EL PAIS › DIALOGO CON EL ECONOMISTA JAVIER LINDENBOIN

El costado perverso de la desigualdad social: que a nadie le importa

La distribución del ingreso es el tema decisivo de la vida social, pero no logra ocupar ese lugar en el debate político. Este diálogo busca explicar ese enigma y marcar las claves para enfrentarlo.

 Por Jorge Halperín

Tanto por su extensión (no deja al margen al primero ni al último argentino), como por la profundidad de sus consecuencias (en la salud y la educación, en calidad de vida, en la violencia e inseguridad, en los destinos individuales y colectivos), y por sus repercusiones éticas y morales, es como “la madre de todos los temas”. Sin embargo, no tiene traducción en la vida política. En los últimos años se avanzó muy poco en el reparto de la riqueza, pero eso no encendió el fuego de la oposición, que elige priorizar otros temas.

Sometimos el enigma a uno de los mayores especialistas del tema en nuestro país: el economista de la UBA Javier Lindenboin analiza la evolución del reparto del ingreso en las últimas décadas y la forma en que las mediaciones ideológicas hacen perder de vista cuál es el real momento de apropiación de la riqueza.

–¿Por qué uno siente que la sociedad puede sufrir, como sufrió en las últimas décadas, cambios dramáticos en la distribución del ingreso, los pobres volverse más pobres, los ricos más ricos, con las consecuencias que esto tiene a su vez en la fragmentación de la clase media, y todo eso no tiene un real impacto político? Está claro que en los diez años de gobierno menemista hubo cambios dramáticos en la distribución de la riqueza y eso no desestabilizó a Menem.

–Desde la mirada de un economista que se interesa por la sociedad y por la vida política, me atrevería a decir que, para mi gusto, desafortunadamente ese nexo directo (aumento de la desigualdad y reacción política) no existe. Pensaba en estos días en la década del ’60: no se había dado antes ni volvería a darse por décadas un lapso continuo de tanto crecimiento económico. La historia del crecimiento económico en el país, antes y después, tomó la forma de un serrucho. Tampoco hubo antes ni habría más tarde un período de tan importante recuperación en la distribución del ingreso.

–¿Ni siquiera en los años ’70?

–No. Estoy hablando después de la crisis económica-política de los primeros años ’60, con el triunfo de Illia en adelante. Y fue un crecimiento aun continuado en el transcurso del gobierno militar. Sin embargo, si uno se ubica en ese efímero período democrático en que fue presidente Illia, aunque con proscripciones pero por lo menos con elecciones, de aquel momento lo que uno recuerda son los planes de lucha de la CGT y los mecanismos diversos que la sociedad generó o toleró y que condujeron al golpe. No importó que fuera un período de mejoramiento. Entonces, para mí es un ejemplo ilustrativo, como contracara, de los ’90, cuando, ciertamente hubo un deterioro claro de la distribución del ingreso, de la participación del trabajo, de pérdida de oportunidades laborales, etc, y esas pérdidas, sin embargo, no fueron castigadas sino, al revés, acompañadas por el voto de la gente. No sólo en el ’89 sino en el ’95, en el período de reelección. Por lo tanto, yo creo que uno se debe a sí mismo, más allá de dónde pongamos el acento principal, pensar en que hay mediaciones que deben contribuir a explicar, por lo menos con tanta intensidad, los fenómenos económicos que uno está observando.

–En 2003 entrevisté al economista estadounidense John Galbraith y le pregunté cómo era posible que la clase obrera estadounidense apoyara al gobierno de Bush cuando aplicó políticas económicas y sociales tan contrarias a los obreros. Galbraith usó la idea de una “compensación ideológica”. Aun cuando Bush afectó los bolsillos de los obreros, con la guerra de Irak y los llamados patrióticos les reforzó ciertos sentimientos que hacen a la identidad: saldría a recuperar el orgullo de los estadounidenses, herido en los atentados de las Torres Gemelas. Por otro lado, es visible también que, siendo un tema crucial que afecta a millones, la caída dramática de las condiciones de vida y la profundidad de la brecha social parecieran no tener el mismo peso en los diarios que otros temas que, no afectando directamente a millones o perjudicándonos de un modo más indirecto, como las violaciones a los derechos humanos o la corrupción, “hacen” más tapas. Por supuesto que no estoy contraponiendo unos temas a otros. Llamo la atención sobre el escaso impacto de este verdadero cataclismo social.

