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Si Cuba cae –digo, es un decir, si cae–...

Doscientos años aquí, cincuenta años allá. Una revolución que siempre convoca al recuerdo y la polémica.

 Por Mempo Giardinelli

Desde hace un tiempo parece que Cuba se tambalea y son muchos los que presagian que la Revolución Cubana se encamina a su fin. No soy amigo de predicciones, pero sé que si un Bicentenario es algo excepcional, también lo es una revolución que ha cumplido medio siglo y está muy golpeada.

La ocasión es propicia para reflexionar. Sobre todo porque en la Argentina últimamente hay un cierto, pesado silencio respecto de Cuba. Aquí casi no circuló la durísima declaración de intelectuales como Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa, Pedro Almodóvar, Fernando Savater y Rosa Montero, publicada en España la semana pasada. Tampoco la respuesta de Silvio Rodríguez desde La Habana, escrita con delicada firmeza.

En mi opinión, luego de 50 años de esperanzas y cambios, la realidad, que es tozuda, parece mostrar, si no el fracaso, al menos el deslucido final de la más hermosa utopía política del siglo XX.

Soy de los que, anónimamente, siempre apoyaron ese proceso. No por afinidad ideológica sino por valoración de una experiencia que alcanzaba logros sociales, educativos y de salubridad inéditos, y además soportando por décadas el más cruel y despiadado bloqueo económico. Por eso aun en los momentos más cuestionables, y frente a las peores decisiones de Fidel Castro y su gobierno, jamás escribí ni pronuncié una sola palabra que pudiera afectar esa experiencia.

Mi derecho a escribir sobre Cuba –y mi deber ahora– se basa en que esa revolución es parte de mi vida y mi historia personal; se basa en el amor, el idealismo y la esperanza que nos dieron aquellos barbudos de Sierra Maestra, el primer Fidel y el Che, y sobre todo los cambios sociales en una isla que de ser prostíbulo norteamericano en el Caribe pasó a ser la nación más socialmente justa y más políticamente soberana de toda América. Y se basa también en que jamás procedí con interés, al igual que muchísimos americanos libres de corazón y pensamiento. En mi caso, además, no me privé de escribir en éste y otros diarios mi absoluto cuestionamiento a la pena de muerte aplicada a disidentes, o a la adhesión cubana a la infame posición soviética frente a la dictadura argentina, en los ’70 y ’80. Pero sin por ello pasarme jamás al coro de los condenadores, como tanto intelectual converso de los que abundan en el mundo entero.

Sé que esta nota puede provocar alguna polvareda, y asumo la responsabilidad, pero creo que es hora de que se diga que si Cuba cae –digo, es un decir, si cae– a mí y a muchísima gente que jamás medró con su apoyo, que no fuimos lameculos del régimen, no hicimos turismo socialista y no participamos de colectivos de aplaudidores ni de detractores, esa caída nos va a doler muchísimo.

Y sobre todo querremos –como ahora mismo reclamamos– una transición democrática pacífica, ordenada y capaz de preservar los logros sociales alcanzados.

La Revolución Cubana fue uno de los episodios más fascinantes de la historia contemporánea. Tras luchar por la libertad y contra una de las dictaduras más feroces del continente, Fidel Castro se convirtió en símbolo de la lucha por la liberación y su gobierno fue ejemplar en muchos aspectos: autodeterminación, solidaridad internacional, sanidad, educación.

Pero también es cierto que el gobierno cubano no supo resolver otros aspectos no menos fundamentales: no democratizó su estructura de poder; no garantizó libertades esenciales; practicó censura al pensamiento y a las ideas. Nunca tuve reparo en decirlo y lo tengo escrito en los ’80 y los ’90. Para mí era y es injustificable mantener un sistema de partido único; es un arcaísmo político, y no cambiarlo es medida de gobierno conservador; no de gobierno revolucionario.

La cuestión de la democracia en Cuba es su propio talón de Aquiles, y es lamentable que Fidel no lo comprenda.

