EL PAíS › PANORAMA POLITICO

VERDES

 Por J. M. Pasquini Durán

Al nacionalizar el conflicto por la amenaza ambiental derivada de la construcción de papeleras en Fray Bentos, Uruguay, el gobierno de Néstor Kirchner retomó el control completo de este litigio internacional que, hasta hace unos días, parecía depender de los asambleístas entrerrianos de Gualeguaychú. Eligió apelar a la Corte Internacional de La Haya, recurso previsto en el tratado binacional sobre el río Uruguay, a sabiendas de que demorará dos o tres meses la audiencia sobre medidas cautelares solicitadas (la paralización de las obras) y varios años para el fallo final. Es una ruta lenta, pero evita que los países de la región, miembros de la OEA y el Mercosur, tengan que elegir un bando, como pretendía la diplomacia uruguaya, con los consiguientes daños para la estrategia de la integración sudamericana.

En el mitin de ayer, convocado en el epicentro territorial de la consigna “No a las papeleras, Sí a la vida”, el Presidente invitó a los insurrectos asambleístas a someterse al procedimiento de la ley mientras satisfacía a sus crispadas conciencias con un contundente respaldo testimonial dado por la presencia del gabinete, gobernadores, legisladores y autoridades municipales, además de organizaciones sociales como la CGT y Madres de la Plaza, entre otras. Con la declaración que promueve la protección ambiental a la categoría de política de Estado, rubricada por los gobernadores presentes, ubicó el pleito ribereño en un marco más amplio, junto con el desarrollo sustentable y la promoción social, que puede servir también como espacio de confluencia dentro y fuera del país, incluso con Uruguay que solía enorgullecerse por su defensa del medio ambiente. Claro está que esa declaración obligará a sus promotores y firmantes a darle al tema la preocupación que hasta hoy no tuvo, pese a que los actos depredatorios son incontables, sin ir más lejos basta acercarse a las riberas del Riachuelo, una burbujeante cloaca a cielo abierto en el límite entre la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Ser “verde” tiene costos.

Cuando era gobernador, Kirchner adquirió cierta veteranía en conflictos fronterizos porque debió afrontar el debate con Chile por los hielos continentales, en cuya resolución tuvieron un interesante desempeño los legisladores de ambas naciones, una evocación que no está de más en estas circunstancias. El recuerdo viene a cuento, además, para los que hoy dramatizan el futuro de las armonías en el Río de la Plata: pese a los innumerables desencuentros, con añejas historias de xenofobias, al final se encontraron soluciones negociadas y, en el presente, como lo dijo la presidenta Michelle Bachelet, que visitó Buenos Aires en su primera salida al exterior, los vínculos entre ambos países son asuntos de primordial interés.

Así debería suceder con el Uruguay del Frente Amplio, jaqueado en este momento por las enormes dificultades que encuentra para elevar el bienestar de su población y, a la vez, sin demasiada fuerza para evitar la extorsión del capital extranjero, papeleras incluidas. Si su voz no tuvo potencia hasta ahora para hacerse oír en el Mercosur, cada vez que se quejó por la asimetría en el trato entre socios “grandes” y “chicos”, poco puede hacer en el resto del mundo, donde las naciones no tienen amigos sino intereses. Sus amagues con Estados Unidos tienen escaso porvenir debido a que su oferta es magra, a no ser que se disponga a firmar un TLC que, bien lo saben, le importa y beneficia más al Norte que al Sur. Mientras se mantenga como socio pleno del Mercosur, el consorcio deberá encontrar la manera de aflojar las presiones que sufre el gobierno uruguayo, acosado por las oligarquías económicas, las derechas políticas, los partidos tradicionales (blancos y colorados) y las desavenencias internas del Frente. Por otra parte, los problemas ambientales no pueden encender las discordias Sur-Sur, ya que son el resultado directo de las políticas de los que en el Norte del mundo sólo se emocionan por los réditos, sin ninguna consideración por la vida. “Que (los del Norte) no nos parcelen”, pidió ayer en su discurso el presidente argentino.

