EL PAíS › OPINION

Una semana después

 Por Eduardo Aliverti

En los ítem que siguen hay certezas, preguntas, incertidumbres y presunciones. Alguna cosa, ratificada por el correr de los días, ya la habrá visto el lector en la nota que el suscripto firmó en este diario el lunes pasado. Y hay una seguridad, sobre todo, para mencionar al final.

- Habiendo doblado en votos al segundo, la victoria de los Kirchner es indiscutible porque sólo en una cabeza afiebrada puede caber que con esa diferencia es posible cometer fraude hasta el punto de haber manipulado al ganador. Confundir seguras picardías con estafa generalizada es propio de tontos o resentidos, o de buena gente que no termina de verificar sus deseos en la realidad. Parece que hay muchos porque, aunque ya menguados, siguen apareciendo. Y tanto la tontería como el resentimiento se extienden más allá de darle un valor desmesurado a la falta de boletas, o a autoridades de mesa displicentes frente a los reclamos.

- Se habla de una contradicción: en las zonas donde la gente está más postergada (NEA, NOA, conurbano bonaerense) ganó el kirchnerismo; y perdió en aquéllas donde mejor se vive la fiesta del crecimiento de la economía (grandes centros urbanos). Si estamos refiriéndonos a la pobreza estructural y a la ontología clientelar, está claro que es así. Pero si hablamos de lo que el viejo Marx definió como las diferencias entre los intereses y las necesidades de las masas, el núcleo del aplastante voto kirchnerista en esas regiones es la consecuencia de economías regionales revitalizadas, como pocas veces se vio; más la billetera oficial, de la mano con la cooptación de los barones del conurbano, resucitando albañiles, obreros fabriles, trabajadores de obra pública, creando un imaginario perceptible de estabilidad y progreso. Aspiración de resumen: los núcleos duros de pobreza estructural son los que más salvados o integrados se sienten. ¿Y qué en los grandes centros urbanos que menea el establishment periodístico como reflejo del disgusto con el oficialismo? Pues que como centros administrativos de la fiesta agrícola no tienen cómo asumir su percepción histérica de inseguridad, droga, cortes de calles. Aunque suena maniquea la reintroducción temática del gorilismo (alentada por las usinas oficiales y por los exabruptos de Carrió, que llega a decir que dentro de unos años se prepara para gobernar “para las clases media y media-alta”), conviene repasar algunos trabajos acerca de la apropiación de la renta oligárquica durante el peronismo de los años ’40 y ’50, demostrativos de que nunca la levantaron tan en pala como entonces. ¿Qué querían/quieren, encima? No resignar ni siquiera una parte mínima de esa renta. Y ahora, mucho más que entonces gracias al discurso hegemónico de los medios (que son ellos): queremos más y usá tu poder, además, para no afrontar violencia cuando salgo a la calle. Estoy mejor que nunca, pero mejor no es lo más. En otras palabras, los más jodidos por lo que deberían ser sus intereses no son los más jodidos por lo que son sus necesidades. Y los que más jodidas sienten sus necesidades son los que más beneficiados tienen sus intereses.

- Aun así, deducir esquemáticamente que a los Kirchner los votaron los pobres contentos, y a Carrió & Cía. los ricos con niños tristes y la clase media con preocupaciones, es de una pobreza analítica impresionante. Con igual esquematismo, resultaría que a Fernández (Cristina) y a Scioli, para no abundar, no los votaron ni comerciantes, ni cuentapropistas, ni pequeños y medianos empresarios. ¿De qué hablan, por si fuera poco, cuando hablan de “grandes centros urbanos refractarios al kirchnerismo”? El conurbano bonaerense, para empezar, donde Scioli ganó con más del 50 por ciento, ¿no es un gran centro urbano? ¿En Mendoza quién ganó? ¿Y alguien puede creer seriamente que la elección de Lavagna en Córdoba no es el producto de una situación completamente atípica, producto del escándalo ocurrido en los comicios provinciales?

- A propósito de lo anterior, también cabe repetir la pregunta de si el grueso del voto opositor lo motivó centralmente una verdadera voluntad de cambio o el hecho de que, asegurado el triunfo de los Kirchner, fue asunto de querer controlar la gestión de alguna manera. Es probable, en ese sentido, que las encuestas hayan jugado esta vez un papel no determinante pero sí influyente como nunca. El triunfo de Fernández fue, si la hipótesis es correcta, una profecía autocumplida que “paró” al votante sobre la base de hechos consumados. La posibilidad de “sofisticar” al voto, así, se habría incrementado hasta un punto que la oposición no considera.

- En esta columna se supo citar lo que algunas recientes categorías sociológicas definen como “alta conflictividad social” y “baja intensidad política”. Para ratificarlo, y también en línea con lo relativo de la espectacularidad mediática, allí está la contundente victoria oficialista, nacional y provincial, en la sede santacruceña del incendio docente y de la 4x4 de Varizat; y en la Gualeguaychú “enardecida” contra el engaño kirchnerista; y en los votos del campo que tanto paro hace y tantas quejas reparte: muy cómoda victoria de Fernández en Pergamino, en Chivilcoy, en Venado Tuerto, en Rafaela, en San Lorenzo... Los papelones de Sobisch y Blumberg, en cambio, darían cuenta de lo contrario, porque la mano dura alentada desde los medios tuvo raquitismo electoral. Pero, en realidad, expresan lo mismo: espectacularidad mediática y sensación térmica social no son sinónimos de cuarto oscuro.

- ¿Qué hará ese kirchnerismo? ¿Tomar sus números ratificatorios como un cheque popular en blanco? ¿Se habrá dado cuenta de que el domingo de la noche electoral lo más visto fue la proyección de “Gatúbela”, y de que los festejos se remitieron a militantes de búnker que se fueron a sus casas a las diez de la noche?

- ¿Y qué hará con la mafia del aparato bonaerense del PJ que ¿alquiló? para las elecciones? ¿Lo ¿alquiló? porque no le dio el tiempo para armar otra cosa? ¿O porque su vocación progre termina ahí y ahora se trata de que todos unidos triunfaremos de la mano de empresarios y burócratas sindicales, necesarios para amortiguar reclamos crecientes en medio de una inflación que no está desbordada pero sí dibujada?

La seguridad anunciada al comienzo de estas líneas, finalmente, es que certezas, preguntas, incertidumbres y presunciones de este tipo demuestran que las generalizaciones descriptivas y opinativas, leídas y escuchadas antes y después del domingo electoral, no son buenas consejeras ni del sentido común ni del rigor conceptual. Algún día habrá que aprender que, a veces, la duda no debe ser la jactancia de los intelectuales (ni de los periodistas).

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