–Obviamente, está influyendo mucho en esto toda la cuestión ideológica; cómo funciona la ideología, por acción o por omisión. Es decir, desde el aparato del Estado, desde el poder económico, desde los sectores más concentrados, desde el dominio externo, etc. Ahora, en el mundo capitalista y globalizado no hay para nada la idea de que la distribución del ingreso sea resultado de un proceso social. Más bien se pone el acento en algunos emergentes: ¿hay un buen presidente que toma alguna medida que me beneficia o que no la toma? Y ahí se acaba la reflexión. Lo que quiero decir es que la falta de esclarecimiento es responsabilidad de los que tienen las cosas más claras. Y el hueco en el entendimiento es el que me permite la manipulación y la distorsión. Por ejemplo, hay gente que sostiene que hoy, cuando existe un superávit fiscal importante, se podría resolver el problema de la inequidad distributiva apelando a ese superávit y repartirlo. Sin embargo, hay que entender que el resultado del movimiento del fisco es una circunstancia de un momento determinado: quedó un saldo, lo aplico bien o lo aplico mal.

–¿Y dónde está el quid del problema?

–La cuestión es cómo acontece la vida económica en nuestra sociedad, tal que año tras año a los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para vivir, mientras que los que tienen la posibilidad de vivir de alguna forma de renta de capital están cada vez mejor. Eso es comprensible para algunos que tienen preocupación por estos temas, pero para el común de la gente no. Y muchas veces los medios tampoco ayudan a dilucidarlo. Todo eso lleva a que estas cosas no tengan prensa. A mí me llamaban muy a menudo los periodistas cuando la tasas de desempleo eran muy altas. Pero, cuando el desempleo empezó a caer, también cayó el interés de los medios en el tema y cada vez llamaron menos. ¿Por qué? Porque periodísticamente se supone que no es noticia de impacto que caiga el desempleo. Y no es por criticar al periodismo. Simplemente, hay cosas del funcionamiento de la sociedad que quedan fuera de la vista cotidiana.

–¿A cuáles se refiere?

–Por ejemplo, últimamente me tocó llamar la atención sobre una cosa: en la última década y media llegamos a creer –y me incluyo– que en realidad la pobreza y la desigualdad venían de la mano casi exclusiva del desempleo. Ahora, que hemos bajado significativamente el desempleo y seguimos siendo desiguales, y seguimos con alta pobreza, es momento de preguntarse si el problema no deriva de otras cosas, a las cuales ayudó el desempleo. Por ejemplo, pensar cómo se retribuyen los actores económicos que participan en la creación de la riqueza. Ese es el motivo por el cual yo pongo tanto el acento en que discutir el reparto según la participación que uno tiene en la economía nos conduce a buscar mejores soluciones que si nos quedamos en algo que es importante, que es mirar la inequidad.

–Cuando se habla de distribución del ingreso, ¿qué es lo primero que piensa la gente? En lo que hace el Estado con los planes sociales, cómo reparte lo que recauda, si tiene superávit ¿por qué no lo reparte?, ¿qué hace con la plata de las retenciones? ¿Es eso la distribución del ingreso?

