PSICOLOGíA › POETICA, MILITANCIA Y QUIEBRE DE LA SUBJETIVIDAD

Tres cuestiones constitutivas

 Por Jorge Aleman *

Hay tres cuestiones constitutivas que, como una impronta de juventud, determinaron mi experiencia ulterior. Las enuncio sin establecer ningún orden jerárquico entre ellas. En primer lugar, la experiencia política del proyecto de emancipación, su estilo mesiánico y redencionista, la idea, en definitiva, de que hay algo en la historia humana más importante que la propia vida. Esta experiencia fue, de entrada, atravesada por las impasses que inevitablemente se fueron imponiendo; los motivos sacrificiales como “significantes amos” sostenidos más allá de cualquier realidad política, la retórica del hombre nuevo como comienzo absoluto, que, como sucede con todo comienzo que se pretenda absoluto, se vuelve un lugar propicio para albergar la pulsión de muerte. La “necesidad histórica de la revolución” devino un teologema salvífico que encubría la contingencia histórica de diversos relatos políticos que, de un modo heterogéneo, se desplegaban en la Argentina. Pero reconocer las impasses de una experiencia o, incluso, localizar en ella la imposibilidad que la habita, no me impide reconocerla como un legado, una herencia imprescriptible que no se puede abandonar. Se trata en definitiva de una herencia que exige ser mantenida en su tensión, en su elaboración, en sus sueños y en su duelo.
La otra experiencia es la poética. Desde mi adolescencia tuve trato con poetas, o con quienes gustaban de practicar una escritura orientada por la imposibilidad de escribir. Leyendo a poetas que sabían ponerse al servicio del silencio y la cifra, tuve un presentimiento de ciertas tesis lacanianas. La tercera experiencia fue la intuición de la fractura de la subjetividad, el hecho de vislumbrar que no nos podemos curar de esa fractura, que ninguna identificación o insignia puede suturar la herida inaugural. Tuve de esto noticias tempranas, antes de conocer la tesis lacaniana del sujeto. Lógicamente, yo experimentaba eso con desesperación y padecimiento, e intentaba con la escritura, la militancia y, después, el psicoanálisis, solventarlo. Cuando escuché la teoría lacaniana, en su lectura de Freud, del sujeto dividido, sentí una suerte de poderosa confirmación.
De Oscar Masotta recuerdo la ronquera de sus días finales, recuerdo el talento de su enunciación entrecortada, la sutileza final en la escansión de una frase. Como muchos argentinos de la época, era un hombre angustiado, en el sentido noble del término: alguien que, contra toda circunstancia, tiene que volver a elegirse; desarraigado, ilegítimo, sin patrimonio, en tierras extranjeras, eligiéndose a sí y a sus proyectos. La suya fue una proeza intelectual incomparable. Sí, todo esto suena muy sartreano, pero en todos nuestros dilemas habita algo de Sartre. El que, en El ser y la nada, defendía una posición que lo conducía al que llamaba “psicoanálisis existencial”: poder alcanzar cada uno su propia elección primordial y actuar en consecuencia, sin excusas, sin justificación, sin garantías y, desde allí, asumir “el proyecto”. En Crítica de la razón dialéctica, Sartre ya se había involucrado en “la filosofía insuperable de nuestro tiempo: el marxismo”; entonces, el proyecto debía ser sustituido por la “praxis”, y la subjetividad debía dar paso al “grupo”.
El hiato entre una subjetividad irreductible y una praxis históricopolítica es un dilema sartreano transmitido a nuestras generaciones; Masotta está en esa encrucijada, y, en cierto modo, la enseñanza de Lacan es una reformulación de este problema: ¿cómo inscribir la constitución de lo más íntimo del sujeto en la vertebración de la matriz social?

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Cuando llegamos a España, al no haberse exiliado nunca la clase política argentina como tal, hubo una dificultad por parte de los españoles para considerarnos exiliados. Todavía recuerdo a Balbín en 1977 o 1978, diciendo por la televisión española que estaba orgulloso de no haber salido nunca de la Argentina, para luego afirmar frente a la cámara y muy tranquilamente que los desaparecidos estaban muertos. Fue una noche siniestra. Además, los chilenos, por ejemplo, venían del partido socialista o del comunista, partidos traducibles para Europa, mientras que los argentinos llegábamos como una suerte de aventureros excéntricos; sólo los ambientes muy politizados estaban al tanto de nuestra situación.
En mi caso personal, esto fue una ventaja, porque me permitió liberarme del acento victimista que, a veces, implica la palabra exiliado; siempre preferí pensar el exilio más allá de la circunstancia política concreta, como el hecho estructural y constitutivo de la existencia humana. El filósofo español Eugenio Trías considera al exilio y al éxodo como una condición ontológica de la “existencia sin fundamentos”.

* Psicoanalista. Autor de El inconsciente: existencia y diferencia sexual y Notas antifilosóficas. Fragmentos de un diálogo con Mario Pujó publicado en Psicoanálisis y el Hospital Nº 28 (de próxima aparición).

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