Por eso mismo apoyar esa revolución –y defenderla frente al bloqueo, la incomprensión o ciertos apresuramientos declarativos– no debe consistir solamente en aprobar todo lo que hace o dice Fidel. Es evidente que la Revolución Cubana –con todas sus conquistas–, ha cometido errores. Muchos y profundos. Y los buenos amigos debemos decirlo, no callarlo.

Pronunciarse de este modo no es estar en contra de Fidel ni de la Revolución ni del pueblo cubano. Es estar en favor de la libertad, la cultura, el pensamiento libre, la igualdad, el desarrollo de los pueblos y la justicia social.

Porque si Cuba cae –digo, es un decir, si cae– será una catástrofe política y social americana. El derrumbe podría producir retrocesos gravísimos no sólo para Cuba sino para toda nuestra América. Basta imaginar en acción al ultraneoliberalismo más feroz e inhumano, acaso llevando al poder a ciertos sectores resentidos y reaccionarios de Miami y de Washington para hacer de Cuba un renovado paraíso de casinos, mafias y negociados.

Tengo miedo de que si Cuba cae –digo, es un decir, etcétera–, no caerá de a poco. Se puede desplomar violentamente si no hay cambios ahora; si no se dan pasos al costado y se permite que las nuevas generaciones se hagan cargo, suave y organizadamente, sin dogmatismos y con la modernidad como aliada. Con Internet libre para todos y todas, caramba, con el rock en las calles y en las plazas, y con la juventud desplazando a los burócratas del gobierno y el partido y dignificándose porque mamaron todo lo bueno de la Revolución. Y con nosotros los amigos leales, alentando y ayudando desde nuestros países.

Esa Revolución, que fue un faro, hoy es una vela que se extingue. Cuba no merece eso. Hay muchos cubanos y cubanas, revolucionarios de toda la vida, que lo advierten. Muchos intelectuales que no se quieren ir de Cuba pero sí quieren que haya cambios. Están cansados de limitaciones y recelos, de vigilancias y miedos. Tienen buenas razones para el miedo, y eso es un crimen de la Revolución, no de los intelectuales. Quieren la sagrada libertad de expresarse sin temores, restricciones ni censuras. No se soporta más la censura en la isla. Quieren poder reunirse, discutir libremente, ejercer el derecho a manifestarse, putear ante lo que no les gusta.

Hay una canción muy popular en la isla, hoy. La cantan miles de chicos y chicas. Dice el estribillo: “No coma más mierda, Comandante”. Pero de hecho está prohibida. Me comenta un joven cubano, hace poco y ron de por medio: “Carajo, chico, debiéramos poder cantarla con Fidel y que él mismo se riera y la coreara con nosotros”.

Me duele Cuba en mis amigos intelectuales, escritores, dramaturgos, poetas, docentes. Están por primera vez mustios, pesimistas. “Ni en los años del período especial (mediados de los ’80) sentí este escepticismo”, me confiesa otra noche un reputado cuentista habanero.

Mi voz es pequeñita, pero pienso que si acaso este texto le llegara a Fidel, y si en una de ésas él escuchara, yo también le diría: “No coma más mierda, Comandante. Antes de morirse, abra puertas y ventanas a la libertad, como hizo en el ’59. Repita su mejor obra. Ese será su bronce”.

Pienso también en el actual, pesadísimo silencio de Gabriel García Márquez, de Eduardo Galeano, de muchos y muchas intelectuales más. Pienso en el seguro silencio que haría hoy, si viviera, Julio Cortázar. Lo comento en voz alta y mis amigos me dicen: “Claro, ellos ahora no critican ni condenan, pero ya no dan su apoyo. Y tienen razón”.

Es lo que me pasa a mí, y a muchos.

El ron que compartimos nos sabe amargo, como nunca antes. Me decido a escribir esto: si Cuba cae, digo, es un decir...

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