente hizo casi un trabajo de orfebrería para convencerlo. Pero Arslanian seguía parco.
–Que vaya Aníbal –se desentendió. Aníbal es Aníbal Fernández, el ministro del Interior de Kirchner y uno de los que se barajó para ocupar el cargo que había dejado Raúl Rivara.
Nadie quería agarrar la brasa caliente. Ni siquiera Aníbal, quien le confesó a Duhalde que si había que hacer el “sacrificio” lo hacía, pero que no había nada más lejos en sus planes. El funcionario sabe que del Ministerio de Seguridad bonaerense siempre se sale peor de lo que se entra. Y él todavía aspira a ser gobernador.
–Tenés que jugarte, gordo –salió de boca de Duhalde ya al final de su cruzada. Antes lo había endulzado con elogios a su carácter y desempeño.
Ahí escuchó el primer “sí” de Arslanian, condicionado a un aval de Kirchner, que finalmente llegó.
La contradicción
Mientras el ex mandatario se hacía eco del pensamiento “progarantista” de la Casa Rosada, otro de sus “aliados”, el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, cerraba en el Congreso la posibilidad de que voces disidentes a la “mano dura” se expresaran. “En el recinto estaba presente Blumberg. Todos sabían qué posición tenía cada uno. Había que votar lo más rápido posible y no tentarnos al papelón de demorar una votación. Yo creo que son leyes que no sirven para nada... pero, ¿qué pasaba si no votaban esa noche? Camaño hizo bien”, justificó Duhalde.
En el recinto, además de Blumberg, estaba Carlos Ruckauf, uno de los cultores de la mano dura y amigo de Duhalde. El ex mandatario defiende al ex canciller como paradigma de un pensamiento asentado en grandes sectores de la sociedad argentina. Aunque insiste en que no lo comparte. Y se esmera en desmentir lo que muchos diarios publicaron en estos días sobre su rol en la salida de Arslanian de la cartera de Seguridad bonaerense, allá por los ’80.
Cuando Duhalde convenció al ex camarista no hubo llamados directos de Kirchner. El agradecimiento por la intermediación llegó por boca del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien se tuvo que poner el traje de equilibrista para explicar cómo el mismo justicialismo que en el Congreso votaba la mano dura entronizaba para dar seguridad a los bonaerenses a un garantista como Arslanian.

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Duhalde se permitió darle consejos a Cristina sobre la salud de su marido internado en el sur.
 
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