SOCIEDAD › LAS HIJAS Y LA ESPOSA DE DARIO CELLE HABLAN ANTES DEL ACTO POR LAS VICTIMAS

“Nos decimos familia del dolor”

Prepararon pancartas y remeras con fotos para el acto de hoy, en Plaza de Mayo. Dicen que encontrarse con otros familiares y sobrevivientes de la tragedia les permitió elaborar un duelo. Y mantenerse firmes en el reclamo de justicia.

 Por Soledad Vallejos

La que siempre tomaba ese tren a esa hora era Karen, pero ese día lo perdió. Y viajó su padre.
Imagen: Jorge Larrosa.

Karen Celle dice que aunque la elevación a juicio oral consoló un poco la tristeza, la sensación no se va. “Para nosotras no pasa el tiempo. Vivimos siempre en esa misma semana. Y todos los días sigo llegando a Once. No sabés lo que fue. ¿Cómo hice? Lo tomé como un desafío contra el tren, como decirle ‘a mí no me vas a poder’.” Cae la lluvia sobre Mariano Acosta, partido de Merlo. Juana Benítez, madre de Karen, va y viene por la cocina de la casa de frente rosa; el bullicio de tres niños llega desde la habitación. Son los hijos de Lorena, hermana de Karen, que calla mientras pinta con corrector blanco una cartulina negra que recuerda el 22 de febrero de 2012, pide “Ju5tc1a” (los números remiten a la cantidad de muertos en la tragedia) y recuerda “Darío Celle te amamos”. El ausente, el padre de las chicas y marido de la señora morocha que bate café por no quedarse sentada, iba en el tren que chocó contra la estación hace un año. Darío no solía tomar ese tren, pero ese miércoles quería ir a la avenida Córdoba a comprar repuestos para su moto; Karina llegaba a la estación de Merlo cuando el tren partía: lo perdió por no correr; no sabía que su padre estaba ahí. “Pienso que fue algo que no tenía que ser. Capaz que el destino se invirtió”, dice Karen. La que siempre tomaba ese tren a esa hora era ella.

Al lado, en la habitación, dos nenas arregladas como muñequitas y un nene camino a la adolescencia juegan entre risas. Desde un rincón, los vigila “el altarcito” que Juana, la viuda, armó para tener siempre a la vista a ese hombre corpulento que fue “el amor de mi vida”: una foto pegada a un cartón negro, las cuentas blancas de un rosario de plástico cayendo en un extremo, la sonrisa de Darío Celle en una foto algo borrosa. En unos minutos, de entre fotos desparramadas sobre la mesa, alguien hará emerger la tarjeta que el hombre de la sonrisa escribió a Juana en junio de 2011, cuando cumplieron 28 años de casados. Poco después, la propia Juana traerá una de las remeras que se mandó hacer para participar en los actos para pedir justicia: al frente, la foto de ella y su marido; sobre la espalda, impresa la tarjeta tal como fue escrita de puño y letra. “Sé que te amo como la primera vez que te vi y te pedí que fueras mi esposa. Tuyo para siempre. Darío.”

–Cuando se hizo esa remera, la trajo y la colgó ahí, de esa silla. Para qué. Resulta que yo entro distraída y no entendía nada. Pegué un grito. Parecía que era papá que la había escrito –cuenta Karen, y todas ríen de la ocurrencia. “Mi loco, mi loco lindo”, susurra Juana mientras camina hacia el armario para guardar la remera que posiblemente usará hoy, en los actos para recordar el primer aniversario del día que le cambió la vida.

Encontrarse con otros familiares y sobrevivientes de la tragedia les permitió elaborar un duelo. “Nos decimos familia del dolor, porque lamentablemente todo lo que pasó generó un hermoso grupo. Una, dos veces por semana nos juntamos. Los abogados nos explican cómo sigue la causa, qué falta. Pensamos y consultamos qué queremos hacer. Todo lo decidimos ahí, todo lo conversamos”, cuenta Karen. El tiempo pasa pero no.