–Lo que uno llama “distribución del ingreso” encierra, al menos, dos momentos, dos procesos. Y hay que hablar de distribución primaria y distribución secundaria. La distribución primaria es la que asigna a los dos factores básicos, entre el empresario o propietario de la empresa y del capital, y el trabajador, qué parte se lleva cada uno. La forma aparente es que el empresario le paga un salario producto de un acuerdo, un convenio, una resolución legal, etc. Pero, en el fondo, le paga de acuerdo a la productividad marginal que el trabajo tiene. Los clásicos dicen “son los trabajadores los que crean el nuevo valor”, porque lo que estaba, yacía bajo la forma de materia prima, maquinaria, trabajo vivo, trabajo muerto, etc. La economía neoclásica dice: “No, el capitalista se apropia de una parte que le corresponde por haber adelantado su capital”. Son dos miradas distintas. Pero, cualquiera sea la mirada, por lo menos están esos dos actores. En el momento en que se producen los bienes, se determina qué parte le queda a cada uno bajo la forma institucional que en ese momento rija. Esa es la distribución primaria. Ahí se define cuánta gente tiene trabajo, pero gana poco, y cuánta gente se lleva el resto. Después viene la intervención del Estado. Capta ingresos a través de impuestos, distintos tipos de impuestos, y los utiliza con criterios que en cada Estado varían. Esa es la distribución secundaria.

–Bueno, mientras que mucha gente está diciendo “¿por qué el Gobierno no reparte el superávit?”, otros replican: “para hacer una política verdaderamente distributiva, el tema no es tanto lo que reparta el Estado cuando hay superávit, porque en algunos momentos no hay superávit, sino que se aplique una política impositiva no regresiva en la que pague más el que más tiene”...

–Yo creo que ambas cosas. Mi modo de mirar es: la intervención del Estado, que yo deseo que tenga un carácter progresivo, se hace con una tijera que tiene dos hojas. Una hoja es la de captación de recursos, y otra la es la de aplicación. En ambos casos puede, por acción o por omisión, ser más progresivo o menos progresivo. Pero su acción de captación y uso en conjunto es un mecanismo redistributivo. Y a eso lo llamo distribución secundaria.

–Cuando el Estado pavimenta barrios humildes, cuando coloca cloacas, cuando mejora la situación de escuelas a la que acceden hijos de gente humilde, ¿está haciendo distribución secundaria?

–Claro. Bajo lo que llamamos salario no monetario. Primero, porque está pensando que los sectores populares que se benefician con eso en principio son los asalariados, que, además de la remuneración que les permite comer y vestirse, obtienen a través de la acción del Estado recursos, a los cuales de otra manera no accederían.

–Lo preguntaba porque hoy se escucha que en esta etapa no es tanto lo que se puede avanzar en la distribución de la riqueza por las vías salariales, pero se puede avanzar mucho en la distribución de lo que puede dar el Estado, mejorando calidad de vida en barrios pobres con toda la infraestructura, escuelas, servicios, etc.

–Nuevamente, yo lo suscribiría sólo en parte. No encuentro motivos suficientemente sólidos ni en Argentina ni en Chile ni en el resto de América latina como para decir que es más importante esta acción valiosa pero suplementaria ejecutada por el Estado, porque me parece que es como para evitar discutir el reparto original. Estoy pensando en qué, más allá de la falta de datos, Argentina es un caso típico: cada vez es menor la participación del salario en el reparto de la torta. Me hace pensar que no puedo adjudicar al salario ninguno de los males que se le suelen adjudicar porque cada vez se apropia de menos. Lo que sabemos es que los trabajadores asalariados van disminuyendo. Si van disminuyendo –me hace pensar a mí– que parte de la acción del Estado debiera concentrarse en reacondicionar el escenario para que los actores, empresarios y trabajadores rediscutan los términos de su vínculo, tal que el más débil, que es el salario, se vea apoyado por la acción estatal. Si no, pareciera que el Estado en eso no tiene nada que ver, y yo creo que tiene bastante que ver. El Consejo del Salario, la Productividad y el Empleo es una institución fundamental que prácticamente no tiene existencia, aunque se reunió hace pocas semanas. Digo que hay mucho para hacer desde el Estado en la determinación de cuánto se llevan primariamente unos y otros.

–¿El Estado llega para moderar las desigualdades?

