ESPECTáCULOS

“Uno puede enriquecerse con la oferta cultural de todo el mundo”

Sergio Makaroff, ex integrante de un mítico dúo de los ‘70 junto a su hermano Eduardo, vino a mostrar las canciones de su nuevo disco.

 Por Roque Casciero

“Voy a actuar por el puro placer de hacerlo en mi ciudad natal... y porque es mi misión en la vida: yo compongo canciones y las canto. Soy de esas personas que nunca tuvieron que hacerse un test vocacional, porque desde que vi a los Beatles supe que éste era mi camino”, dice Sergio Makaroff mientras atusa su bigote. Es que este músico, compositor, cantante y periodista argentino, que escribe letras con chispazos de humor inteligente, ya lleva la mitad de sus 52 años viviendo en Barcelona. Antes de su partida en 1978 formó parte de Los Hermanos Makaroff, precisamente con su hermano Eduardo; después, sólo volvió a tocar aquí una vez, en 1998, invitado por su amigo Andrés Calamaro. El autor de El rock del ascensor está de regreso (hoy, mañana y el domingo, a las 22, en el teatro El Búho, Tacuarí 315) para presentar las canciones de Makaroff, su quinto trabajo solista, que no tiene edición local. “Es que mi carrera artística se desarrolla en España, pero tengo muchos más motivos que ganar dinero para venir a tocar acá”, explica.
–Los Hermanos Makaroff quedaron en la historia del rock argentino como un grupo de culto, para unos pocos conocedores y memoriosos.
–Eso sucedió porque cuando empezábamos a cosechar el fruto de ciertos años de esfuerzo y de cantar nuestras canciones, yo decidí irme a España. Quién sabe lo que habría pasado si no nos hubiéramos disuelto. Como soy muy optimista en general, creo que hubiéramos triunfado por todo lo alto, que seríamos un clásico del rock argentino. Pero decidí irme de la Argentina porque en ese tiempo era muy lógico tener ganas de salir corriendo. No me perseguían personalmente, pero sí a las personas que eran como yo. Y no quise esperar a ver si me tocaba o no.
–Igual, afuera no les fue mal ni a usted ni a su hermano con la música.
–A mí no me fue mal, pero a mi hermano le fue realmente muy bien con Gotan Project (el primer grupo en mezclar tango con electrónica). Mi vieja está muy contenta (risas).
–El se metió con el tango y en sus discos se nota que usted cada vez se aleja más del rock. ¿Tiene que ver con la edad o con un hartazgo de las fórmulas rockeras?
–Con ambas cosas. Mi hermano renunció de un modo mucho más tajante al rock y se pasó con armas y bagajes al tango hace unos quince años. Mi caso es diferente: simplemente fui abriéndome a otras músicas, como les pasó a Fito Páez, a Charly García, a Calamaro, a todo el mundo. Incorporé el folklore, el tango, la bossa nova, y fue antes del boom de la world music. Ese fue uno de los aspectos buenos de la globalización: hoy en día es muy natural disfrutar –o sufrir– con la música de Nepal. Uno puede enriquecerse con la oferta cultural de todo el mundo de un modo instantáneo.
–Más cuando se vive en Barcelona.
–Claro, porque es un lugar muy abierto al mundo, muy cosmopolita, con muchos recursos culturales y económicos. El que no está en contacto con todo lo que hay es porque no quiere. Además, volviendo a la pregunta anterior, también es una cuestión de edad. Cuando era muy chico odiaba las baladas, pero empezaron a gustarme más. Y ahora la música hardcore no me gusta. Igual, he ido con mi hija a ver a Marilyn Manson y no lo pasé mal, aunque no me volvió loco. Me gustan algunas de las cosas que le gustan a mi hija. Aparte, me gusta mucho el rap, que no es una música muy habitual para un señor blanco de 52 años como yo. Me entusiasmé cuando comenzó el rap, a fines de los ‘70, y desde entonces me hice un experto en rap, como consumidor. Como artista, pongo pinceladas en mis canciones o en mis shows. En mis conciertos siempre terminamos rapeando algo que se parece más a Red Hot Chili Peppers que a Jorge Drexler.
–Pero invitó a Drexler a participar en su último disco.
–Por eso lo nombré: porque estoy muy orgulloso de esa colaboración. Además, en el próximo disco que voy a grabar, con producción de mi hermanoy de Ariel Rot, Jorge va a volver a colaborar. Somos amiguetes, aunque no nos vemos tanto porque él vive en Madrid.
–¿Cómo es su vida en España?
–Mi vida es agradable porque hago lo que me gusta. No tengo horarios fijos. Hay días que no tengo nada que hacer, pero siempre puedo practicar mis canciones, componer otras nuevas, ir al gimnasio. Mi mujer es una obrera especializada en una fábrica, así que soy más amo de casa que ella: como tengo más tiempo libre, hago las compras, lavo la ropa... Además escribo artículos, trabajo en radio, y hago actuaciones por toda España. Soy una persona afortunada, porque elegí cambiar de sitio y acerté con el lugar. Barcelona me atrapó, me agarró de los huevos, y desde entonces no hizo más que mejorar. Ahora, incluso, venden alfajores marplatenses en pleno centro, en la Plaza Catalunya. Así que, si la nostalgia aprieta, siempre puedo irme a tomar un cafecito a un lugar por el que paso seguido de todos modos. Esas son buenas noticias para un argentino que vive afuera.
–¿Volvería a vivir en la Argentina?
–Me lo he planteado muchas veces y la respuesta es que no. Me gustaría tener una casita en El Bolsón o en algún lugar así, pero ya tengo mi vida hecha en Barcelona y me gusta cómo es.

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“Esta es mi misión: componer canciones y cantarlas”, dice Makaroff.
 
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