EL PAIS › OPINION

Un debate que dará que hablar

 Por Mario Wainfeld

Milcíades Peña rompió la inercia. El diputado kirchnerista –deudo él de un pibe muerto en República Cromañón– no habló, como es de estilo, dirigiéndose al presidente del cuerpo, Santiago de Estrada. Prefirió hablarle directamente al “señor jefe de Gobierno”, tratándolo de usted. En algunos tramos apeló al vocativo “Aníbal” para expresar su histórica cercanía política con Ibarra. “Acordate de lo que fuiste”, le espetó. Y en un momento clímax le preguntó “¿a quién representás?”. Fue entonces cuando los familiares de las víctimas se pusieron de pie y aplaudieron. Hasta ese momento, fieles a su promesa previa, habían permanecido callados y ya iban casi cuatro horas de sesión. La acusación de Peña, centrada en la sospecha de colusión entre cámaras empresarias de espectáculos y un sector del gobierno local, fue replicada enfáticamente por Ibarra quien siempre trató de “señor diputado” al militante que conoce desde hace más de diez años. El episodio, ocurrido bien entrada la noche, marcó el pico de la sesión.
Esta nota se cierra con buena parte del debate pendiente, redondear un saldo sería aventurado. Vayan, a cuenta de un oportuno balance completo, un puñado de observaciones.
- Todos: La presentación introductoria de Ibarra duró más de dos horas y fue tan barroca que, transcurrida la primera, aún no había empezado a hablar concretamente de Cromañón.
“Todos nos preguntamos” dijo, una y otra vez, el jefe de Gobierno. El repetido caballito de batalla no pareció ser casual, ya que toda su intervención buscó compartir las responsabilidades políticas del caso. Ibarra se consagró a demostrar que “nunca pacté con la corrupción” y que quizá cometió errores pero que también incurrieron en ellos la sociedad, el legislativo local, el Poder Judicial.
- Autocrítica: “Debió haber inspecciones el 25 de noviembre” (día en que caducaba la autorización), admitió Ibarra. También asumió que nunca hubo inspecciones sorpresas. Asimismo habló de un déficit estructural del sistema. El jefe de Gobierno asumió yerros y también detalló medidas a su ver acertadas que, a la luz de los hechos, terminaron siendo insuficientes. Con ese escudo, fue repartiendo corresponsabilidades, en un amplio espectro. Tanto que abarcó hasta a “la memoria colectiva” que, según el orador, no conservaba registro de la importancia de la remoción del anterior cuerpo de inspectores. Y también hubo menciones a jueces que desautorizaron clausuras, a ciudadanos que desacatan normas legales (los que tapan las chapas para evitar multas fotográficas), a los medios que no resaltan decisiones importantes que “no son noticia”.
Los dardos más directos fueron a los integrantes del sistema político porteño. “No seamos hipócritas”, les sugirió y los incluyó en la carencia de interés sobre el tema que literalmente estalló el 30 de diciembre. “No estaba en la agenda”, comentó, refiriéndose a lo que catalogó como ausencia total del issue de la seguridad en los boliches durante la campaña electoral de 2003.
- Fines y medios: “La sesión se convocó el viernes a la tarde porque los sábados no hay magazines radiales que reboten la noticia. Y los diarios del sábado no van a llegar a reflejarla”, cuestionaban familiares y diputados opositores. La importancia de los medios es un lugar común en cualquier corrillo político. Protagonistas avezados o novatos especulan acerca de cómo repercute una frase, cuánto vale una imagen en TV o una tapa de un diario, qué figura es “mediática” y cuál no. Y es bien posible que la táctica de Ibarra haya sido alargar su discurso inicial para que durara más allá del comienzo de los noticieros televisivos de las 20 horas. Los límites de tiempo impuestos a los legisladores iban en pos de limitar el efecto de sus exposiciones. Lo que los protagonistas, avezados o no, deberían registrar es que la política puede impregnar y alterar la lógica mediática. La participación de Peña fue bien tarde, mucho después de los noticieros. Y el límite de tiempo pautado para su intervención fueprorrogado dos veces, a pedido del propio Milcíades, en ruptura con las reglas prefijadas, sencillamente porque era imposible limitar la potencia de su discurso.
Todo esto dicho, pocos oradores se privaron de algún golpe de efecto pensando en la imagen. El macrista Jorge Mercado, por caso, le ofrendó a Ibarra un casete “que debió haber oído antes” para garantizar la condigna foto. Y una legisladora se preguntó compungida si Ibarra podría dormir en paz. Los familiares permanecieron impertérritos ante estas movidas, demasiado obvias, de manual.
- El centro del ring: “A Aníbal le gusta la pelea, crece en la polémica, le va a ir bien”, profetizaban (ansiaban) en la Casa Rosada donde se siguió con expectativa la interpelación. Ibarra optó por hablar muy quedo, con interrupciones aun dentro de las frases, haciendo farragosas citas textuales de expedientes y actuaciones administrativas. Su mejor momento como orador fue, paradoja aparente de una noche memorable, cuando Peña lo puso contra las cuerdas. Su réplica fue enérgica, serena, mostrando un fuego que Milcíades puso en todo momento y que el jefe de Gobierno sólo mostró en ese tenso cruce.
- Renuncia: Las denuncias de Peña (que Ibarra refutó aunque dejando a salvo que cree que Milcíades no mentía pero estaba “muy confundido”) serán el punto más discutido e investigado en los próximos días. El reclamo a Ibarra desde su propia pertenencia fue otro tema que queda abierto a la polémica.
“No quiero que renuncies”, le aclaró Peña a “Aníbal”. Noemí Olivetto (diputada de Autodeterminación y Libertad), entre otros, sí se lo exigió. No será la renuncia ni la intervención federal (que el gobierno nacional niega hasta como hipótesis) el traumático modo de resolución de la crisis que requiere un tratamiento menos feroz.
El macrismo conserva bajo la manga la carta del juicio político, que tiene sus riesgos pues la opinión colectiva empareja en su recelo a los que buscan sacar rédito político del estrago.
- Un saldo provisorio: “Aníbal cometió muchos errores, entre ellos el de no haber ido antes a la Legislatura, pero no ha perdido su legitimidad y debe remontar desde la gestión” promediaba ayer un inquilino de la Rosada que no quiere ni pensar en una crisis institucional. Tarde fue el jefe de Gobierno a la Legislatura pero lo hizo. Lo que se vio del debate (que continuaba cuando se termina de escribir esta nota) entre un gobernante maltrecho y un cuerpo sin prestigio fue un decoroso ejercicio democrático. La maltrecha corporación política no las tuvo todas consigo pero al menos se habló con calma. Lo que sobresalió (como ya es hábito en la Argentina) fue la cordura y la templanza de los deudos de las víctimas.

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