PSICOLOGíA › A PARTIR DE SITUACIONES QUE SE DAN EN EL áMBITO EDUCATIVO

Encarar la violencia según sus causas

El autor examina las causas de la violencia escolar, entendiendo “que las innumerables explicaciones displicentes y estereotipadas no aportan soluciones concretas, ya que mal disimulan prejuicios sociales y morales”, y propone tres ejes de acción modificadora.

 Por Claudio Jonas

No es la violencia en sí misma la que nos debería preocupar, ya que no es un fenómeno esencialmente negativo, sino que son algunos de sus destinos cuali o cuantitativos los que requieren acciones acordes a sus causas.

Y es aquí donde el análisis pormenorizado de esas causas determinantes puede convertirse en herramientas de máxima precisión.

Conocemos por lo menos dos fuentes de malestar, dos estructuras que por su misma configuración predisponen a los conflictos: la económica y la psíquica. Ambas transcurren en un equilibrio inestable, resultado de la lucha entre fuerzas que se oponen y dan lugar a efectos disímiles.

La estructura económica “globalizada” es progresivamente injusta y, al mismo tiempo que es violenta en su propia defensa, genera una violencia reactiva que de manera más o menos organizada expresa desacuerdo, intolerancia o desesperación.

La estructura psíquica, en los diferentes momentos de su desarrollo, va encerrando también condiciones predisponentes a la violencia.

Finalmente, podemos decir que los humanos cargamos con la violencia inmanente al reino animal, con la consecuente al lugar que ocupemos en el orden socioeconómico y con la que se origina en el espacio de nuestra propia estructura psíquica.

De más está decir que la sumatoria de varios determinantes no solamente es posible sino que se constituye –muy a menudo– en un enmarañado efecto difícil de desentrañar.

¿La dificultad para deslindar las causas determinantes nos exime del esfuerzo por reconocerlas?

¿El hecho de identificar causas diversas augura algo más que la satisfacción intelectual de haberlas señalado?

¿Acaso para resolver algo que se nos aparece como un síntoma en el contexto de un statu quo es necesario conocer lo que lo origina?

La respuesta es obvia y cae por su propio peso: es insensato alentar alguna esperanza en resolver un fenómeno sin conocer lo que lo determina. Mucho menos posible es implementar acciones que prevengan su reaparición si se reniega de los factores intervinientes y rayano con la más absoluta ignorancia o la mala intención es la reiteración de sermones moralizantes que apelan a los esfuerzos de voluntad para erradicar la violencia.

¿Qué implicancias prácticas se desprenden de estas consideraciones precedentes?

- Que existe una percepción no reflexiva, por la cual al mismo tiempo que se reivindica la violencia como recurso válido en la historia de la humanidad, se la desconoce como hecho de violencia;

- que la violencia, en sus diferentes formas, está institucionalizada como método pedagógico, preventivo, curativo;

- que al ser convocados a expedirnos, tanto en casos individuales como en los de violencia familiar o social, deberíamos ser prudentes e incluir entre las posibilidades lógicas la reacción a formas de violencia asimiladas como adecuadas para nosotros. (La injusticia estructural no suele ser percibida como violenta por quienes no la padecen, por lo que suelen sorprenderse genuinamente cuando los que la sufren se “violentan”);

- que la intolerancia a la frustración, propia de los dos o tres primeros años de vida, debería ser tomada en cuenta y bien resuelta a través de adecuadas acciones preventivas ya que, cuando se convierte en parte integrante de la estructura psíquica, alcanza por sí misma como determinante suficiente de un gran espectro de acciones de violencia. En todos esos casos es fácil observar cómo el factor común es justamente esa intolerancia a la frustración o a las diferencias (fundamentalismos religiosos, xenofobias, racismos, discriminaciones políticas, fanatismos deportivos, crímenes pasionales, familiares, suicidios, etcétera);

- que sea habitual considerar a muchos chicos como violentos y sancionarlos como tales cuando se desconoce que dentro de los dos primeros años de la evolución infantil es normal la expresión de actitudes que expresan lo que se denomina “sadismo”. Los chicos disfrutan de ello aunque sin conciencia del dolor provocado (muerden, tiran de los pelos, pellizcan, arrojan objetos contundentes);

- es frecuente que en el ámbito escolar se destape, alrededor de los 9 años, una seguidilla de juegos cada vez más violentos, en el que se involucran con más fuerza los varones y cuyos destinatarios sean los propios compañeros y compañeras (una investigación desprejuiciada suele descubrirnos una mezcla de curiosidad y excitación sexual desconocida, repudiada e insatisfecha; así como búsquedas de identidades genéricas socio-culturales);

- que las innumerables explicaciones displicentes y estereotipadas (“es hijo de padres separados”, “no le pusieron límites”, “viven en la villa”, “el padre los abandonó”, “la madre es prostituta”, “es hijo de padres que le dan todos los gustos”, “es hijo único”, “el padre o la madre no están nunca en la casa”, etcétera) no aportan soluciones concretas, ya que no son realmente explicaciones, sino que mal disimulan prejuicios sociales y morales; de ninguna de ellas puede decirse que es causante directa de violencia. Las mismas condiciones de convivencia se pueden observar en personas sumisas incapaces de defenderse lo mínimo indispensable;

- que establecer relaciones de causa efecto entre las escenas de violencia consumidas por TV y el incremento de la violencia juvenil es un argumento que no resiste el menor análisis (esta afirmación merece un desarrollo particular). En todo caso el acento debería orientarse a la prevención de las condiciones que predisponen a la sugestión;

- aunque parezca ocioso no es indiferente distinguir entre condiciones predisponentes y desencadenantes de la violencia. ¿Por qué?, porque, por ejemplo, las malas condiciones socioeconómicas pueden afectar a un sujeto y, en esas circunstancias, una frustración o una pérdida afectiva, irritarlo hasta la violencia: contra sí mismo o en contra de otros. Y viceversa: un trastorno psíquico –no necesariamente grave– puede obstaculizarle su desempeño escolar o laboral y habilitarle la “salida fácil” hacia la delincuencia en la cual busque resolver su baja autoestima o su dudosa identidad (Freud describió también a los delincuentes por sentimiento de culpa);

- la inclusión de la violencia contra la propia persona entre los demás fenómenos del mismo tipo es de por sí un escollo a las explicaciones y soluciones unicistas.

Resumiendo:

Por lo menos tres ejes convergentes deberían guiar las acciones que atemperen la violencia:

a) la economía orientada hacia la satisfacción de las necesidades de los individuos. Obligación que compete a los artífices de las políticas económicas; y de las que no deben estar ausentes los proyectos educativos. (Haciendo uso de sus saberes para la resolución de necesidades cercanas y concretas);

b) la educación encarada, desde el mismo momento del nacimiento, en función de los requerimientos psicoafectivos de los niños y no en función de las expectativas prejuiciadas de los adultos. Ya que tanto las supuestas herramientas educativas como muchas de sus metas están cargadas de violencia, aunque se las esgrima como no violentas y dejan latente la predisposición a sus extemporáneas manifestaciones;

c) el abordaje de los desbordes cuali o cuantitativos deben enfocarse a la ponderación de los factores predisponentes y a los desencadenantes. Incluyendo aquí la posibilidad de encontrarse con distintos factores de multideterminación psíquica. Capacitarse en la detección de causas y circunstancias proclives a las manifestaciones violentas es imprescindible para no convertirse en generador involuntario y poder prevenir, atenuar y resolver dentro de lo posible –porque la infalibilidad no existe– exabruptos violentos y de los otros.

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Imagen: Rafael Yohai
 
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