PSICOLOGíA › RECUPERACIóN DE UN ADOLESCENTE

Destatuarse

 Por Andrea Homene *

Axel transitaba su adolescencia en un marco complejo: su padre había muerto en un enfrentamiento con la policía; su madre hacía lo que podía para, con escasos recursos económicos, sostener a sus hijos. También vivía con ellos un tío, recién salido de cumplir condena en un penal, que lo humillaba y le desa-taba todo tipo de fantasías homicidas. Axel mismo estaba involucrado en un delito por el que debía responder ante la Justicia. En su rostro y en su mano derecha se había hecho tatuar un símbolo que en el ambiente de la marginalidad remite al asesinato de policías. Desafiante y provocador, intentaba afirmarse por medio de actitudes intimidatorias.

Sin embargo, le agradaba concurrir a las entrevistas psicológicas que, en el contexto de su causa penal, mantenía conmigo. Entonces su actitud cambiaba, se relajaba y podía desprenderse de su fachada agresiva para dejar paso al chico que no sabía de dónde sostenerse y que caía en estados de angustia muy profundos. Era tal su desorganización que los distintos actores que, desde el ámbito de la Justicia, intervenían en el caso, se preocupaban en medida inhabitual por él y por su futuro.

La indicación de tratamiento psicológico por fuera del ámbito judicial encontraba la férrea oposición de Axel: él decía que ya tenía psicóloga y que no iba a hablar con nadie más. Si bien, como integrante del equipo técnico de la defensa, no conduzco tratamientos de los jóvenes asistidos, era inviable interrumpir esas entrevistas, ya que se había instalado un vínculo transferencial que ameritaba la continuidad del trabajo. Axel concurría asiduamente y llevaba a cabo un genuino trabajo analítico.

En ese contexto, empezó a tomar forma para él un anhelo: ingresar al cuerpo de bomberos. Pero había una dificultad: para poder ser admitido, debía borrar de su rostro y de su mano esos tatuajes. Para un joven sin recursos económicos y con un acceso más que limitado a los sistemas de salud, resultaba una tarea muy difícil.

El equipo de la defensa emprendió entonces una búsqueda por distintos hospitales y centros privados, en procura de un lugar donde se pudiera hacer esa intervención. Pero el tiempo pasaba, los recursos se demoraban y Axel no tenía mucha capacidad de tolerancia. Los tiempos subjetivos en la adolescencia son mucho más urgentes y, en estos casos en los que el proyecto de futuro es casi una quimera, los chicos funcionan en una lógica de inmediatez, donde no hay intervalo de espera posible. Así fue como, en una oportunidad, hastiado de esperar, Axel reaccionó violentamente: me mandó “a la mierda”.

Desde luego, no respondí a su agresión en el mismo plano; decidí esperar, darle el tiempo que él no podía darnos. Nos preocupaba, claro está, qué sería de él: su impulsividad podía, y de hecho ya había sucedido, llevarlo a situaciones de riesgo. Pero entendimos que no debíamos “cuidarlo” sino, mejor, soportar la afrenta, permitirle que atacara sin sufrir represalia. La transferencia me había ubicado en ese lugar que los adultos, generalmente los padres, deben ocupar para con sus hijos adolescentes: estar ahí, sosteniendo y a la vez dispuestos a ser barrados, aunque este movimiento implique recibir ataques.

Permanecí, a la espera de su regreso, y regresó. Tímidamente, como esperando un reto, se presentó una mañana. Se lo veía más “grande”, con un discurso mucho más fluido. Después de nuestro último encuentro, Axel había sufrido un duro golpe: su amigo, su compañero, se había suicidado. La castración se había anunciado nuevamente en su vida con extrema crueldad.

Ya no tenía aquellos tatuajes.

Tras comentar distintas alternativas de su vida, Axel decidió “explicar” los motivos de su ataque hacia mí: él esperaba que yo le solucionara sus problemas, le consiguiera el cirujano, le procurara un empleo. Esperaba “todo” de mí.

Su decepción, producto del encuentro con lo que podríamos llamar la castración en el Otro, lo había hecho reaccionar violentamente: atacarme, aniquilarme, matarme simbólicamente. No es sencillo de soportar, para quienes transitan ese momento de su vida, el encuentro con el Otro que no lo puede todo. Pero ese encuentro le permitió hallar a su vez la posibilidad de desasirse del vínculo que reeditaba su dependencia. Sin por ello ser castigado. Sin que yo me muriera de verdad.

Dejar de esperar de mí le había abierto el camino para afirmarse en su propio deseo. Había tomado a su cargo la búsqueda de un profesional que pudiera quitarle los tatuajes, marca de su pasado desafiante. Lo había logrado, no sin dificultad, evidenciando recursos que su posición de dependencia ocultaba. Había ingresado al cuerpo de bomberos, y trabajó allí hasta que su amigo se quitó la vida. Decidió entonces que no podía seguir en ese espacio que habían compartido; necesitaba cuidarse por un tiempo, no exponerse a situaciones que le recordaran continuamente a su compañero. Mostraba así que también podía cuidarse solo, y darse tiempo para recuperarse: respetarse el duelo.

Dispuesto a enfrentar las consecuencias de su conflicto con la ley, y contándome sus proyectos laborales, Axel se despidió de mí cálidamente; hasta piadosamente, diría. El había crecido, se había encontrado con sus recursos y sus límites. Y pudo prescindir de mí, finalmente destituida del lugar del sujeto-supuesto-saber, recobrada mi condición humana.

* Psicoanalista. Perito psicóloga en la Defensoría General de Morón.

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