EL PAíS › CRONICA DE UN DIA EN QUE LA TENSION TERMINO EN ESTALLIDO

Euforia y llanto entre los familiares

 Por Horacio Cecchi

Las gargantas estallaron minutos después de las siete. Fue un alarido unívoco, estremecedor y afilado que cortó la extensa vigilia, que la partió en dos partes. Una, la de los once dolorosos meses anteriores. Otra, la de los últimos minutos de euforia y alegría. Fue un momento muy raro. Parecido a la felicidad gris. Las madres, los padres, novias o novios, hermanos y amigos, a todos les faltaba alguien que andaba sobrevolando en ese aullido. Fue desborde de felicidad porque habían desamarrado a sus fantasmas y porque en su mayoría creían haber torcido el brazo del poder. Felicidad gris, porque la muerte es negra, pero su memoria lo decolora todo. Había que ver lo que puede el dolor desatado de esa forma. A esos gigantes panzones de brazos tatuados que habían puesto a raya a los federales en la Legislatura el jueves pasado, llorando desconsoladamente. A las madres abrazadas lagrimeando con una sonrisa inconsolable. Ayer, minutos después de las siete de la tarde, el aullido se ató a las gargantas como un enorme lastre. Todo fue muy raro.
Eran las cuatro y media de la tarde. Silvia tomó el altavoz a pilas, pidió silencio y que se organizara una sentada. “Para que todos los padres vean”, dijo Silvia y reclamó que las banderas partidarias fueran bajadas. Y empezó entonces el lento, el demoledor y rítmico proceso de soltar al aire los nombres de cada una de las víctimas, 194 nombres muertos. Como el ritual lo dice, Silvia leía cada nombre por el altavoz y los padres respondían en conjunto con un “presente”. En la multitud no se notaba, pero si alguien se hubiera detenido a ver qué le ocurría a cada uno cuando se leía ese nombre que le faltaba a él y no a los demás, entonces hubiera visto que de esa boca individual no salía sonido aunque se esforzara en gestos, hubiera descubierto la garganta atada por el nombre y silenciada por la angustia.
Leyeron “Lucía Propatto” y el cuello de María Elena Bosio, su madre, se tensó. Se mordió los labios, se le enrojecieron los ojos, abrazó la carita de su Lucía en papel contra su pecho. Lo mismo le ocurrió a cada uno de todos los presentes. Después, cuando se le preguntó en forma directa, María Elena respondió sacada, con ira. “Ya no es por nuestros hijos. Es por nuestro país –dijo–. Tienen que entender que esto les pasó a nuestros hijos, pero le va a pasar a cualquiera. Los votos se compran y se venden”.
La concentración de padres tuvo lugar sobre Avenida de Mayo. Llegaron en columnas embanderadas o desperdigados. Los primeros se fueron ubicando contra el vallado, en torno del lugar donde habían instalado la carpa los que pasaron la vigilia. El resto se fue aglomerando desordenadamente.
El calor y la ansiedad por noticias transformaron los móviles de los canales y un bar con tevé sobre Avenida de Mayo, entre Perú y Bolívar, en una suerte de oasis noticioso. Tanto el bar como el derredor de los móviles se transformaron en escenarios de especulaciones, de conteos variados, de humoradas sobre los legisladores.
De allí partieron los primeros alaridos de euforia cuando De Estrada, en el recinto, hizo el conteo, pero eso ocurrió más tarde. A la hora en que el sol secaba el alma, los bares y la sombra fueron el recurso de supervivencia. Mientras tanto, Claudia García, abuela de Marianella Rojas, golpeaba con su maza contra la valla de hierro. “Me la compré hace seis meses”, diría más tarde, cuando los golpes ya eran respuesta de festejo.
A la tarde, cuando todavía nada era cierto, y cuando la esperanza era apenas una palabra deseada, la multitud de fotos fue dando idea de lo que era todo aquello. Las imágenes eran de caritas sonrientes. Perfectos recortes de tiempo. De otros tiempos que ahora se recuerdan como perfectos. Así estaba la imagen de Marcelo A. Taboada, enmarcada dentro una foto en la que él abraza a su pareja. “Nos masacraron el futuro. Te amo por siempre sí”, decía el texto debajo de la foto. Ambos, foto y texto, impresos en la remera que llevaba puesta ella, la pareja de Marcelo, fuera de la foto, ensimismada y sin él. Al principio de la tarde, una comisión de entre cuatro y diez padres cargó todas las fotos que les fueron entregando. A todo esto, la batucada tenía dos epicentros: los redoblantes del centro de la avenida en el cruce con Perú, y los clanc clanc clanc rítmicos que partían de los mazazos de abuela Claudia contra la valla policial. Durante horas, el clanc clanc fue el sonido que se impuso al resto de los sonidos. Acodados contra la baranda de la estación Perú, tres inconfundibles ofiches, de traje, uno pelado y masticando chicle, otro canoso y acariciándose el bigote, y el tercero regordete, de bigotes marrones y anteojos, intentaban pasar como público. Estaban expectantes. Se corrían versiones. A medida que avanzaba el discurso de los legisladores, se decía que habría disturbios. “Yo creía que iba a haber quilombo”, dijo después Diego Cocuza, que estuvo dentro de Cromañón y ahora estaba allí, abrazado a su novia y festejando, apenas se desató el alarido.
Eran las siete y minutos cuando De Estrada dio el resultado y la calle se transformó en lágrimas, abrazos, llantos desconsolados. Sólo unos pocos retuvieron el alma para dentro. El resto fueron escenas de algarabía triste. “Es muy raro”, decían todos con los ojos colorados. Después de todo, contra el dolor tan interno no se puede hacer nada. “Es como un mazazo”, decía un padre. Había mucha carga contenida durante casi un año, mucha sensación de imposible sumando en la represa. Hasta que se rompió el dique y vino el estallido. “Tengo seis nietas, dos bisnietos y ahora 194 bisnietos más”, dijo Claudia a los mazazos y siguió cantando con el resto, camino al santuario de Once, donde los chicos murieron hace casi un año.

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Al escuchar que había 30 votos, los familiares estallaron.
 
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