La llamada globalización económica está diagramada en función de los negocios de las megacorporaciones y, por lo tanto, exacerba la defensa de los intereses nacionales cuando los gobiernos en cada país intentan servir al bienestar general porque la lógica de las cosas produce choques inevitables entre los propósitos de unos y otros. Esta semana el presidente de Bolivia, Evo Morales, se puso de cara a la tormenta para cumplir con la palabra empeñada durante la campaña electoral. Por “decreto supremo” nacionalizó los recursos energéticos que estaban en manos de concesionarios internacionales, cuyas inversiones serán compensadas con porcentajes de la producción de petróleo y de gas. También tendrán la posibilidad de negociar futuros contratos de gestión siempre que acepten que la distribución de beneficios será a la inversa de la actual: la tajada más grande quedará en el Tesoro Nacional.

Como explicó Morales, aparte del compromiso con los votantes, no tenía otra opción para quebrar en su país el maleficio que azota a la mayoría en la región: territorios con enormes riquezas, habitados por gente que pasa hambre y frío. Fue una determinación reformista, pero la región está desacostumbrada por la regresión conservadora de varias décadas, de manera que sonó como una carcajada en un velorio. Planificada como una operación comando, con el obvio objetivo de evitar contraofensivas anticipadas, la ocupación de pozos y plantas tomó por sorpresa a propios y extraños, entre ellos a los socios del Mercosur, dos de los cuales, Brasil y Argentina, consumen gas boliviano. El presidente Lula fue uno de los más inquietos, porque la estatal Petrobras era una de las concesionarias desalojadas, pero sobre todo porque la industria de San Pablo, uno de los poderes económicos de mayor influencia en Brasil, funciona con esa provisión. Cualquier inconveniente en el flujo o un alza irracional de tarifas, aun más allá del perjuicio económico, podía significar un revés casi letal para las aspiraciones reeleccionistas de Lula, ya que la hostilidad de los empresarios paulistas suele ser mortal cuando va de punta contra un candidato.

Pese a las diferencias, por suerte, predominó en todos la convicción de seguir remando en el mismo bote. Los consumidores y el proveedor encontraron fórmulas razonables de negociación y el cuarto invitado al encuentro, Hugo Chávez, hizo su aporte reafirmando el compromiso de construir el Gran Gasoducto del Sur, sumando a Bolivia al emprendimiento. Tal vez por sus directas responsabilidades, los presidentes tuvieron los reflejos alertas y actuaron sin vacilar. La decisión de Bolivia, sin embargo, es merecedora de todos los respaldos de las fuerzas progresistas de América latina, puesto que se lo merece la decisión asumida y los va a necesitar porque no está dicha la última palabra, aún. ¿Qué hará con esos fondos, será eficiente como empresario? Por lo pronto, de inmediato decretó un módico aumento de salarios, que llevó el ingreso de los trabajadores al equivalente a 63 dólares (190 pesos argentinos) mensuales, la mitad del costo de las necesidades básicas para una familia tipo, según cifras oficiales. A esa profundidad llegó la pobreza en Bolivia.

Tampoco es la única reivindicación que deberá satisfacer el gobierno de Morales. En el mismo acto en el que era celebrada la nacionalización, los manifestantes reclamaban otro compromiso de hierro: la propiedad de la tierra, el sueño de todos los campesinos latinoamericanos. Tienen la palabra de un hombre que parece dispuesto a honrarla. Hay experiencias funestas de mandatarios surgidos de las bases o con el apoyo del movimiento indígena (Fujimori en Perú, Gutiérrez en Ecuador) que traicionaron los ideales de origen. Otra razón más para estar al lado del presidente boliviano, no sólo para festejarlo sino también para evitar que se quiebre durante el viaje o por las inmensas presiones que sufrirá sin duda. Demorarse en este tiempo para buscar la etiqueta precisa que le vaya a cada uno es interesante, pero puede hacerse en el camino, porque nadie tiene la vara adecuada para medir los alcances de lo que sucede. Hasta encontrar los rumbos ciertos, habrá que juzgar y actuar cada día por los hechos, a la manera del santo que sólo creía en lo que veía.

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