–Cierro los ojos y vivo ese día –dice Karen.

Hace un año, temprano en la mañana, llegaba al andén cuando el tren empezaba a cerrar las puertas. No lo corrió, la formación se alejó. Horas después alguien les contaría que primero Darío había ido de Merlo hasta Moreno, al final del recorrido, por viajar sentado hasta Once. Darío iba conversando con Mario, un vecino que, poco antes de llegar a Once, para fumar un cigarrillo cambió asiento en vagón por furgón.

–Y Mario nos contó que le dijo “¿Seguro no me acompañás? Mirá que este tren viene andando medio mal, eh?”, y que mi papá, que era medio gordito, se agarró la panza y le dijo “mirá todo lo que tengo para defenderme” –-acota Lorena.

Lo saben porque con el correr de los meses, además de sumar fuerzas con la “familia del dolor”, procuraron reconstruir cada instante de ese viaje, cada uno de los últimos minutos de la vida de Darío.

–¿Por qué?

–Porque necesitás saber qué pasó. Qué vio. Cómo fue –explica Karen.

Contrataron un perito forense que evaluó actuaciones y autopsia y les dijo: que Darío iba sentado, que el asiento de adelante se desprendió y fue contra él, que lo mismo pasó con uno de los portaequipajes que suelen estar sobre los asientos, que murió velozmente. Karen no puede dejar de recordar que ella llegó a Once en el tren siguiente, “llenísimo iba”, que la formación se detuvo antes de llegar al andén y obligaron a los pasajeros a caminar por las vías. Había “bocinas, bomberos por todos lados, policías todos de negro. Nosotros bajamos anonadados. Lo que menos imaginaba es que mi papá estaba ahí”.

Se dieron cuenta poco antes del mediodía. Juana estaba trabajando en una casa, Karen llegaba a Palermo para hacer lo propio, Lorena, que alterna horas como ama de casa con el dictado de clases de inglés en una unidad básica, estaba en pleno trajín de madre de tres chicos. Darío no tenía obligaciones a esa hora: hacía “trabajos independientes” porque “no le gustaba tener patrón”, explican sus hijas. Por eso recién sospecharon que algo podía haberle pasado cuando notaron que sólo él no había llamado a Karen para preguntarle si el tren del accidente había sido el suyo. “Eso y que no respondía el teléfono”, dice Lorena.

Entonces empezó el peregrinaje por hospitales. Treinta horas pasaron hasta que en la morgue alguien les pidió que reconocieran a un hombre que encajaba con la descripción que ellas daban. Lo enterraron al día siguiente. Fueron tres días sin dormir.

–Fue el primero en vender CD truchos acá en Merlo. En Superí y Balbín estaba. Lo conocía todo el mundo –recuerda Karen.

–Toda clase de CD. Cuando murió Rodrigo trabajamos todos, fue el boom. Tanto que nos fuimos tres días a la costa –dice Lorena, que en el “todos” incluye también a Darío, el hermano menor, que se lleva mal con hilar recuerdos y pelear judicialmente, pero acompaña como puede.

–Ahora a lo último trabajaba en la remisería Tiago. Por eso todos los autos tienen el cartel del acto y dijeron que van a llevar a la Plaza de Mayo a la gente que quiera ir –explica Juana.

Lorena nunca levanta los mensajes que le dejan en el celular porque gasta mucho crédito. Pero al mes del accidente, cada vez que lo prendía, le saltaba un cartelito de aviso que la hastiaba. Decidió escucharlos.

–Había uno que sólo se escuchaban ruidos, un estallido. Mi papá había llamado desde el tren antes de que llegara. También había llamado a mamá.

“Negra, me voy a comprar repuestos”, decía el mensaje, dice Juana, que estaba limpiando en la casa donde trabaja cuando su marido le informaba sus movimientos.

El llamado quedó registrado porque el teléfono estaba apagado; la grabación sigue ahí; cada tanto Lorena la reproduce para recordar.

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