SOCIEDAD › CRONICA DE UN VIAJE EN EL ARCTIC, EL BARCO DE GREENPEACE

Militantes de alta mar

Una periodista de Página/12 acompañó la travesía del imponente rompehielos durante una semana, junto a sus 23 tripulantes de distintas nacionalidades. Los secretos y los personajes de una nave que lleva recorridos kilómetros de mares y hasta se metió en el área de exclusión de una base aérea de EE.UU. para detener un misil.

 Por Alejandra Dandan

Desde el Arctic Sunrise
Latitud 45º52’S, Longitud 67º28’O. Puerto de Comodoro
Rivadavia. Nublado.

Faltan tres horas para zarpar. Aun así, al capitán se le puso en la cabeza que toda la tripulación debe embarcar. Alfonso Grande, el capitán de frondosas patillas morenas, ex oficial de la marina mercante española y ecologista converso, tiene sus razones: en el barco no viajan prófugos de la Justicia ni seguidores de Bin Laden o fanáticos de Al Qaida. Pero sus marineros están convencidos de que una canilla abierta estropea el planeta o la soja transgénica es uno de los males mayores del momento. Una filotendencia riesgosa, capaz de convertirlos en blanco de las peligrosas patrullas antiterroristas: prefectos, policías, jueces o fiscales de cualquier región del mundo que desde el 9-11 se dedican a la caza de todo aquello que huela a protesta social. Página/12 viajó una semana con los nuevos perseguidos: la tripulación del Arctic Sunrise, un rompehielos de Greenpeace, parte del star system de los ambientalistas que lleva recorridos kilómetros de mares entre la Patagonia y Alaska, Hong Kong y China, que se metió alguna vez hasta en el área de exclusión de una base aérea norteamericana para intentar detener un misil y vino a la Argentina para participar de una campaña de promoción de la energía eólica.
Las temporadas militantes en el Arctic Sunrise pueden parecerse a una tarde de súper acción o a una pesadilla, especialmente para los invitados. El barco no es un barco normal sino un rompehielos. Un gran cuadrado de 25 metros de largo, tres pisos de unos 25 metros de alto y unos 50 metros de eslora, una profundidad más pequeña que la de los cruceros o embarcaciones de carga. Perfecto para sumergirse en las heladas pampas antárticas, pero sin porte suficiente para meterse con destreza entre las endemoniadas olas del Mar Argentino.
Las escuetas dimensiones fueron ideales durante las primeras semanas del viaje. El barco comenzó la misión con el capitán Alfonso en Santiago de Chile, los primeros días de febrero. Atravesó el Pacífico y después de un mes desembocó entre los hielos continentales de la Patagonia chilena. Los ecotripulantes llevaron a cabo ahí mismo una de sus acciones superesteleras. Vestidos con inmensos trajes de neoprene, abandonaron el barco en gomones, a pie y en un helicóptero. Pisaron los hielos como si fueran parte de un alunizaje y documentaron grietas inmensas entre los témpanos para denunciar que las grietas no eran grietas sino trágicos efectos del recalentamiento del planeta.
Pero los problemas reales empezaron más tarde. Cuando el hielo se hizo agua, agua y mar profundo en las costas patagónicas de la Argentina. El capitán Alfonso había dejado el extremo sur chileno en dirección a Río Gallegos. El barco se detuvo primero ahí, y más tarde en Comodoro Rivadavia: uno de los destinos más siniestros del viaje sin hielos y en alta mar. La furiosa salida del puerto quedó retratada sobre la página del diario de viaje de un marinero:
“Salimos en plena noche y con un viento infernal –decía–. Como no podía ser de otra manera, la Patagonia nos despidió con una de sus tormentas. Bueno, el viejo y querido Arctic se hizo a la mar igual sin importar lo que nos esperaba por delante, la verdad es que un poco de miedo daba, pero salimos del puerto y el barco comenzó con sus bailes. Y hasta este momento no ha parado de bailar...”.
