EL PAíS › CRISTINA KIRCHNER CERRO SU CAMPAÑA EN LA MATANZA

Con lluvia y lágrimas

La candidata reivindicó la Concertación Plural y habló de una “convocatoria amplia” en caso de ganar el domingo. El acto en el Mercado Central estuvo marcado por la lluvia. Al cierre, Cristina Kirchner se emocionó.

 Por Diego Schurman

Reivindicando la concertación, aunque sin dejar de remarcar su orgullo peronista, nada más y nada menos que en un bastión peronista como La Matanza, Cristina Fernández de Kirchner cerró ayer su campaña hacia la presidencia en el Mercado Central. “Es obligación de todo argentino convocar no solamente a los que piensan como uno sino también a aquellos que desde distintas experiencias históricas, desde distintas identidades (...) hombres de la UCR, el socialismo, independientes y nosotros los peronistas, que estamos aquí, como siempre, poniendo el hombro, dando testimonio de nuestros aciertos y errores pero comprometidos con los intereses de la Patria”, atizó la candidata.

Cristina llegó al playón en helicóptero. Una lluvia pertinaz la acompañó en su caminata hacia el escenario. Su secretario, Daniel Mazza, se puso a la par y abrió un paraguas, una deferencia que en el peronismo se asocia a la mítica fotografía de Rucci en el regreso de Perón. Pero la candidata no aceptó el acto de cortesía por más de dos segundos.

El trayecto fue dificultoso. Sin la destreza de Fred Astaire, pero decididamente a los saltitos, Cristina y sus tacos trabajaron afanosamente para que el agua de los charcos y el barro no se atrevieran con su corta pollera clara.

Como aperitivo, la nutrida concurrencia –en su mayoría sectores populares que llegaron en micros escolares– había estado observando los spot proselitistas en tres pantallas gigantes. “A la Argentina que viene la hacemos entre todos”, fue el lema desplegado por encima de una gigantografía de Cristina y Cobos. A esa altura, la figura del sol únicamente se recortaba en una imagen de campaña que adornaba el estrado.

El acto estuvo a punto de trasladarse a una nave interna del Mercado Central. En un momento de la tarde nada ni nadie podía con la inclemencia del viento, que afectó el techo de lona del escenario. Pero pasadas las siete, minutos antes de que hablara la candidata, cesó el ventarrón y asomó un retazo azul en el cielo por donde se colaron algunos rayos.

Esa resolana no autorizó a la candidata a aseverar la presencia de un día peronista, aunque no por ello se privó de ensalzar al partido, algo que también hicieron su predecesores en el atril, el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, y el candidato a gobernador Daniel Scioli. Ese voto, el peronista, resulta clave a la hora de asegurarse un triunfo en primera vuelta. (“Gracias por ser leal, fiel, más peronista que nunca”, llegó a pronunciar el vicepresidente)

Por cábala, Cristina repitió el cierre de campaña en el Mercado Central. Había hecho lo propio cuando buscó la senaduría bonaerense, en el 2005. Entonces como ahora estuvo Alberto Balestrini, hombre fuerte del distrito y actual compañero de fórmula de Scioli.

“Soñábamos con un país donde el trabajo volviera a ser el gran organizador de la familia...teníamos el sueño de volver a recuperar la dignidad de tantos millones de argentinos que se levantaban y no tenían adonde ir”, levantó su voz. A un costado la aplaudían los gobernadores Julio Cobos, el otro integrantes del binomio, y Felipe Solá.

Hubo un mimo hacia Kirchner. “Veníamos también con el sueño de recuperar para todo el pueblo la dignidad de los representantes en el Parlamento y en el Ejecutivo. Para que todos supieran que las decisiones se toman en la Casa Rosada y en el Parlamento y no en las oficinas del Fondo Monetario Internacional”, dijo. El Presidente tiraba besos al aire respondiendo al saludo de la gente.

Una ristra de funcionarios aplaudía desde un palco lateral. Se pudo ver, entre otros, a los ministros Daniel Filmus (Educación), Carlos Tomada (Trabajo), Alberto Iribarne (Justicia), Nilda Garré (Defensa), Julio De Vido (Planificación), Ginés González García (Salud), Miguel Peirano (Economía); Aníbal Fernández (Interior); Jorge Taiana (Relaciones Exteriores), Alicia Kirchner (Desarrollo Social), a secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini, y al vocero presidencial, Miguel Núñez.

Al cierre, Cristina, aquella que ha hecho fama de fría, se quebró. Bajó una lluvia de papelitos, recostada sobre el hombre de su marido, la candidata se mostró con los ojos vidriosos. Las lágrimas recién empezaron a recorrer sus mejillas ya debajo del escenario. Nadie –léase funcionarios, secretarios y colados– quería quedarse sin una foto junto a la candidata o con su marido.

En los altoparlantes sonaba el hit de Luciano Pereyra elegido para la campaña. El secretario General de la Presidencia, Oscar Parrilli, lo bailaba tímidamente sobre una rampa. Ayudado por un bastón, poco antes se había retirado del lugar Leonardo Favio.

Kirchner se mostraba distendido. Levantaba el pulgar. “Tengo proyecciones de unas encuestas que dan por encima del 50 por ciento para Cristina”, se envalentonaba ante Página/12. Su cálculo personal también es optimista aunque mucho más prudente que los guarismos que le acercan los consultores.

La pareja presidencial se refugió por unos minutos en una carpa de lona blanca, apostada detrás del escenario. Fue una minicumbre familiar ya que allí accedían únicamente esposas e hijos.

–No sé qué voy a hacer mañana, me voy a sentir atado –se reía el hiperkinético Scioli, simulando preocupación por la veda que le impedirá hacer actos de campaña.

A los sollozos, Cristina no emitía otro vocablo más que “gracias”. Su madre, Ofelia, distendida, ya pensaba en fútbol.

–¡¡¡Yo soy fanática de Gimnasia, pero mi segundo equipo es River, lo juro!!! ¿Alguien sabe cómo va River? –se despachó, evidentemente al tanto del encuentro que en ese momento disputaba el equipo de Daniel Passarella con Defensores, de Uruguay.

Todos salieron raudos. Cristina se subió al helicóptero. Sus ropa quedó indemne. Su maquillaje descorrido por las lágrimas.

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Cristina Kirchner llora abarazada al Presidente al cierre del acto en La Matanza.
Imagen: Pablo Piovano
 
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