EL PAíS › OPINION

Oír la marcha

 Por Martín Granovsky

El Estado puede hacer muchas cosas con la manifestación de ayer. Muchas salvo una: desoírla.
- La concentración fue multitudinaria. Y no importa la cifra definitiva, si 80 mil o 130 mil personas. La mínima marca una máxima.
- La composición fue homogénea, con clase media de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires.
- El miedo por la inseguridad fue el sentimiento predominante.
- La convocatoria tuvo algo de autoconvocatoria: el dolor ante el dolor de Juan Carlos Blumberg por su hijo Axel y la identificación con ellos.
- También tuvo algo de convocatoria organizada: Radio 10 y periodistas de televisión estimularon la marcha. Algunos hasta editorializaron diciendo que era un tema de “dignidad de los parlamentarios” aumentar las penas, cuando no se trata de un problema de dignidad sino de convicciones y criterios sobre la mejor forma de reprimir el delito.
- Exagerar el papel de los medios más conservadores sería, de todos modos, falsear la realidad. No cualquier campaña es exitosa. La campaña sintonizó con el miedo reinante.
- Los silbidos mayores los recibieron dos poderes, el Legislativo y el Judicial.
- Juan Carlos Blumberg parecía ayer más un profeta que un líder tradicional. En ese carácter lanzó propuestas inhumanas, como la baja de edad para imputar delitos (hoy es de 16 años) e ideas razonables y necesarias como la reforma profunda de la policía y el despido de las “manzanas podridas”. También usó su poder para no alentar la ola antipolítica que brotaba de los convocados. Si Blumberg hubiera llamado a quemar el Congreso, una parte lo hubiera hecho.
- En el Congreso no hubo castigo al presidente Néstor Kirchner, pero en el desprendimiento que fue a Plaza de Mayo algunos, muy pocos en comparación, cantaron “Pingüino/ pingüino/ encontrá a los asesinos”.
- El “meta bala” al estilo de Carlos Ruckauf no predominó como hubiera sucedido dos o tres años atrás. Pero estuvo latente en las ideas con frases del tipo de “¿quién defiende los derechos humanos de nosotros, y no de los delincuentes?”.
Oír la manifestación es verificar su magnitud y constatar el dolor, pero también analizar su complejidad sin sumarse demagógicamente a la ola tal como viene. El Estado no puede resolver la inseguridad ni a corto plazo ni en pocos años. Tampoco debe (ni puede) callar ante la preocupación masiva. Pero sí puede hacer algo ya mismo: ponerle decisión y continuidad a una reforma policial, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, pero no solo allí, que corte la relación entre las fuerzas de seguridad y las bandas y pulverice el poder de la Bonaerense como un refugio de pandillas feudales. La ventaja es que algo de ese reclamo estuvo presente también ayer en la marcha, y que Kirchner tiene su popularidad intacta para liderar una transformación policial. Pero si pasa el tiempo todo será más difícil.

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