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“No puedo perdonarle que nos haya acariciado cuando volvía de matar”

Ana Rita se enteró hace veinte años de que su padre, Valentín Milton Pretti, había sido un torturador de la policía de Camps. Desde entonces arrastra su apellido como una carga insoportable, que ahora decidió quitarse y reivindicar así a su madre, Juana Vagliati.

 Por Carlos Rodríguez

A los 33 años, Ana Rita Pretti quiere sacarse de encima el trauma que significa para ella llevar ese apellido. Su padre, fallecido el pasado 11 de abril, a los 68 años, era el policía bonaerense Valentín Milton Pretti, denunciado como torturador del centro clandestino de detención que funcionó, durante la dictadura militar, en el Comando de Operaciones Tácticas I (COT-I) de Martínez (ver aparte). A los 13 años, luego de participar en el Instituto Apostolado Católico, en el que estudiaba, de una charla sobre el Juicio a las Juntas Militares, tuvo su primera discusión fuerte con su padre, que intentaba ponerle límites a su rebeldía juvenil: “Vos fuiste un torturador y no tenés derecho a decirme nada”. Ese mismo año, 1985, comenzó a hacer terapia. Desde entonces pasó por varios divanes, pero su carta de presentación siempre fue la misma: “Vengo porque soy la hija de un torturador”. En diálogo con Página/12, Rita cuenta que su madre, Juana Vagliati, fue “la primera que me hizo tener conciencia sobre el dolor que significa arrastrar esta historia de horror y de muerte”. Por eso quiere llevar el apellido materno, en homenaje a la mujer que le abrió los ojos y que murió, en 1997. La mamá de Rita “siempre tuvo mucho miedo y a veces dejaba de comer, de bañarse, pasaba el día acostada y de noche se levantaba a rezar”.
El mensaje de Rita y la forma en que justifica su decisión de cambiar de apellido son claros y rotundos: “Ahora no siento el mismo odio, le puedo disculpar que no haya sido un padre amoroso, que no haya amado a mi mamá. Pero no le puedo perdonar que haya torturado y matado y que la haya lastimado tanto a mi vieja. No puedo perdonarle que después de torturar y matar, al volver a mi casa, nos haya tocado a mí y a mis hermanos, nos haya hecho upa o nos haya acariciado”. Tal vez como una forma de alejarse de la imagen del padre, en su adolescencia, cuando comenzó a estudiar periodismo en la Universidad de Lomas de Zamora, Rita militó en agrupaciones de izquierda.
Por eso, su discurso tiene también objetivos políticos claros: “No soy la hija de un loco, sino la hija de un policía que fue formado por un Estado que es responsable de lo que ocurrió y que permitió que mi padre siguiera en libertad y que no haya pagado por lo que hizo”. Valentín Milton Pretti fue comisario de la Policía Bonaerense y, como tal, lugarteniente del general Ramón Camps. Fue uno de los acusados en el juicio contra Camps, Miguel Etchecolatz, Norberto Cozzani y el médico policial Jorge Bergés, entre otros. A Pretti no pudieron condenarlo, a pesar de los cargos en su contra, porque estuvo prófugo en el Paraguay.
“A mi papá lo vinieron a buscar en 1986, cuando comenzó el juicio; en realidad le vinieron a avisar, para que pudiera escaparse. Nosotros lo fuimos a ver una vez, con mis tres hermanos y mi mamá, a una casa, creo que en la Capital Federal, antes de que viajara al Paraguay. Estaba disfrazado.” La familia Pretti siempre vivió en Temperley, donde Rita tuvo que soportar una convivencia cada vez más conflictiva. “Muchas veces le pregunté a mi papá que me dijera lo que había hecho, si era cierto. El me decía algunas cosas, me ocultaba muchas otras y otro tanto lo inventaba. Muchos eran datos de la realidad que él acomodaba delirantemente, a su antojo.” En todos esos años llegó a comprender que “tanto él como sus colegas fueron terriblemente cobardes y le tienen pánico a la verdad”.
Las discusiones entre ella y su padre fueron constantes, mientras sus tres hermanos varones mantenían “una postura diferente, como si trataran de evitar toda referencia a lo ocurrido”. Rita tiene recuerdos terribles de su infancia: “Mi papá nos llevaba a tomar helados a Martínez. El paseo era conocido, por mis hermanos y por mí, como los ‘helados de Coti Martínez’. Muchos años después, supe que ése era el nombre de un centro clandestino de detención”, donde Pretti secuestraba y torturaba. Algunos de los visitantes a la casa de Temperley eran el médico policial Bergés, que asistía los partos en los campos de concentración, y el cabo Norberto Cozzani. Ya en la adolescencia, Rita quedó impactada con la película La Noche de los Lápices, que relata la desaparición de un grupo de alumnos secundarios que reclamaban el boleto estudiantil.
“Había algo en los personajes que hacían de torturadores que me era absolutamente familiar. Conocía muy bien esas actitudes sádicas y prepotentes. Se lo conté a mi mamá y ella se puso triste, pero no supo qué decirme.” La historia que narraba el film dio lugar a otra de las discusiones con su padre. “En ese momento no sabía que mi papá había estado también en el Pozo de Banfield y que tuvo relación con ese caso. Cuando lo supe, le pregunté y él me dijo que a los chicos los habían matado.” Rita tuvo una pelea muy fuerte con su padre, a quien le hizo reproches muy duros. “Le dije que había matado a jóvenes que tenían mi misma edad de entonces y él hizo toda una justificación diciendo que el ser humano se convierte en una bestia en ‘momentos de guerra’, como solía llamar a lo que había ocurrido durante la dictadura.”
Hay otro momento que Rita no puede olvidar. “Mi papá me contó que fueron a hacer un operativo a Villa España, en Berazategui, para buscar a una guerrillera del ERP. Cuando entraron a la casa, ella tomó una pastilla de cianuro y le disparó a su hijo. El chiquito quedó herido y mi papá les ordenó a sus subordinados que lo sacrificaran. Como nadie se atrevió, lo hizo él mismo.” La sucesión de “relatos morbosos” y que trataban de “justificar lo injustificable” hicieron que Rita, en 1998, rompiera toda relación con su padre. La joven está muy agradecida con la ayuda que recibió de Emilio Montilla, uno de sus terapeutas.
“Yo siempre contaba, desde los 13 años, que era la hija de un torturador, pero nadie quería ayudarme a enfrentar ese trauma. Emilio me planteó la necesidad de hablar del tema y él es quien me ayudó a hacer la presentación en los Tribunales de Lomas de Zamora para cambiar mi apellido paterno.” Para Rita, dejar atrás el Pretti para reemplazarlo por Vagliati, el apellido de su madre, significa “romper un trauma que me persigue y reivindicarla a ella, que murió torturada por todo lo que había vivido al lado de mi padre”. Rita cree que debe haber “muchos hombres y mujeres en mi misma situación, hijos de personeros de la dictadura militar que podrían tomar esta misma decisión de romper con el linaje que denota un apellido”. A lo largo de toda la charla, la joven –que hoy dará una conferencia de prensa, a las 17, en el Hotel Bauen– quiere dejar sentado que la alienta una motivación política: “Mi lucha ideológica por la memoria comprende un profundo compromiso para transformar el presente y enfrentar el discurso de los viejos políticos, militares y policías que quieren seguir hundiendo en la pobreza a los trabajadores”.

Informe: Carolina Uribe.

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Ana Rita Pretti se presentó ante la Justicia para sacarse el apellido de su padre torturador.
 
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