–Exactamente. Eso que es tan lícito y tan importante para una sociedad como la capitalista, que naturalmente genera inequidad; no porque sean malos los capitalistas ni los trabajadores, sino porque está en su dinámica. Y esa acción es más necesaria e importante según cómo venga lo que los economistas llaman la distribución primaria. Esa cuestión es la que está generalmente detrás del escenario, es la que existe cotidianamente pero no se percibe. Se percibe que el trabajador va a la empresa y al final cobra un sueldo y pueda hablar mejor o peor del patrón. Pero la perspectiva de que hay un vínculo social entre trabajadores y empresarios, y de acuerdo con las relaciones de fuerza entre unos y otros se determina el nivel salarial, eso no es tan evidente para la mayoría. Algunos filósofos o economistas, especialmente los clásicos, decían: “Bueno, hay un piso; el piso es la remuneración que necesita el trabajador para no morirse”. Y el techo, ¿cuál es? El hecho de que el capitalista no va a pagar tanto salario de modo que se quede sin ganancias. Entre ese piso y techo, ¿en qué lugar se queda? Depende de las relaciones de fuerza que existan en la sociedad. Eso, que es crucial en el funcionamiento de la sociedad y en la distribución de la riqueza, es lo que está menos visible.

–¿Y cómo varió la distribución de acuerdo con esas relaciones de fuerza?

–Bueno, hay algo sintomático: en la Argentina se hacían estudios con alguna regularidad acerca de cuánto se llevan los trabajadores y cuánto se llevan los empresarios es lo que se llama la distribución funcional o la apropiación de los factores. Hubo varios estudios oficiales al respecto, especialmente uno, el más sustantivo, que cubrió el período 1950-1973. Luego de eso, no se produjo más información acerca de cuánto se llevaban los asalariados y cuánto los capitalistas. A partir de ahí, todas fueron estimaciones privadas, mejores o peores, pero nada sólido. Recién hace ocho meses apareció una estadística del Ministerio de Economía que cubre el período de 1993-2005, con una metodología que no es comparable con la anterior. Por lo tanto, cuando el presidente dijo hace un par de semanas que estamos en torno de una participación del salario del 40 por ciento, el común de la gente deduce: “Estamos cerca de la mejor época del peronismo, cuando alcanzamos cerca del 50 por ciento de participación”. Pero este 40 por ciento es engañosamente distinto de aquél, porque son series diferentes. De todas maneras, a lo que voy es que, si no se produce información, uno puede creer que se debe a factores circunstanciales, pero también uno debe adjudicar una intención a esos silencios, que habrán buscado no poner en evidencia la naturaleza básica de un conflicto social determinante como es el reparto de la riqueza.

–¿Está claro que, como actividades productivas, el mejor distribuidor de la riqueza es la industria, el peor es el campo, y la expansión del sector de servicios no ayuda demasiado?

–No tengo datos que vayan mucho más atrás que a principios de los ’90, pero es interesante. La participación de los trabajadores en el sector industria, o en el sector comercio, o en el sector transporte –que es uno que tomamos en nuestro centro como ejemplo del sector servicios– muestran algo en común: entre principios de los ’90 y el 2005 –que es el momento al cual llegamos nosotros– todos caen, y hay una leve recuperación en el período 2003-2004-2005; tan leve que, entre puntas, estamos peor en los tres. Eso es lo que tienen en común. Es cierto que, en general, la industria tiene un efecto más positivo en la distribución del ingreso. Pero, como compensación negativa, en la industria se dieron con más intensidad los cambios tecnológicos, y ellos fueron en una sóla dirección: el ahorro de mano de obra.

–¿Es cierto que el empleo es hoy peor distribuidor del ingreso que en otra épocas?

–Sí. La estrategia del gobierno dice: “La mejor distribución del ingreso que podemos proponer es generar trabajo”. Y es una parte importante de la verdad. La otra parte de la verdad es que no debieran desentenderse de cómo se paga el trabajo. Hoy el salario, en capacidad de compra, está en desventaja. Cuando hace décadas se desató la idea de que había que cambiar la sociedad porque era injusta estábamos en un nivel alto del reparto. Con la dictadura todo se vino abajo. En los ’80 mejoró un poquito, en los ’90 declinó, y ahora estamos peor que en los ’80 y también peor que en los ’90.

–Imagino que en ese retroceso tendrá mucho que ver la estrategia de los empresarios en los últimos 15 años: producir lo mismo o más con menos trabajadores.