Sebastián Lastra, dueño de la invención, es uno de los marineros de a bordo, encargados del diario de viaje del Arctic Sunrise. Tripulante no exótico del barco, made in Buenos Aires, de 27 años de edad y 12 en la organización, cada tarde, durante los días del viaje, subía a una de las oficinas del barco para escribir un mensaje en una PC. A las diez de la noche, cuando el barco habilitaba la entrada y salida de correos electrónicos, su texto salía disparado al ciberespacio para que los ambientalistas aficionados de todo el mundo siguiesen casi on line los vaivenes del barco.
Durante el resto de los días irían descubriendo por ejemplo, un “swimming-stop” en el barco militante. Sebas escribió. Le puso como título “A nadar” a una parada técnica que de pronto ordenó el capitán del barco: el Arctic ya llevaba cuatro días en alta mar. Entre el trabajo diario en la cubierta y en la sala de máquinas, una parte de los tripulantes parecían vencidos. Y otros empezaban a despertarse de los síntomas del baile: durante noches y días hubo mareados y hasta algún visitante en la enfermería de a bordo que terminaba de pasar largas jornadas febriles por los sacudones del barco. El capitán Alfonso, famoso entre la tripulación por lo parco, hosco y nada humorado, estaba contento. Dijo “todos al agua” y así, uno a uno, los Greenpeace’s boys saltaron al mar.
Latitud 41º 22’ S - Longitud 61º 45’ O. En medio del océano.
Altura: Mar del Plata.
Fin de esa tarde: asado en la cubierta en pleno alta mar.
Los tripulantes
El alta mar pone en acción las rutinas extremas de los militantes. Meredith, por ejemplo, es la única canadiense de a bordo, una ex chica McDonald’s convertida al ambientalismo activista hace algunos años. Ahora es una marinera voluntaria que seguirá en el barco durante los próximos tres meses. Su camarote está alojado justo al lado de la sala de máquinas, frente a un gran sótano multiuso que funciona como pub durante las noches, taller de mantenimiento durante el día y parque de estacionamiento del helicóptero Twitty a cada hora del día. Meredith ha transformado su camarote en un correlato de ese espíritu multifuncional que atraviesa todo el barco: en su cuarto no hay tardes de súper acción, ni campañas antinucleares sólo por cuestiones de tamaño. Pero instaló, apenas llegó, su propio bunker de campaña: “Push Bush”, dice un sticker antes de recordar cómo deben votar los combatientes ecológicos en las elecciones norteamericanas de este año.
En el camarote siguiente se aloja Sebas, el escribiente porteño, y el querido Rossano Fillippini: un mix de gran cocinero italiano, ambientalista sesudo que acaba de suspender un trabajo en Somalia como consultor de la Unión Europea para pasarse la temporada de tres meses en el barco. Es uno de los que conoce los vicios, secretos, mañas, fórmulas de cada semilla, de cada multinacional o internacional de las estirpes transgénicas. Ha estado a punto de morirse en un ataque de shock después de dos días metido en uno de los mares de Grecia.
El resto de los camarotes son muchos, los tripulantes también: viajan 23. Erkut Ertürk, obviamente turco: ojos inmensamente celestes, buen porte y pintón. En Turquía era un galán televisivo. También está Neil, una especie de gran genio hacker de 40 años, radioperador de a bordo, con diez años de servicio en la Armada australiana, hiperespecialista en inteligencia informática, el cráneo de las comunicaciones de a bordo y necesario en esas misiones donde los chicos Greenpeace suelen transformarse en émulos de Rambo. Por ahí duerme también la enfermera Su, una viejita neocelandesa de casi 60 años que pone supositorios, controla los medicamentos y reparte alguna cerveza por las noches.
En acción
El Arctic seguía a la altura de Mar del Plata cuando faltaba un día para otro de los grandes acontecimientos del calendario militante: el aniversario de la invasión a Irak, otro de los casos en manos de Greenpeace.
El barco hizo el debido homenaje: al mediodía alguien consiguió telas blancas. Otro las entregó. Todos se las sujetaron en los brazos e inmediatamente saltaron a la cubierta del barco para echarse sobre el suelo formando el símbolo de la paz. ¿Y después les decían terroristas?
Hicieron la foto, y nuevamente Sebas se conectó a Internet. Ahora para mandar su texto completo con la imagen.
