LA VENTANA

Crónica y ciudad

Rocco Carbone sostiene que si la crónica puede postularse como una suerte de inconsciente de una comunidad urbana, el comunicador puede ser entrevisto como una especie de psicólogo.

 Por Rocco Carbone *

La crónica, en general y en un sentido amplio, es uno de los lenguajes específicos de la ciudad. Uno de los lenguajes a través de los que la ciudad habla de sí misma, habla consigo misma, produce memoria, formula proyectos, resuelve conflictos, alimenta sus propios mitos y sus propias leyendas. En esta serie de cosas es plausible pensar que la crónica –la “espuma” de la vida cotidiana seleccionada por los medios de comunicación masivos– es, como lo son los sueños, un material relevante para analizar el inconsciente de una ciudad. En este sentido, los hechos de crónica pueden ser vistos como síntomas. Síntomas y espías de algo que no es inmediatamente visible porque no se pone en escena.

Detrás del banal evento de crónica, quizás es posible entrever una ciudad que piensa y que delega a un subsector especializado –el de los pensadores-comunicadores– la función de interceptar y entender cuáles son, entre los miles de acontecimientos de una ciudad, los eventos que vale la pena enfatizar y contar. De este modo, los operadores de los massmedia se hacen eco, como una especie de médium, del imaginario colectivo. Mediums que están sintonizados con lo que está fermentando en la mente, en el alma, en la historia presente de su ciudad. Arlt, en su tiempo, fue uno de los más sensibles y de los más expertos en leer lo que estaba en el fondo del ánimo de su colectividad.

El cronista más sensible adquiere así una función cuasi terapéutica –y de alguna manera, catártica– hacia su colectividad. Si elige curiosear en hechos de crónica privados y aparentemente marginales, poniéndolos en primer plano y atrayendo sobre ellos la atención de la opinión pública, es porque, como un psicólogo, el cronista sabe que en esos hechos aparentemente despreciables, casi omisibles, hay más verdad que en el relato racional, documentado, de otras –quizá más espectaculares y más evidentes– historias de vida. Selecciona un evento entre miles porque intuye –“sabe”, quizá– que ese evento puede ser enriquecido de sentido, contado como un mito compartido que agrega y condensa las mentes de los ciudadanos.

La crónica es un gran simulacro-espejo de la vida cotidiana. Un espejo deformado y sin embargo convincente (debe ser convincente) que trata los mitos y la dimensión simbólica de una sociedad urbana a través de una selección arbitraria de los acontecimientos que ésta produce. Después de todo, precisamente porque la mediación selectiva de los media –que transforma un cuerpo infinito de episodios ilegales, lúdicos, privados, ocasionales, a menudo íntimos, en un grupo de eventos “públicos”– está hecha a la “escucha” de un sistema hipotetizado de expectativas del público, del público de una ciudad específica, la “espuma” de la crónica cotidiana local puede adquirir un ulterior valor indiciario. Puede, quizá, ser entendida como un conjunto de síntomas útiles para descifrar el imaginario colectivo de una comunidad urbana. O hasta como su inconsciente.

El trabajo de la crónica local, dicho de otra manera sin decir lo mismo, puede ayudarnos a captar no sólo algunos “acontecimientos del mundo de la vida”, sino también ese conjunto de expectativas, pesadillas, proyecciones simbólicas que una comunidad urbana cultiva y que invisiblemente gobierna y que un buen sistema comunicador (los medios, como solemos decir) sabe aprehender, descifrar, hacer emerger a través de la selección de esos indicios que la ciudad produce de continuo.

Y si la crónica puede postularse como una suerte de inconsciente de una comunidad urbana, de este primer postulado sigue un corolario: que el comunicador puede ser entrevisto como una especie de psicólogo. En el caso de Arlt, una especie de psicólogo callejero: en las Aguafuertes. Viñas, en los ’90, en lo que fue Menemato y otros suburbios. Más acá, diría: Horacio González. Sarlo, también.

* Ensayista. Profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

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