PSICOLOGíA › BAJO EL “DISCURSO CAPITALISTA”

Goces parasitarios o goce sexual

 Por Stella Maris Rivadero *

Es importante distinguir y diferenciar los goces parasitarios adicciones, anorexia, bulimias, los goces que arruinan el gozar de la vida del goce místico y de aquellos otros donde la pulsión queda domeñada, operando la represión, y en consecuencia se puede dar lugar a la sublimación, a la creación y al encuentro con otros. En la clínica, escuchamos, por un lado, a jóvenes, y no tanto, con desenfrenos sexuales sin importar el sexo del partenaire, y por otro lado aquellos que no están interesados en los encuentros sexuales o amorosos, como si hubiese una jubilación del goce sexual y del enamoramiento. Estos últimos suelen ser gente exitosa en su trabajo, con gran despliegue de vida cultural y social, con amigos, con rutinas de gimnasio y cuidado del cuerpo y la imagen.

También hay parejas que, viviendo juntos y durmiendo juntos, no hacen el amor, sin que esto acarree algún cuestionamiento o pregunta. Generalmente acuden por otros motivos. Algún traspié laboral, alguna leve depresión después de un cumpleaños que marca el cambio de década, o son los amigos los que sugieren un análisis; en el caso de las parejas que consultan, lo hacen por las peleas especulares casi permanentes. Parejas cuyo motivo de consulta son “las diferencias de criterios”: discuten o pelean todo el tiempo sin discriminar lo banal de lo importante. Enfrascados en mostrar sus peleas en la escena de las entrevistas, nada dicen de su intimidad. Cuando les pregunto acerca de su vida sexual, suelen mirarse perplejos, incluso a veces reírse y decir que hace años o meses que no tienen contacto, pero que esto no es un problema, el obstáculo son las peleas que les impiden disfrutar de todos los bienes adquiridos, las excelentes posiciones laborales y los innumerables viajes. No les falta nada pero, a pesar de eso, algo no anda.

¿Qué es gozar de un cuerpo? Es abrazarlo, apretarlo, acariciarlo, besarlo, olerlo y también ofrecerse a ser abrazado, apretado, acariciado, besado y olido. Entonces, ¿qué fracaso estructural promueve cada vez más estas presentaciones asexuadas? ¿Qué podemos decir con respecto a un cuerpo que es reducido a mercancía en serie, apto para consumirse en el mercado global? ¿Qué del discurso de la época que oferta un uso y reciclaje ilimitado del cuerpo? Se monta el cuerpo como espectáculo que se ofrece a ser mirado, admirado, reciclado, pero que no se prepara para el encuentro amoroso. Cuanto más se lo exhibe, menos existe en lo real de las redes del amor, anulado en proporción inversa a su exposición.

El discurso de la ciencia permite la ilusión de cuerpos potencialmente perfectos. Un cuerpo como mercancía no es lo mismo que un cuerpo como morada del sujeto. Para gozar se necesita de un cuerpo. Y la dimensión del goce es la del descenso hacia la muerte. Los objetos de consumo que la sociedad ofrece y prescribe no llenan el deseo humano, ya que éste es una cifra particular y original de cada sujeto.

El discurso capitalista abona la idea de que no hay nada del goce que esté prohibido. Pero esta saturación es imposible de ser efectuada totalmente, salvo matando al deseo mismo, ¿que sólo existe por ser insatisfecho? El discurso capitalista satura matando el deseo, comanda la producción de objetos de saturación, sustancias para olvidar. El sujeto se encuentra atrapado en este circuito sin fin donde –en el decir de Lacan– el consumo se torna consumición. Esto produce efectos devastadores: segregación, depresión, ambición, consumo frenético e insaciable con una permanente e insistente demanda de y por más.

En cambio, el encuentro amoroso enmarca un entrecruzamiento del deseo y el amor; en consecuencia, está subordinado a que allí se tejan inhibiciones, síntomas y angustias.

* Extractado de un artículo que se publicará en el próximo número de la revista Imago-Agenda.

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