CONTRATAPA

Los seres imaginarios

 Por Miriam Cairo *

I.

UNA URGIDA se encamina hacia el fondo de un deseo que podría matarla. Los lúgubres no van allí porque sus movimientos son cautos y rígidos. En cambio, los zapatos de la urgida felizmente buscan la dirección donde se produce el abrazo, donde el abrazo deviene en rayo, donde el rayo expande un gemido, donde el gemido se hace cuerpo en busca de otro abrazo. Ella no teme que la dicha o la desdicha le lleguen en abundancia, porque busca la abundancia. Se sacia en el caudal.

Trepada sobre sus dos patas, la urgida se eleva hacia el deleite que sueña. Cada día, cada hora, cada minuto es abarcable por su irrupción misteriosa de bulbo vivo. Sus maneras contrastan con los días, horas y minutos de los que sólo acumulan los escombros de la resignación. Para la urgida nunca es lo suficientemente tarde. No mira con el ojo enfermo de la abulia.

La urgida tiene ciertos privilegios de niña mimada por los demonios: mientras algunas tienen pechos, ella tiene tetas; mientras unas tienen vulva, ella tiene otra boca; mientras unas tienen microondas, ella tiene libros; mientras las otras hacen un cerco alrededor del género, ella con su pequeña esponja sexual absorbe las ínfimas gotas perfumadas de la imaginación y de la realidad. Absorbe, simplemente.

II.

UNA NEGADORA OBSTINADA recorre la gran ciudad como si fuera un pequeño pueblo en el que detrás de cada puerta fluyen los chismes. Saltea las noticias preocupantes de los diarios en busca del horóscopo o el suplemento femenino. Le aburren mortalmente los programas sin cero seiscientos y aunque no sabe bailar, se pasa el día bailando por sus sueños.

La negadora realiza una felicísima comparación entre las hijas de la princesa Máxima y las tres niñas de su mejor amiga. Esto se debe a que las obstinadas imprimen su personalidad en todas las comparaciones. También se debe a que en general tienen mejores intenciones que un psicólogo laboral.

Por ello, se puede percibir en esta clase de criaturas, otro modo de articular los vínculos que definen eso que llamamos "lo social".

La gran ciudad, compleja como una conciencia prismática, es observada por la negadora obstinada desde una delgada dirección, es decir, desde la coqueta ventana de su casa.

III.

UNA IMAGINADORA VICIOSA tiene la capacidad de asumir muchas formas y se ve a sí misma como una escalera de caracol que lleva a la terraza de un viejo edificio. Cada escalón es un testimonio del ascenso y del espiral que la acreditan.

En sus dedos se enredan los inseparables hilos de la realidad y de la irrealidad. Su entendimiento es un mundo cabeza abajo. En el escalón que se vuelve pez de ojos abiertos, carga sobre su lomo una sirena masculina de pelo cano. La imaginadora, en cuatro patas, en cuatro aletas, jinetea con su fantasía imbricada. Bello como un gran banco de coral, el hombre que es sirena se acopla al vicio de imaginar. La libertina de las aguas no se agota de cargar sobre el espinazo la fantasía que sueña su ser soñado.

Ella tiene la cintura ágil de la esperanza. ¿Hasta dónde se doblará su cuerpo escamado? En el infinito engranaje de imaginación es capaz de sostener brazos, esperanzas, más abrazos, más sudor.

Sus rituales creativos no son divulgables. En las letrinas del bar, pergeña una escritura dislocada para satisfacer a sus admiradores que la consideran una adelantada de las imaginerías escatológicas y literarias.

La viciosa se educó a la sombra de su madre, que tampoco era una crítica de arte, ni historiadora de acontecimientos olvidables. Al ser hija de alguien que simplemente vivía la vida de lunes a martes y de martes al día siguiente hasta llegar al domingo, tuvo la posibilidad de intrigarse por lo interior y por lo transitorio. ¿Puede haber razón más elocuente para que una imaginadora se vuelva viciosa?

La vida de la imaginadora (ni ninguna otra vida) no es un escenario simétrico sino una lluvia de átomos coloridos, pegoteados, rotos, brillantes, evanescentes. Desde allí se anima a sostener sus ideas inconvenientes. Su imaginación es un ejercicio de ruptura. Cuando en su escritura viciosa proclama que no hay castigos justos, cierto grupo social de levita y toga, se retuerce como una hembra penetrada por un pene doloroso y perforador.

En el abismado eco de sus sueños, parecería que nada sucede, pero eso es falso, ocurren cosas no designadas por sus nombres: madres que ostentan mordiscos en los pezones; hombres engullendo suculentos capulíes desflorados, bailarinas agitándose con una incitación demencial, ancianos moribundos en su última cópula. Es evidente que su mundo también está hecho de átomos de placer y de tragedia. ¿Será por ello que nos recuerda tanto a nuestro propio mundo?

La viciosa, a veces imagina con una envidiable originalidad, otras, cae en los más obvios lugares comunes. Esto se debe a que el vicio de imaginar es un animal bifronte: lúcido y a la vez irracional. De esta mezcla nace la coloración que le es propia.

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