EL PAIS › OPINION

La hora de hacer las cuentas

 Por Luis Bruschtein

La dupla Kirchner-Scioli, que parecía imbatible en la provincia de Buenos Aires, resultó derrotada por alguien que se inventó a sí mismo. Francisco de Narváez no tiene antecedentes políticos, más que su proximidad al menemismo y al macrismo, no tiene empresas tangibles y hasta su nacionalidad es imprecisa. La dupla con mayor potencia de fuego del peronismo bonaerense fue derrotada por un fantasma de los medios apoyada por una poderosa campaña publicitaria. Esa caída convirtió a la provincia de Buenos Aires en el centro de una tormenta de recomposición del escenario político nacional sobre la base de nuevas premisas que, al menos por ahora, estarán muy marcadas por el centroderecha que ganó ayer. El escenario se abre con todas las cartas del mazo, desde una recomposición del peronismo bonaerense que puede tener más de una variable y que preanunciará la tendencia nacional, macrista o reutemanista y hasta una difícil, y en este momento poco visible, recomposición del kirchnerismo en los arduos dos años que le quedan en el gobierno.

Lo cierto es que la derrota bonaerense pone al gobierno nacional en un terreno fangoso de gobernabilidad imprevisible. Las aspiraciones de Néstor Kirchner de asegurar estabilidad a Cristina Fernández hasta 2011 dependerán ahora de la actitud de la oposición y de la artillería mediática. Las intenciones presidenciables de Daniel Scioli entran en un callejón sin salida del que será complicado escapar. En la política nunca está dicha la última palabra, pero tanto a Kirchner como a Scioli les será difícil remontar el lugar al que han sido relegados por la insuficiente cosecha de votos de ayer.

Así como la crisis de 2001 descompaginó el tablero político y llevó al Gobierno a un candidato como Néstor Kirchner, que no estaba en las previsiones de nadie, de la misma manera estas elecciones produjeron el efecto de recomposición del tablero que se había roto en 2001. Con la diferencia de que, esta vez, la preminencia de la centroderecha abarca también al distrito porteño.

La derrota del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires también hace que se perfilen con mayor claridad los presidenciables con posibilidades de ganar en 2011. La fuerza del vicepresidente Julio Cobos ganó con amplitud en Mendoza y lo mismo podría suceder si Carlos Reutemann gana aunque sea por un voto en Santa Fe, lo que sumado al triunfo del centroderecha en la provincia de Buenos Aires y en la Capital Federal ubican a Macri como el tercer aspirante a la puja presidencial. No hay candidatos de centroizquierda en el PJ o en el radicalismo o en otras fuerzas partidarias que tengan posibilidad de disputar la mayoría de los votos que se registraron en la elección de ayer y que tuvieron un sentido marcadamente conservador. Y tampoco hay candidatos que provengan del justicialismo bonaerense, por lo que la lógica indicaría que el PJ gravitaría lentamente hacia la figura del ex gobernador de Santa Fe aunque haya ganado por un solo voto.

El acuerdo entre Kirchner y Scioli, laboriosamente trabajado durante los seis años de gestión, al comienzo entre chispazos y luego en un lento acercamiento mezclado de necesidades y convicciones, está puesto a prueba con estos resultados. Por lo pronto, el equilibrio en el peronismo está roto. Los intendentes que apostaron a las famosas candidaturas testimoniales deberán revisar su propia base social para garantizar una permanencia que ayer fue puesta en tela de juicio.

El aparato electoral regional más fuerte del país deberá acomodar esta derrota y es probable que lo haga siguiendo sus reflejos históricos y no sería raro que la tendencia que se pueda verificar a nivel nacional tras Carlos Reutemann se produzca en el distrito bonaerense hacia Francisco de Narváez. Las posibilidades quedan abiertas y tampoco habría que descartar que se recomponga con un Scioli acercándose a Reutemann mientras De Narváez mantiene su alianza con Macri. De ese giro en la provincia de Buenos Aires podría depender el nombre del candidato con más posibilidades de ganar. Si Reutemann hubiera perdido, se agrandaba De Narváez.

