EL PAíS › OPINION

Posters de Batistuta, no

 Por Sandra Russo

Hace poco más de una semana llegó un comunicado del colegio: “Los alumnos que el viernes 7 de junio no ingresen a la escuela las 8.00, no podrán hacerlo en el recreo de las 9.30. Sólo podrán ingresar después del almuerzo, al turno tarde, computándoseles media falta”. Todavía el Mundial no había empezado y a mí ese comunicado me sonó a sánscrito. “¿De qué hablan?”, le pregunté a mi hija. “Ay, mamá, de Argentina-Inglaterra, de qué van a hablar”, me contestó en el tono superado de quien ha sorteado sin problemas los obstáculos de cuarto grado. Recién ahí me avivé de que venía el Mundial, y también de que la niñera de mi hija juega al fútbol. “Ni se te ocurra –le dije a una para que escuchara también la otra– que en esta casa alguien va a despertarse de madrugada para ver un partido.” “De madrugada no”, me dijo la nena. “Argentina-Inglaterra es a las ocho y media.” “Ni se te ocurra –insistí– que vas a faltar al colegio para ver un partido.”
Yo no sé para qué abro la boca. Mi hija sabe que yo no sé. No se inmuta con mis súbitos ataques de autoridad. Una semana después, o sea hoy, un día antes del partido Argentina-Inglaterra, en casa ya se decidió: 1) Que la nena va a faltar a la mañana (ella dijo: “Si querés voy, ¿pero qué voy a aprender yo sola? No va a ir nadie”); 2) Que ella con la niñera no son suficiente hinchada, de modo que invitó a dos amigas que vendrán a las 8.00; 3) Que una de sus amigas tiene voz de pito y a mí me pone nerviosa cuando grita, así que mi marido y yo miraremos el partido en el dormitorio y las tres chicas y la niñera en el living; 4) Que si la Argentina hace goles festejaremos todos juntos pero luego volveremos cada cual a su lugar; 5) Que sólo coleccionará figuritas del Mundial en tándem con sus dos amigas y que compartirán el álbum, para lo cual han hecho un pozo de un peso cada una; 6) Que apenas termine el Mundial dejará de dormir con la camiseta argentina y volverá a hacerlo con sus piyamitas de algodón; 7) Que si ya no le gustan las Bandana puede pegar en la pared de su cuarto mapas, fotos de sus amigos o incluso posters de Damas Gratis, pero que no pegará afiches de Batistuta ni de Verón.
En fin, es solamente una carta de intención. A veces me escucho diciéndole estupideces tales como “María, el fútbol no es para mujeres, te tienen que gustar cosas más femeninas”. Me siento estúpida porque mientras se lo digo ella sigue limándose y pintándose las uñas, o probándose peinados frente al espejo, pero de un mes a esta parte, lo hace siempre embutida en la camiseta de la selección. Si me rindo, si cedo, si la dejo faltar al colegio, si dejo que mi casa se convierta esta mañana en un miniestadio de voces aflautadas y chillonas, si dejo que la nena y su niñera se semifanaticen unos días, creo que es porque advierto que en los últimos meses no sólo mi hija sino también sus amigas y los chicos con los que pasa casi todo el día han debido absorber demasiada angustia, demasiada zozobra, porque ellos también necesitan recreo, corear algo de lo que no dependa nada muy importante. Porque todos necesitamos, y los chicos más que nosotros, una porción de vida aireada, una porción de vida souflé, alguna forma de ligereza para después seguir resistiendo la insoportable gravedad de ser argentinos.

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