–Absolutamente. Y eso no aparece en las tapas de los diarios ni en las páginas interiores. En los años de Menem, por la Ley de Empleo se estableció que el Ministerio de Trabajo no podía homologar convenios que no estuvieran basados en cláusulas de mejoramiento de la productividad. Los datos económicos de esos años muestran que la productividad del trabajo subió muchísimo. Después se complicó al final de los ’90 y, desde el 2002 hasta hoy, volvió a subir fuertemente. Pero ni en los ’90 ni ahora esa productividad se ha transferido significativamente al sector del trabajo. Esto pasa porque los empresarios apelan a mejorar la productividad del trabajo no con el espíritu de aumentar la oferta de bienes y servicios a la sociedad, como dicen los manuales, sino porque, si pueden ganar lo mismo o más con menos gente, para qué complicar sus estructuras ampliándolas. Esa es la estrategia que Eduardo Basualdo describe como de valorización financiera. Pero es una mirada muy miope del capitalismo.

–¿Por qué?

–Porque el ahorro permanente de mano de obra equivale a dejar a crecientes porciones de población fuera del intercambio mercantil, o sea no dejar crecer al mercado. Y hay límites en venderle sólo a los que tienen más plata. Justamente, por esa miopía del capitalismo, el Estado tiene que recuperar una importante intervención. De lo contrario, una parte grande de la comunidad es inviable.

–¿Qué herramientas no están accionándose para que la distribución sea más justa? Supongo que una de ellas son los sindicatos, con su repliegue y su debilitamiento.

–Estoy de acuerdo, salvo por el dato de que los sindicatos hoy siguen siendo poderosos. La que no es poderosa es la acción de defensa de los trabajadores. La dirigencia sindical se dedicó a autoalimentarse, y para ello acude a ese mecanismo de conexión entre las estructuras sindicales y las obras sociales, que hoy les aportan ingresos por el costado. En su momento, los militares entregaron las obras sociales a la burocracia sindical, pero no a la CGT, que hubiera sido bueno, sino a cada sindicato separadamente. Entonces, hoy tenemos una CGT, que es escuálida en representatividad, junto a sindicatos, que son fuertes. Creo que si los trabajadores lograran reconstruir ideológica y tácticamente su representación sectorial, de verdad podrían plantearse aspiraciones mucho más importantes que recuperar lo que se perdió por la inflación.

–¿Qué otras instituciones se necesitan?

–Una fundamental: el Consejo del Salario. Lo creó el gobierno de Arturo Illia, con la premisa de que tenía que funcionar una vez al año o a partir del momento en que el salario cayera en términos reales por lo menos un diez por ciento. Perdió existencia por diversas razones. En los ’90 se lo recrea agregando el tema productividad. Hace poco, representantes sindicales se alegraban de que ya lleva cuatro años funcionando después de diez años de menemismo sin funcionar. Sin embargo, ni entonces ni ahora se discute otra cosa que lo que acordaron previamente la UIA y la dirigencia sindical. Nadie discute qué se hace con los cambios de productividad.

–¿Por qué es tan importante discutir la productividad?

–Porque, si la producción aumentó un cincuenta por ciento y el empleo un treinta, el rendimiento medio aumentó, y eso no se puede dejar de discutir. ¿Quién se apropia de la diferencia? Ahí está el tema de la distribución de la riqueza.

–Al cabo de tantos años de distribución regresiva del ingreso con Menem, con De la Rúa y con la brutal devaluación que practicó Duhalde, ¿qué pasó con el gobierno de Kirchner?

–Lo de Duhalde es cierto, pero no fue homogéneo. No hay ninguna duda de que la brutal devaluación desarticuló a los sectores populares, agravó su situación económica y social y el ya dramático desempleo. Sin embargo, no sólo por el Plan Jefas y Jefes sino también por el comienzo de la reactivación económica, que se dispara en el tercer trimestre de 2002, cambia la tendencia. Duhalde empieza a otorgar aumentos no remunerativos, y, cuando llega Kirchner, los blanquea. El nuevo presidente hace dos cosas: primero, continúa la política económica, lo cual tiene un mérito importante. Y, al mantener el tipo de cambio alto, provoca la recuperación de distintos sectores y hace que estos absorban más empleo. Al mismo tiempo, el tipo de cambio alto significa salarios con baja capacidad adquisitiva en un país que exporta bienes que comen los trabajadores.