Si el peronismo bonaerense, que en la elección de ayer se expresó claramente dividido entre Kirchner y De Narváez, logra confluir nuevamente, tendrá la posibilidad de ungir a ese candidato. El mismo De Narváez había advertido que, si ganaba en la provincia, avanzaría sobre la presidencia del PJ que ahora tiene Néstor Kirchner. Y en ese caso quedaría por ver si pesa en él la lógica peronista que lo empujaría hacia Reutemann o su propia formación política que debería acercarlo al macrismo. Pese a que De Narváez ha dicho que su aspiración es llegar a la gobernación de Buenos Aires, en su propia fuerza se dice que ha reunido a un grupo de constitucionalistas para buscar alguna brecha que le permita aspirar a la presidencia, una ambición que por ahora le está vedada por su nacionalidad colombiana.

De todos modos, el PJ bonaerense ha demostrado una supervivencia a prueba de cataclismos peores aún que los traspiés electorales. Por sus características, el mismo De Narváez no tiene el mejor perfil para encajar en ese esquema. En cambio, Scioli aprendió a moverse en esa realidad con más fluidez. De Narváez no tiene prácticamente estructura que lo respalde en el PJ, más que algunos viejos duhaldistas que fueron maltratados durante la campaña y que preferirían reingresar a un PJ bonaerense con un perfil más peronista y con Reutemann en el horizonte presidenciable.

En ese panorama, Scioli puede jugar incluso mejor que un De Narváez que debe consolidar en el territorio un espacio que por ahora es nada más que virtual. En ese contexto, el PJ volvería a una situación como la de 2001 cuando lo comandaba Duhalde, antes de la irrupción del kirchnerismo. Si los resultados no favorecen a Reutemann, que hasta anoche disputaba voto a voto con los socialistas, la recomposición con De Narváez sería más parecida a la del PJ en épocas del menemismo y Macri podría ser el candidato del peronismo si a De Narváez se lo impidiera su nacionalidad.

A Kirchner le lloverán las críticas por haber convertido la elección en un plebiscito para el Gobierno, por haberse presentado como candidato abandonando el podio de ex presidente, por haber adelantado las elecciones, por haber inventado las candidaturas testimoniales, por haber, en fin, jugado esta elección a fondo, al todo o nada. Le pasarán la factura seguramente porque ahora las consecuencias de la derrota serían más profundas.

En realidad, los resultados demuestran que, si no hubiera hecho nada de lo que le recriminaban ayer los analistas políticos, todavía hubiera sido peor. Estos resultados demuestran que no tenía más alternativa que jugarse a fondo y pelear voto a voto como cualquier hijo de vecino. Hay una lista larga de cosas para revisar, como la efectividad del Gobierno para proyectar su gestión hacia la sociedad, donde la interferencia envenenada de los medios tuvo mucho que ver, pero donde también hay responsabilidad por el modo elegido por el mismo Gobierno para establecer un diálogo con la comunidad. Y de la misma forma habrá que revisar la apuesta de construcción política en un PJ más cooptado que transformado, sobre todo si se confirma que el corte de boletas fue muy alto en varias de las intendencias del conurbano.

Sin embargo, también habría que revisar la otra posibilidad, la de una recomposición del kirchnerismo en los dos años que todavía le quedan en el poder. Después del desastre económico y social que dejó, Menem obtuvo el 26 por ciento de los votos. El kirchnerismo puede mostrar una situación económica buena a pesar de la crisis internacional y una situación social mucho mejor que la que heredó. Sería el gobierno que deja el país en mejor situación económica que ningún otro desde 1984. Esa es una base objetiva nada despreciable para sustentar esa recomposición que de cualquier manera sería bastante complicada en sólo dos años. Pero es un capital político que no se agota en una elección. Y si se mantiene la tradición histórica de los gobiernos argentinos, puede llegar a convertirse en un capital histórico a pesar, incluso, de la derrota de ayer.

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Imagen: Daniel Jayo
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