PSICOLOGíA › CONFLICTOS EN FAMILIARES DE DESOCUPADOS

“No puedo porque mi marido está sin trabajo...”

El equipo de Salud Mental de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) da cuenta de su trabajo con familiares de desocupados y sostiene que, en muchos casos, el familiar del desocupado “relega sus propios espacios, a costa de expresar sus emociones en forma de síntomas corporales”.

 Por Elina Aguiar *
y Miriam Vinitsky **

La violencia social tiene como característica borrar las diferencias entre lo público y lo privado; irrumpe en el seno de la familia y la pareja, afectando sus vínculos y proyectos. Los integrantes, víctimas de esta violencia social, se transforman en sus portadores y transmisores. Conceptualizamos la desocupación, dis-ocupación –esto es, condiciones de trabajo que atentan contra la dignidad de la vida de las personas–, e inestabilidad laboral como situaciones resultantes de la violencia social. Estos conceptos tienen relevancia en derechos humanos y configuran un trauma de origen social. La violación del derecho a trabajar en condiciones dignas es una violencia social que nos alcanza a todos, los que trabajan y no trabajan; constituye una situación de amenaza y control social común que condiciona la estabilidad personal, familiar y social.

Ante estas violaciones estamos en estado de vulnerabilidad social (R. Castel, “La dinámica de los procesos de marginalización: de la vulnerabilidad a la exclusión”, en El espacio institucional, Lugar Editorial, 1991). Llamamos vulnerabilidad vincular a la posibilidad de desafiliación de su pertenencia social y del reconocimiento como personas, desvinculación de sus redes y alteración de sus vínculos, ante lo cual el sujeto tiende a exigir a quienes los rodean el reconocimiento jaqueado. En el equipo de Salud Mental de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) venimos trabajando desde hace 12 años con desocupados y, desde hace dos años, también con familiares de desocupados y dis-ocupados. La necesidad de trabajar con familiares proviene de la observación de situaciones patógenas que se generan en los vínculos de familia y pareja; el familiar puede ser tanto un agente patógeno, no consciente de ello, como un importante factor de cambio.

El familiar o pareja está atravesado en silencio por el sufrimiento. Lo naturaliza, no consulta por ello. De ahí surgió la idea de generar un espacio que les permita concientizar y poner en palabras la sobrecarga y desamparo que los afecta.

Las concurrentes al grupo hasta el momento son mujeres: madres, parejas, hermanas de des o dis-ocupados de distinto nivel sociocultural. Los estereotipos de género condicionan al familiar varón a que, más bien que concurrir al grupo de familiares, ocupe su tiempo generando más trabajo. En cambio, no trabajar está socialmente aceptado para las mujeres, que a su vez ocultan que su familiar varón está en situación laboral precaria.

Se tiende a conjurar la incertidumbre configurando vínculos amparador-amparado; ambos quedan fijados en ese rol por la necesidad de mantener, bajo la situación traumática, una esperanza mesiánica. El amparado se somete pasivamente a su papel de impotente y el amparador se resigna con abnegación a las supuestas necesidades y carencias de su amparado, las sobredimensiona y relega sus propios espacios, a costa de expresar sus emociones en forma de síntomas corporales. Estos síntomas no son registrados, son padecidos egosintónicamente; en el grupo de familiares se van haciendo egodistónicos, en la medida en que van tomando conciencia de su sobreadaptación.

Empiezan a cuestionarse su rol de esposas, madres y hermanas sobreprotectoras que “hacen por los otros” casi en forma automática y les “resuelven sus problemas”, impidiéndoles desarrollar sus propias potencialidades y postergándose ellas. La necesidad de creer en la existencia de un amparador y la culpa de ser “la que sí puede” cristalizan los roles amparador-amparado, potente-impotente.

El desamparo que nos produce a todos la inestabilidad socioeconómica y la amenaza de la reiteración de crisis hace que todos estemos, sin saberlo, en una situación de amenaza común.

Cuando se configura una vivencia de vulnerabilidad social, las parejas y las familias tienden a reproducir en su seno las violencias del contexto social. Se pasa de la vulnerabilidad social a la labilidad vincular y de los mandatos sociales al no cuestionamiento, en el seno de la familia y la pareja, de los estereotipos de género.

La amenaza y el terror a la exclusión, a la desexistencia (Janine Puget: “La violencia: un tema inagotable. La creación de des-existentes”, Página/12, abril de 2001), a no ser nadie, a ser sacrificable (Giorgio Agamben: Lo que queda de Auschwitz, Homo Sacer III, ed. Pretextos, Valencia, 2000) y a estar de más, todo esto produce en las relaciones familiares alteraciones patógenas.

En las personas desocupadas se hacen presentes la exigencia y los reproches; por ejemplo, exigen a sus parejas o a sus familias que revaloricen su autoestima: “Mostrame que valgo”; “¿Soy algo para vos si no tengo trabajo?”. En los vínculos de pareja y familia se deposita la pretensión, imposible, de resarcir al otro de su no lugar. Se sigue un circuito de frustración, acusaciones, violencia. Al ser despojada de su lugar laboral, la persona puede aferrarse a la pareja, a la familia, en demanda de sostén, seguridad, reconocimiento y valoración, dado que la pareja y la familia son lugares de pertenencia, reconocimiento y continencia. Al conformar una pareja, ambos miembros contratan, por así decirlo, a un reconocedor permanente, pero, llegadas ciertas situaciones, no puede contener lo que es imposible de ser contenido (Aguiar E., “Ocupándonos de la desocupación”, en Prevención en salud mental, comp. Elsa Wolfberg. Lugar Editorial, 2002).

