EL PAíS › OPINION

Una Argentina triangular

 Por Victor Santa María*

En momentos en que la idea de la concertación plural cobra fuerza, hay quienes intentan aprovechar el prestigio de lo que se conoce como “pacto social” para justificar políticas de ajuste, que –pretenden– bajando o conteniendo salarios reduzcan y eviten la inflación. Lo que está en juego, y lo que como trabajadores creemos, es mucho más. Se abre la oportunidad para debatir y acordar el modelo de país de los argentinos, el propio, que dé por finalizado el de “no país” que nos fue impuesto por el golpe de 1976. Porque el Pacto Social no es una Convención Colectiva gigante con la participación de la política, el pacto sólo tiene valor cuando incorpora objetivos e instrumentos de largo plazo que atienden al colectivo social.

La idea de “pacto social” es parte constitutiva de nuestra personalidad mestiza. Nuestra historia registra antecedentes de pactos o acuerdos con los pueblos originarios, en el proyecto colonizador español, en Juan Manuel de Rosas y, más recientemente, en el Pacto Social de 1973, que promoviese Juan Domingo Perón. Sin embargo, cuando se habla de pacto casi de manera automática y atolondrada, se suele identificar la idea con la del Pacto de la Moncloa llevado a cabo en España en 1977, olvidando y no advirtiendo que el nuestro, el de la década del ’70, fue un pacto cronológicamente anterior, pero además conceptual y políticamente diferente. El español consolidó la monarquía y el proceso de ajuste, manteniendo tasas de desocupación de un 20 por ciento promedio por 20 años, en tanto el nuestro logró un crecimiento del Producto Bruto Interno a un ritmo anual del 5,2 por ciento, haciendo crecer el salario real en un 25 por ciento y concretando la participación de los asalariados en el ingreso nacional de más del 50 por ciento.

Para pensar qué pactar debemos respondernos si de lo que se trata es de incluir a los excluidos en la misma sociedad que los excluyó y seguramente lo volverá a hacer, o si lo que tenemos que construir es una nueva organización social. Adelanto que el desafío no es económico, no es legal, no es instrumental, sin duda alguna es filosófico, porque es la filosofía y la política como herramientas para solucionarlo y éstas dos haciéndose cargo de todas las disciplinas, interpreta la realidad y la transforma y es la que puede dar respuesta a nuestros interrogantes, permitiéndonos recuperar la visión integral.

Lo que le falta a una gran parte de los argentinos, de lo que millones de hermanos todavía adolecen, exhibe el eje prioritario y central a pactar: trabajo y vivienda son la necesidad y oportunidad. Trabajo como obligación y como originante del salario; vivienda y su ineludible infraestructura social como base de la reconstrucción de la familia y el tejido social. Ambos para terminar de saldar la deuda social y para recuperar la dignidad.

Ocupar el espacio generando relocalización productiva nos lleva a alentar y retomar la propuesta del filósofo argentino Gustavo Cirigliano, la de construir tres nuevas ciudades de un millón de habitantes cada una, localizadas en los vértices de nuestra triangularidad territorial. Reconstruyendo el poder nacional sobre nuestra riqueza y sobre todo el territorio, recuperando nuestro espacio para ponerlo al interior el proyecto nacional. Trabajo y vivienda, en su calidad de necesidades básicas, constituyen la base a pactar. El trabajo origina salario. La vivienda origina ciudad. Ambas hacen posible un nuevo Proyecto Nacional.

Acabar con el modelo de no país, el especulativo global, impone articular un modelo productivo nacional, para lo cual debemos asumir y anotar que la natural triangularidad espacial argentina define el proyecto, potencia las fronteras hacia fuera y define la circulación comunicacional para adentro. Triangularidad espacial que determina la ubicación del poblamiento en el territorio, en nuestro contexto político-económico-espacial.

Pensemos que La Plata fue una de las últimas grandes ciudades diseñada y construida totalmente nueva, pero también advirtamos que uno solo de los múltiples negocios del sistema especulativo financiero, consolidado en los ’90, se apropió de una ganancia equivalente a haber construido dos ciudades completas justamente como la de La Plata. Si los argentinos las hubiésemos hecho serían parte de nuestro patrimonio, pero además les hubiéramos dado trabajo a millones de habitantes de nuestro suelo que durante esa misma época no lo tuvieron. Los bancos bajo la forma de AFJP acumularon desde su creación una ganancia de más de 10 mil millones de dólares, suma con la que se hubieran podido construir dos ciudades de 200 mil viviendas cada una, lo que demuestra que construir tres nuevas ciudades en los vértices de la Argentina de 250 mil viviendas es un sueño absolutamente realizable, una eutopía que, como enseña el filósofo citado, es una utopía que se concreta. Ejemplaridad que contrasta el modelo especulativo con el productivo y demuestra que se trata de una propuesta viable. La relocalización productiva a que dará lugar es un camino apto para acabar con el (micro)clientelismo, el denostado, el de los pobres y el de los sin empleo, pero también para acabar con el (macro)clientelismo, del que no se habla, el de la apropiación concentrada de los recursos sociales y naturales de todos los argentinos.

Hay otra Argentina por nacer. La que da por finalizado el proyecto “no país”, iniciando el nuevo, en el que el pleno empleo constituya la base de la concertación plural. Esta nuestra convicción es la que aportamos a la construcción del entendimiento social que aspiramos se concrete mediante un amplio y generoso acuerdo político social que trascienda la legítima contienda electoral.

* Dirigente sindical de Suterh y del PJ porteño.

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