–Lo cual plantea un encierro.

–Sí, pero el gobierno también estimula la discusión de convenios colectivos de trabajo en un contexto económico favorable en el que no encuentra obstáculos en el sector empresario. Claro, si la mayoría de los precios internos se habían puesto desde un principio a un dólar a cuatro pesos, las empresas tenían un colchón. Entonces, hay mayor cantidad de trabajo y eso mejora la participación del salario en la renta nacional. Pero lo hace muy modestamente. Los datos oficiales dicen que entre 1993 y 2002 se perdieron diez puntos porcentuales de participación del salario. Desde el 2002 al 2005 se recuperaron cuatro. Todavía es muy poco.

–Se tendría que haber hecho más. ¿Era posible?

–Un muy alto funcionario a quien yo le recomendaba una mayor intervención del Estado a favor del sector trabajo, me dijo: “Eso requiere una revolución, y nosotros no estamos para hacer una revolución”.

–¿Cómo influye la cultura en la distribución de la riqueza? Desde mi infancia vengo escuchando la crítica al gobierno de Juan Perón “porque repartió mucho en lugar de hacer crecer la economía”. Y quedó instalada la idea de que repartir es actuar con demagogia y despilfarrar.

–Bueno, eso remite al triunfo del liberalismo en las cabezas de la mayor parte de la sociedad argentina. Y lo que usted menciona es un ejemplo típico. No podemos obviar un dato que muestra que se creció poco mientras se repartía. Eso es cierto. Además, hay que decir que fue un período de largo deterioro en los términos del intercambio internacional y nosotros, que producíamos bienes primarios, nos embromamos. Pero, ¿por qué repartir es visto como despilfarrar? Bueno, en parte se debe a que concebimos el reparto de la riqueza como algo que uno hace de cosas ya dadas y no como algo que se determina en un proceso social, en el momento mismo de producir. Ahí es donde se apropia la riqueza, aunque el ciudadano común no lo perciba. ¡He escuchado últimamente a periodistas preguntar si no era inflacionario otorgar nuevos aumentos de salarios!... Realmente no se percibe quién tiene el poder.

–Parece una trampa ideológica fácil de desarmar, porque la idea de crecer antes de repartir supondría que los empresarios que no reparten van a usar esa riqueza para invertir. Pero la inversión es muy baja. Sin embargo, el mito se instala.

–Sucede del mismo modo en que los sectores populares estuvieron de acuerdo en los ’90 en entregar las empresas del Estado. Estoy de acuerdo, en parte, claro, porque ellos mismos las sufrían, pero no hubo visión del carácter estratégico de YPF, etc. Y, para abonar lo que usted dice, en el mismo período en que cae brutalmente la participación del salario, la contracara es que aumenta la apropiación por parte del capital. Y, no obstante, en los años ’90, la inversión estuvo en el 20 por ciento del PBI, muy baja, y, si sacamos el 2001 y 2002, porque cayó el 12, vamos a ver que volvimos en el 2004 al 19 por ciento, en el 2005 al 21 y ahora estamos en el 22,5. O sea, el capital repartió menos, pero la tasa de inversión no creció. Más aún, buena parte de esa inversión ha sido de carácter público, no privado.

–Bueno, pero el argumento perverso continúa.

–Perverso y miope. Porque, si en todo el mundo domina una estrategia que prescinde del mercado interno, no van a haber mercados. Y, en el mercado interno, el salario es crucial. En el caso de la Argentina, lo perverso es que la falta de reparto de la riqueza, la mayor ganancia no sólo no se tradujo en inversión, sino que salió por dos vías: el aumento del consumo suntuario y la fuga de capitales. Pero sus voceros nos dicen que son los que piden aumentos salariales quienes no toman en serio la economía. Bueno, hay complejos asuntos de la economía que sólo se comprenden si uno se aparta por un momento de la ciencia económica.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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