Ese mismo día corrían noticias de lo que ocurría en el resto del mundo. Desde todos lados llegaban e-mails de más y más ecologistas protestando contra la guerra. Se hablaba de los hermanos alpinistas que habían logrado burlar la seguridad del Big Beng londinense y a esa hora se trepaban apuntados por una columna de fuerzas de seguridad. Los del barco, a decir verdad, no tenían nada que envidiarles. Entre los tripulantes había otros encumbrados alpinistas que habían hecho de lo suyo en buena parte del globo.
Uno de los casos, el de Pablo Toranzo. Un tucumano colorado, de 25 años, geógrafo, que se encadenó durante seis horas a un barco norteamericano en Veracruz. Le apuntaron efectivos de la Marina mexicana, le sacaron fotos los diarios de todo el mundo, lo llamaron sus padres preocupadísimos por su salud y, además, se ganó una denuncia que aún está pendiente. Todo sucedió el 13 de septiembre del año pasado. En medio de una cumbre de la Organización Internacional del Comercio, Greenpeace había previsto evitar la salida de un barco norteamericano que transportaba 40 mil toneladas de la “temible” soja transgénica. Pablo, se trepó al ancla encargado, además, de dejar un cartel: “Liberen a la gente del comercio forzado”. Ahora que han pasado varios meses y ha vuelto a embarcarse, escribe sobre un papel algunas piezas de su larga experiencia: entrenamiento en el Aconcagua, en el Poncenot y Mermoz de El Chaltén o en el Petid Dru de Mont Blanc en Francia, dice mientras piensa si todo eso le provoca adrenalina, pánico o algo de miedo:
–Mirá, es como cuando vos estás frente a un presidente y tenés que hacerle una pregunta durísima: lo pensás, ¿no? Se la hacés lo mismo.
Veracruz fue un bautismo de fuego para Pablo, pero también para los pobres marineros del buque de soja: un grupo de filipinos, casi peones- esclavos que no entendían prácticamente nada. “Imaginate –dice–: se creían que éramos piratas.” Como sucede cada vez desde el 9-11 (ver aparte) mientras algunos hacían la okupación del barco, otros activistas probaban palabras en distintos idiomas para explicarles lo de la okupación pacifista. Con las sonrisas y las explicaciones lograron desactivar el contraataque de los filipinos, pero no pudieron impedirles que pasen el resto del tiempo tomándoles fotos a los propios invasores del barco.
Pablo está sano y salvo. Pero en la historia del barco y de los militantes hay quienes terminan quemados por las balas: hay un activista hemipléjico que cayó en la costa de Noruega en 1999, hubo disparos desde una fábrica de pesticidas en Beirut y piedrazos de los obreros de otra fábrica de Venecia. La historia de la tripulación también tiene un muerto: uno de los médicos del Rainbow Warrior entró en estado de shock en Ecuador durante una campaña contra la caza de camarones. Luis Fernando Vázquez, el único colombiano del barco, lo tuvo durante varias horas en sus manos. Primero intentó darle aire, dice, y después buscar con velocidad un sitio dónde llevarlo. Aquella campaña no se hacía en una gran ciudad sino frente a una isla sin calles ni autos. Luis Fernando cargó al médico como pudo en una bicicleta que los llevó hasta la única sala de primeros auxilios. Al principio parecía recuperarse, dice Luis, finalmente tuvo un paro.
Luis ahora es el jefe de ingenieros del barco. Un militante de 33 años, formado en la escuela de marina mercante colombiana hasta hacerse deGreenpeace. Para la época de su expedición a Ecuador aún no habían ocurrido los atentados a las Torres Gemelas. Los riesgos más serios de los activistas eran básicamente físicos. Ahora ya no: “Después del 11 de septiembre –dice Luis– acá cambió todo”. Detrás de los riesgos reales ahora sumaron la caza de brujas.
Tal vez sólo por eso, Luis prefirió no escribir nada de nada en la página Web donde se presenta la población del barco. Sólo mandó un mensaje a su mamá:
“Estoy retenido aquí en contra de mi voluntad... Alguien POR FAVOR cuéntele a mi mamá!!!...... aaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!”
A lo mejor, dado que pueden ser terroristas, es un mensaje cifrado.

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