EL PAIS

El rechazo es mal negocio

 Por Martín Granovsky

Mario Vargas Llosa hablará hoy en la Feria del Libro, pero el principal hecho político lo produjo ayer. Anunció que en el ballottage peruano votará por el candidato de centroizquierda Ollanta Humala.

Vargas Llosa votó en primera vuelta por el ex presidente Alejandro Toledo, hoy fuera de carrera porque Humala quedó primero con el 31,7 por ciento contra el 23,5 de Keiko Fujimori, la hija del ex dictador preso. Primero el escritor dijo que no votaría ni por Humala ni por Fujimori porque era como “elegir entre el VIH y el cáncer”. Después, con los resultados a la vista prometió que no votaría a Keiko. El sábado último Humala se reunió con Toledo y llegó a un acuerdo de colaboración. Si gana, técnicos de Toledo trabajarán en su gobierno. Vargas Llosa admitió entonces que no descartaba votar a Humala. Ayer dejó de rumiarlo. Lo dijo. Es difícil saber cuántos votos arrimará Vargas Llosa a un Humala necesitado de más electores en la clase media limeña. Alberto Adrianzen, diputado electo al Parlamento Andino por el frente humalista Gana Perú, explicó a Página/12 que Vargas “no es decisivo pero cada voto cuenta”. Y el propio candidato dijo que no cometerá los errores de 2006, cuando una posición cerrada le impidió ensanchar las alianzas entre la primera y la segunda vuelta.

Pero si Humala no cambió sus promesas de centroizquierda –combate a la corrupción, mayor presencia estatal, justicial social– y si un liberal como Vargas Llosa lo considera un mal menor, ¿qué está pasando en Perú? Quizás lo mismo que en el resto de Sudamérica: que la corriente se modificó y en la mayoría de los países cambió el sentido común promedio. No es una simple cuestión de discurso. Desde que el país mayor de la región, Brasil, dio un tremendo giro hacia la democracia profunda con la asunción de Lula, el 1º de enero de 2003, nada volvió a ser igual en Sudamérica. Con sus diferencias nacionales, la Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, Bolivia y Ecuador abandonaron la práctica de endeudamiento adictivo con el exterior, implantaron políticas sociales masivas, tiraron el lastre de los prejuicios arropados en tiempos del mercado salvaje y resolvieron integrarse más. Incluso Chile y Colombia, con gobiernos conservadores, debieron sudamericanizarse para convivir mejor.

Casi todos los gobiernos de centroizquierda tejieron alianzas hacia el centro o el centroderecha. Quieren gobernar con una base de sustentación amplia sin perder el rumbo elegido. Es una decisión realista. La pregunta es por qué sectores de centro o de centroderecha aceptan acompañar a dirigentes y políticas de centroizquierda. Respuesta sugerida: porque esos dirigentes y esas políticas fueron ganando la mayoría mientras demostraban que la justicia no es sólo un valor. Es, también, el mejor modo de resolver los antiguos problemas. Y ante una mayoría estable, el rechazo fanático a largo plazo es mal negocio.

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