Bajo estas situaciones de violencia social, las relaciones entre los miembros de la pareja son atacadas. En el vínculo de pareja se puede hacer entonces una regresión al estado de reproche de la pareja (Isidoro Berenstein y Janine Puget: Psicoanálisis de la pareja matrimonial, ed. Paidós, 1988), estado esperable luego del enamoramiento, pero que aquí se enquista, en tanto el otro integrante de la pareja no obedece a lo esperado socialmente de él.

Quizá sean parejas que antes de la desocupación o subocupación eran o parecían cuestionadoras de los estereotipos de género, pero, conmocionados por la violencia social, vuelven a un estadio anterior del pensamiento y necesitan certezas, verdades únicas, universales, verdades que castigan, estigmatizan o anulan a quienes caen al margen de ellas. La regresión en el pensar es paralela a la regresión al estado de reproche. Necesitan certezas, no cuestionan ya los mandatos sociales.

De modo que, ante la amenaza de exclusión social, suelen producirse en el vínculo de pareja dos regresiones: el estado de reproche y la necesidad de certezas.

Ante la incertidumbre y la amenaza, las familias y las parejas se conducen bajo la suposición de carecer de los recursos para enfrentar aquello que no conocen. Todo vínculo es impredecible, no es anticipable. Esto de por sí produce angustia y perplejidad. En las situaciones donde desde el Estado se permite y tolera la violencia social, la angustia y la perplejidad quedan sobredimensionadas en los vínculos. En todo vínculo se genera diferencia, ajenidad. En situaciones de violencia social, el otro irrumpe produciendo caos y desorganización psíquica, dado que los organizadores psíquicos están violentados (Janine Puget: “Violencia social y psicoanálisis. De lo ajeno estructurante a lo ajeno-ajenizante”, en Violencia de Estado y psicoanálisis, Centro Editor de América Latina, 1991).

En nuestra experiencia, desde el psicoanálisis, en el trabajo con grupos de des o dis-ocupados o sus familiares en un organismo de derechos humanos, favorecemos los procesos de humanización al contener, significar y recibir testimonio de esas situaciones traumáticas. El hecho de validar su amenaza de exclusión como una disrupción violenta, desde nuestra institución, los humaniza. A partir de la trayectoria de la APDH, que durante la dictadura concretó una salida del lugar de víctima y se transformó en motor de significación, denuncia y cambio, esta transformación subjetiva es allí posible.

Este grupo, al funcionar en la APDH, tiene un efecto transformador: quienes defienden los derechos humanos alojan a un grupo que sufre por los efectos desestabilizadores y cercenantes del trabajo precario, inestable o de la falta de trabajo. No sería lo mismo atender a estas personas en un consultorio privado o en una institución psicoanalítica o de otro orden.

El grupo, entonces, como motor de acontecimiento. Estos familiares hacen un cambio transformador que se convierte en situación acontecimental (Ignacio Lewkowicz, “Traumas, acontecimientos y catástrofes en la historia”, www.pagina12web.com.ar/diario/psicologia/9750520020711.html I. 2002). A partir de su transformación subjetiva, el acontecimiento no se reduce a una perplejidad frente a lo inaudito, sino que implica transformar la configuración desestabilizada.

Después de varias sesiones en el grupo de familiares, estas mujeres pueden vivir la situación poniendo y poniéndose límites; se posicionan de una manera diferente. En el grupo, pudieron darle un sentido al trauma, ser reconocidas como padeciéndolo, y no quedaron atrapadas en la situación que las inundaba y las llevaba a postergarse. Se corren de aquel lugar de víctimas y victimizadas, liberan al familiar de la estigmatización y victimización secundaria, y favorecen que se recupere como persona.

Gracias al trabajo grupal, lo que pudo ser una situación de catástrofe les permite posicionarse de otra manera frente a la violencia social. Les resulta muy importante poder testimoniar lo que les sucede y tener quién acoja estas vivencias.

Es de destacar la importancia de la respuesta del contexto social a la amenaza de exclusión, en el modo en que cada pareja, cada familia tramitará esta situación traumática (H. Stoffels y otros: Efectos psicosociales de la represión en el Cono Sur, ed. Instituto Goethe, Córdoba, 1994). Cuando pasan a insertarse, junto a otros, en acciones transformadoras con otros, y son reconocidos en otros estamentos sociales, al ser contenidos por una estructura social más amplia, su desvalimiento se mitiga. Pasan de ser víctimas, o espectadores, a ser testigos y actores de transformación. Se trata de visibilizar, de desnaturalizar, de de-construir, entre todos, las situaciones de opresión.

La subjetividad se construye y de-construye con otros; entre todos que podremos lograr el derecho a tener derechos, incluso el derecho a tener proyectos y a trabajar con dignidad.

* Psicóloga. Covicepresidente y secretaria de Salud Mental de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

** Psicóloga. Integrante de la Comisión de Salud Mental de la APDH.

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Imagen: Daniel Jayo
 
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