EL PAíS › OPINION

LM marca su nivel

 Por Mario Wainfeld

Si algo no hizo Elisa Carrió en 2007 fue mantenerse quieta. Poco quedó de la intransigencia de 2003, la suplió una movilidad permanente para urdir (y desbaratar) acuerdos. También produjo una seguidilla de renuncias: a la banca de diputada, a su partido, a candidaturas ulteriores si no triunfa en octubre.

En Capital, parece que fue hace un siglo, derivó de la promesa de la lista de lujo a la oferta al periodista Jorge Lanata para terminar recalando en el pacto con Jorge Telerman. La cosecha no fue fecunda, un tercer puesto en el distrito históricamente más propicio para Carrió y cero sedimento ulterior. No hay registro de que Lilita y el alcalde afrancesado se hayan reunido una vez después de la derrota. Y ciertamente no han anudado nada.

En simultáneo, ocurrió un paliativo: Fabiana Ríos obtuvo la gobernación de Tierra del Fuego, claro que lo hizo enarbolando la enseña del ARI y no la de la Coalición Cívica. También es un dato que Carrió no apareció en la provincia más austral de la Argentina en la semana que medió entre la primera y segunda vuelta.

Dotada de mucha mayor intención de voto que sus compañeros, inorgánica, intuitiva y decisionista como el que más, Carrió pudo hasta estos días zigzaguear sin sufrir deserciones. Hasta los críticos se apañaron a plegarse a sus acciones más inopinadas. Seguramente los indujo un cóctel de pragmatismo, de apuesta a la sabiduría carismática y también de falta de oportunidad para armar otro colectivo.

La mención de una posible entente con Ricardo López Murphy cambió los tantos. Los principales dirigentes del ARI pusieron el grito en el cielo, una vez que se enteraron por los diarios, su vaso había sido rebasado. Se restauraron las instancias partidarias: el domingo próximo habrá un congreso nacional, con López Murphy a la cabeza de la agenda.

El sector del socialismo que venía dialogando con la presidenciable también clavó bandera. El senador Rubén Giustiniani adelantó que no va ni a la esquina con López Murphy.

El ex doble ministro de la Alianza se transforma así en un casus belli con los actores progresistas que, así fuera a la rastra, seguían a la vera de Carrió. Patricia Bullrich había desatado vientos de fronda pero no tamañas tempestades. Al estar los dos juntos, las broncas no se adicionan, sino que se potencian.

Para colmo, los macristas se encrespan porque Carrió descalificó moralmente a “Mauricio”.

Sumas y restas

Las movidas de Carrió no pueden explicarse en clave ética, sino que responden a su particular lógica electoral. Con el tiempo podrá deducirse si fue acertada o errada, pero ése viene siendo el eje de sus variantes tácticas.

Carrió acostumbra a renegar de las ideologías, aludiendo a sistemas cerrados de pensamiento. Es una idea polémica, no hay espacio para debatirla acá. Sí viene a cuento señalar que, aun compartiendo su laxitud ideológica, es difícil explicar (más allá de sus intereses proselitistas inmediatos) cuáles son las coincidencias políticas que la unen a López Murphy y a “la Piba”. Y tampoco es sencillo pensar en concordancias éticas, si se repasan un poco las respectivas historias.

Lilita tuvo una postura consistente en materia de derechos humanos, el líder de Recrear es un defensor acérrimo de las leyes de la impunidad y, siendo ministro de Defensa, fungió como delegado sindical de los represores. Y no tuvo el menor contacto con los organismos de derechos humanos.

Si se alude a la, insuficiente por sí sola, bandera de la lucha contra la corrupción, es discordante imaginar llenar las listas de Capital con dos ex ministros de Fernando de la Rúa. Sobre todo si ambos lo fueron cuando detonó el escándalo de las coimas en el Senado y actuaron como guardaespaldas de los legisladores sospechados. Dato al que cabría agregar que ambos eran carne y uña con Fernando de Santibañes, el mentor (y según muchas pruebas judiciales el pagador) de las dádivas en cuestión.

También es cuesta arriba conciliar la propuesta de ingreso universal a la niñez, una constante de la prédica de Carrió, con las ideas (y los factores de poder) que López Murphy viene defendiendo con encomiable coherencia desde hace décadas.

Pero, ya se dijo, lo que se busca es una ecuación electoral, no un grupo político coherente. A esta altura de su evolución Carrió emprende el desafío de cambiar el target de sus potenciales votantes. Los desgajamientos de dirigentes y de partidos afines pueden ser un síntoma de esa mutación.

Es poco serio decir que el nuevo cambio es una jugada fracasada. Pero sí es riesgosa. Escapa a la perspicacia de este cronista calcular cuánto le suma y cuánto le resta López Murphy a la intención de voto de la Coalición Cívica. Mas no le cabe duda de que algo agrega y algo quita.

Entreveros

López Murphy no debería vacilar. Su candidatura a presidente era un fiasco, precisaba con desesperación un rebusque para desmontarse garbosamente de su candidatura presidencial. Carrió le habilitó un pretexto elegante, al bajo precio de renunciar a algo irremisiblemente perdido. Una eventual candidatura a senador en Capital podría metamorfosear en mariposa esa derrota, incluso podría salir primero. Pero la dureza que le prodigó Carrió a Macri lo pone en varios bretes. ¿Cómo arbitrar ponerse en esa polémica?

¿Puede lanzarse a una contienda en la ciudad del “estaría bueno” sin contar con un aval, así sea abúlico, de Macri? Menudos enigmas para tener que resolverlos en pocos días.

Ingeniería

Carrió, una líder cada vez más personalista, también tiene elementos para dudar. Su talla electoral es mucho mayor que la de sus compañeros del ARI, a los que viene ninguneando sin piedad. Y también que la de Giustiniani. Pero sus retiradas podrían infligirle un perjuicio simbólico en el corto plazo. Y someterse a sus reclamos, bastante moderados y sensatos, podría resentir su imagen.

La situación se dirimirá en pocos días. Cualquiera que fuera la solución (con o sin LM, ARI o socialistas) será justificada como un imperativo moral. Tal vez sea justificable; las campañas son instancias de discursos flamígeros, de autoelogios desmesurados, de diatribas implacables.

Pero, si se mira bien, se trata sencillamente de ingeniería electoral.

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