EL MUNDO

“No existía ninguna prueba contundente contra Irak”

Hans Blix fue el jefe de los inspectores de la ONU que buscó y no encontró el arsenal de Saddam Hussein. Acaba de publicar un libro contando cómo y por qué George Bush siguió adelante con sus planes de guerra en la región.

 Por Eduardo Febbro

Ni un adivino acertaría en decir que el hombre afable y sonriente que se acomoda la corbata un tanto de lado tiene 75 años. Tampoco podría saber que durante casi seis meses, de octubre de 2002 a marzo de 2003, el hombre estuvo en el ojo del ciclón de la batalla diplomática más árida que se haya conocido en el último medio siglo. Jovial, discreto, casi ausente a fuerza de ser amable, Hans Blix dice con serenidad lo que la gran mayoría del mundo pensó con pasión: la excusa de las armas de destrucción masiva invocada por Estados Unidos y Gran Bretaña para lanzar la guerra en Irak era un “argumento falso”. El jefe de los inspectores de las Naciones Unidas pasó por París para presentar un libro que en francés lleva un título más sugestivo que en español. La edición castellana se llama Desarmando Irak. En busca de las armas de destrucción masiva. La francesa Las armas nunca encontradas.
El libro de Hans Blix es un discreto pero contundente alegato contra quienes él llama “los vendedores de guerra”, es decir, el presidente norteamericano Georges Bush y el premier británico Tony Blair. El titular del equipo de inspectores de la ONU no recurre a adjetivos rebuscados para afianzar sus argumentos. Claro y transparente, las cifras le bastan: “Realizamos en Irak más de 700 inspecciones en lugares diferentes y jamás encontramos nada. Ello debió ser suficiente como para que los estrategas militares entendieran que Irak no estaba lleno de armas”.
El escrito constituye un relato cronológico del enredo diplomático que precedió a la guerra. En medio de una profusa acumulación de anécdotas y algunos retratos sabrosos de los protagonistas, Blix termina mostrando las dos lógicas implacables que se opusieron durante el conflicto: la arrogancia de los dirigentes norteamericanos y la ceguera de los iraquíes, que condujeron al desenlace de la guerra. Las 450 páginas no contienen revelaciones exclusivas o explosivas, pero de su metódica construcción se desprende la fugitiva verdad de una gigantesca manipulación internacional. De allí, a manera de conclusión, la confesión que hace Blix cuando dice “me encanta la gente que busca la verdad y tengo miedo de quienes piensan detentar la verdad”.
–Su libro confirma de manera práctica que las razones que condujeron a la segunda guerra de Irak eran falsas. A pesar de la ausencia de inspecciones regulares, Saddam Hussein no desarrolló armas de destrucción masiva.
–No se trata de la primera vez que se desata una guerra sobre bases equívocas. En marzo de 2003 no existía ninguna prueba contundente de que Irak representaba una amenaza militar de carácter inminente. Las informaciones de que se disponía para probar que supuestamente Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva no eran sólidas. Los servicios de inteligencia exageraron o interpretaron erróneamente los datos que estaban en su poder. A menudo, los servicios secretos se intoxicaban entre sí. Los servicios secretos actuaron condicionados por la manera en que Irak se comportó en los años noventa. Además, esos servicios fueron influenciados por las informaciones de los ex miembros del régimen y de la oposición. Ambos inflaron las cosas. La segunda guerra de Irak se apoyó en un diagnóstico falso. Luego de lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001, los norteamericanos estaban convencidos de que Irak poseía armas de destrucción masiva. Al final, actuaron como en la época de las brujas: pensaron que las armas existían e hicieron como si las brujas fuesen una realidad. Si Georges Bush y Tony Blair merecen alguna crítica esprecisamente la de no haber sido lo suficientemente críticos. Debo decir que en la primavera de 2002 yo creía que Irak había ocultado parte de su programa de armas de destrucción masiva. Pero a partir de las inspecciones que realizamos desde el mes de octubre, mis convicciones cambiaron. Los indicios que encontramos y los interrogatorios que llevamos a cabo probaron que el arsenal iraquí ya no existía. En enero del año pasado los inspectores controlaron los lugares donde, según las informaciones suministradas por Estados Unidos y Gran Bretaña, era probable que estuvieran las armas. No encontramos nada. En marzo del mismo año, todas las pruebas existentes empezaron a derrumbarse. Estados Unidos cometió una falta al apoyar su operación militar en la existencia de armas de destrucción masiva. Creo que hubiesen podido invocar otras razones. Si es que existe uno, el único aspecto positivo está en que, aunque la acción militar en Irak no fue legal, al menos se puso fin a un régimen dictatorial. Lo negativo es, desde luego, el costo humano de la guerra.
–También hubo voces para afirmar que Hussein había transferido las armas a Siria.
–Creo que esas armas fueron destruidas en 1991. En realidad, es cierto que Irak contaba con científicos, técnicos, estructuras petroquímicas y laboratorios biológicos capaces de producir ciertos elementos. Por consiguiente, la posibilidad de que Irak produjera ese tipo de armas en un determinado lapso no podía descartarse. Sin embargo, Irak no podía producir armas nucleares. El error estuvo en exagerar esa amenaza.
–La intervención militar norteamericana parece haber roto el sistema de concertación internacional. ¿Queda alguna posibilidad de que las Naciones Unidas recuperen el papel que la guerra de Irak les sacó?
–Luego de la intervención militar en Afganistán, algunos dirigentes norteamericanos creyeron que podían hacer lo que se les antojaba en cualquier parte del mundo. No obstante, tarde o temprano, los EE.UU. deberán recurrir a las Naciones Unidas. Desarmar un país recurriendo a la guerra e implantar la democracia mediante la ocupación constituyen objetivos de difícil realización. Entre una potencia ocupante y la ONU, creo que los iraquíes se sentirían mucho menos humillados si es la ONU la que les reintegre la soberanía. Los iraquíes viven una situación compleja. Saddam fue derrocado pero la ocupación de su país los hace sentirse humillados. Creo que EE.UU. ha entendido que el aval del Consejo de Seguridad es algo importante y que, por consiguiente, la ilegitimidad de esta guerra es algo que trastornó profundamente a la comunidad internacional. La mejor y única solución consiste en que sea la ONU la que se haga cargo de la transición iraquí y no ellos. La situación se ha deteriorado mucho y cada día hay más grupos armados. Los soldados norteamericanos desplegados en Irak no son suficientes para restablecer la normalidad. Más globalmente, la situación que impera en Medio Oriente es altamente preocupante. La visión que EE.UU. intenta aplicar no me parece realista.

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“Realizamos en Irak más de 700 inspecciones en lugares diferentes y jamás encontramos nada”, dice Blix, tajante, en su escrito.
 
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