EL PAíS › OPINION

El valor de las noticias

 Por Eduardo Aliverti

Algo ¿extraño? sucedió últimamente camino de no se sabe qué.

Echaron a un ministro de Economía por sospecha de corrupción. No pasó nada. Se lanzó formalmente la candidatura oficialista. Tampoco pasó nada, aunque haya sido asimilable más a una sucesión monárquica que a una construcción política. Porque eso aparece “denunciado” por una oposición esperpéntica, que gracias si puede ser caratulada como “denuncista”. Tampoco pasa nada si el nuevo titular económico debuta diciendo que cree en los números del Indek. Y no sólo no pasa nada, sino que asume con el apoyo generalizado de la inmensa mayoría de los actores del sector. Menos que menos le mueve un pelo a alguien que el estafador Juan Carlos Blumberg diga ahora que “la gente no le da pelota a lo del título”. Y lo peor es que debe tener razón, si se lo mide pasadas ya varias semanas del deschave. ¿O acaso, después de todo, el gobernador de Neuquén no se ha autorreinstalado como candidato nacional a unos pocos meses de haber sido asesinado Fuentealba? ¿O acaso no ha reaparecido impunemente el Museo de Cera conformado por la rata, los Rodríguez Saá, el propio Sobisch, Saadi, Patti?

Alrededor de la caída de Miceli también hay algo de ese escepticismo y acostumbramiento popular, en tanto carencia de conmoción. Cabe la pregunta, al menos, de si al echarla no pasó nada porque hasta un marciano tiene claro que la economía la maneja el Presidente en forma directa, y Miceli no era más que una asistente de formalidad burocrática; o si en cambio no hubo repercusión porque sencillamente todos asumen que la cifra encerrada en su baño es de una nimiedad total, comparada con que lo que se roba en este país. Ni siquiera cabe insistir con lo sugestivo de que, ofertada por el oficialismo un candidato presidencial mujer, se acumulen, en semanas consecutivas, acusaciones de corruptela que invariablemente recayeron en mujeres. Miceli, Picolotti y ahora Garré. Mujeres u hombres, el monto y las características de lo denunciado son caca de paloma al lado de lo que es el volumen de circulante espurio. En otros términos, todos sabemos que Miceli es en el peor de los casos una “pichi”. Y que el periodismo de investigación que la acuesta empieza y termina allí.

No podría decirse que es la primera vez que frente a circunstancias similares se da esta especie de quietismo político. Cuando Domingo Cavallo fue remplazado por Roque Fernández (y Cavallo sí tenía juego propio como ministro, al punto de que la rata podía ser visto como un ejecutor de lo que el cordobés decidía), la repercusión no pasó a mayores por fuera de ser noticia principal ese día y el siguiente: lo único que interesaba era el sostenimiento del 1 a 1, y eso no quedaba en duda. Cuando la rata fue ungido candidato a la reelección, tampoco nadie se fijó en lo democrático del debate habido entre los peronistas para postularlo. Y siguiendo por esos tiempos mucho más cercanos de lo que parece, en términos históricos, el menemismo ganó las elecciones del ’93, en Capital, y las nacionales de dos años después, precisamente, cuando los indicios firmes y pruebas concretas de corrupción ya le llovían en forma continua. Por las dudas, antes de que algún tonto se confunda, esta asimilación de etapas no significa decir que esto, este gobierno, es lo mismo que aquello. Pero sí se dice que la historia se repite en cuanto a que es el ánimo social, y la visualización o no de opciones respecto del poder en vigencia, lo que determina el verdadero valor de las noticias políticas (entendiendo por tal cosa el alcance que tienen, acerca de si sirven para torcer rumbos).

Tomada, sólo por caso, la caída de Miceli, es claramente un hecho impactante. Como hecho en sí, tratándose de un ministro de Economía, y sobre todo por el episodio ridículo que lo produjo. Pero impactante no significa relevante. Lo único que de aquí en más puede interesar es la suerte judicial de Miceli. Como circunstancia política, desapareció a las 48 horas de registrada. Del mismo modo, los cuestionamientos a la forma en que Cristina Fernández fue elegida candidata se esfumaron, como tarde, con el acto en La Plata. Para no hablar de que ya trasciende el equipo completo de ministros y secretarios que acompañará a Scioli en la gobernación bonaerense, sin que a nadie haya seguido interesándole cuál fue el pase de magia que habilitó como postulante a un ciudadano que no vivió nunca en la provincia, con excepción de sus años adolescentes. La Argentina siempre depara sorpresas, pero no suelen ser modificatorias de cosas como ésas. Y además (y aquí lo del valor del alcance real de las noticias), si por ejemplo el motonauta terminara chocado contra una barrera jurídica insalvable aparecería en su reemplazo, casi seguramente, una figura que más allá de su nombre podría descansar en el apoyo al oficialismo o en la inexistencia de opciones, como se quiera. Lo relevante ya pasó, y es que al frente del principal distrito electoral del país vaya a haber un hombre del menemismo, primero, y del duhaldismo después, sólo que ahora adherente a un discurso de centroizquierda y entronizado por la única razón, explicable o inexplicable, de su imagen mediática. Cuando se lo nominó, sin embargo, esa relevancia no fue impactante. Y tampoco es impactante que lo relevante de la renuncia de Miceli bien puede ser que estalló una guerra de bandas de negocios hacia dentro del riñón oficialista. Salvo que alguien crea que la información sobre la bolsa de la ministra, o las grabaciones del caso Skanska, llegaron a los medios por vía de cadetes o de miembros de una brigada de explosivos.

Por lo menos en política, las cosas valen por el marco que las contiene, para bien o para mal según a cada quien le parezca. Y ese marco lo traza la sociedad, y principalmente sus sectores más dinámicos, a través de cómo participa, cómo vota, qué aguanta y qué no, la forma en que se organiza, lo que premia y lo que castiga y el horizonte que se fija a corto y mediano plazo. De todo eso sale el valor noticioso. Y aquel marco que lo contiene señala, hoy, para usar una expresión repetida, que este Gobierno “es lo que hay” y, si se quiere hilar un poco más fino, que es lo más a la izquierda que habrá hasta donde da la vista. Enfrente, muy poco menos que la nada.

Eso es lo que en esta instancia de la vida nacional observa la mayoría social. Y lo que deja en un plano muy alejado del centro si echan al ministro de Economía, o si la candidatura favorita es ungida en la alcoba presidencial.

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