SOCIEDAD › DANIEL RIZZOTTI

El capitán tucumano

Por A. D.

Hace poco más de un año su foto aparecía en los diarios de todo el mundo. Daniel Rizzotti es el capitán tucumano que el martes zarpará con el Arctic Sunrise desde el puerto de Buenos Aires hacia Brasil, México y Panamá. El año pasado su buque, el Rainbow Warrior de Greenpeace, detuvo la salida de dos cargueros norteamericanos del puerto de Cádiz que se dirigían a Irak. La acción fue reprimida por las fuerzas de seguridad, pero permitió que la comunidad internacional descubriera que España se transformaba en base de apoyo efectivo de las operaciones militares de los Estados Unidos. Rizzotti estuvo tres días preso y aún tiene un proceso pendiente. La fiscalía de Rota pidió cuatro años de prisión. No es ni su única causa ni la más grave. Ni siquiera el único procesamiento que pesa sobre integrantes de la organización. El capitán habló con Página/12 de su caso, sobre las nuevas formas de criminalización de la protesta agitadas por los fantasmas del terrorismo y sobre las transformaciones que esos cambios introdujeron en los escraches de Greenpeace.
Rizzotti acaba de llegar hace algunas horas de Londres y no para de hablar. Está agitado. Pasó primero por España para revisar los vaivenes de su causa y luego estuvo con un grupo de abogados londinenses, encargados de su defensa en otro procesamiento: una causa por el bloqueo en el puerto de Marchwood, Inglaterra, de naves británicas y norteamericanas que salían hacia el Golfo Pérsico con armamento, en enero y febrero del año pasado. Otros 14 activistas de la organización, británicos, alemanes y estadounidenses, acaban de ser condenados porque se encadenaron a varios tanques para impedir un embarque en el ferry Stena Shipper con destino a Irak.
–Nuestra defensa en el juicio –dice el capitán– está dirigida por dos vías distintas: una cuestiona la legalidad de la guerra y la otra apunta a defender el derecho a manifestarse y a protestar. Hasta ahora la Corte inglesa no ha querido meterse en estos temas. En mi caso optó por acusarme por cuestiones técnicas.
–¿Cuáles son?
–El delito es que se bloqueó una vía de navegación. Por eso decidieron procesarme. No quieren discutir sobre la cuestión de fondo, que es la guerra. La idea es apelar a la Suprema Corte y recurrir después a la Corte Europea. Con todas las nuevas leyes antiterroristas ahora se hacen cruces de informaciones: lo que suceda con mi caso en España puede afectar también la causa de Inglaterra, o al revés.
En España, la causa por el bloqueo en Rota incluye, además, a otros cuatro militantes. El ministerio fiscal pidió en algunos casos hasta 12 años de cárcel por los delitos de “desobediencia, resistencia grave y lesiones”.
Ahora mismo, el mundo Greenpeace hace protestas en la Web y reclama adhesiones para liberarse de este tipo de condenas que comenzaron a multiplicarse, especulan, después de los atentados a las Torres Gemelas. Poco después del 11 de septiembre de 2001 tuvieron la primera evidencia en un escrache hecho por un grupo de españoles a una central nuclear de Zorita, en Guadalajara. En ese momento notaron repercusiones insólitas en la prensa. Como lo hacen siempre, aquella vez habían logrado romper los controles de seguridad y acceder al interior del campo. Pero nadie les preguntó los motivos de la denuncia. Las objeciones de los medios de prensa apuntaban a la vulnerabilidad en materia de seguridad de la planta nuclear.
Lo mismo sucedió en Buenos Aires el 10 de octubre del año pasado. Un comando de los Greenpeace’s boys entró al Congreso con el artista plástico Nicolás García Uriburu, dispuestos a fotografiarse desde los techos: “No entendíamos bien qué pasaba –dice ahora Juan Casavelos, jefe de lacampaña de Energía–, pero nos preguntaban cómo habíamos violado la seguridad del Congreso y no para qué estábamos ahí arriba.”
Los viajes del Arctic Sunrise con un capitán procesado también serán distintos:
–¿Está catalogado como terrorista?
–En general, Greenpeace no está en ninguna lista. Lamentablemente, para algunos sectores podríamos pasar por terroristas. No lo somos, pero el efecto que podemos recibir de las autoridades puede tener esas dimensiones.
–¿Cómo serán las nuevas protestas?
–Después del 11 de septiembre el significado de un pacifista cambió inexorablemente. Ahora hay que tener mucho cuidado: es necesario decir qué se hace, para qué. Antes de empezar cualquier actividad, es necesario dejar bien en claro que somos una organización pacifista. Y obviamente ahora hay otros factores de cuidado. Antes no pensaba, por ejemplo, a quiénes voy a involucrar en un escrache o a qué tripulante llamo. Pero ahora no puedo comprometer a una persona que no está preparada para soportar tal vez nueve días en la cárcel.
–El último destino de su barco será Seattle, en Estados Unidos. ¿Podrán bajar del barco?
–Las nuevas reglas de seguridad norteamericana exigen barcos seguros en sus puertos, así como sucede en los aeropuertos. Los barcos limpios, con pasajeros en orden, con papeles, pasaportes. Como nosotros somos “activistas” pueden catalogarnos como un barco no seguro para parar en Los Angeles, por ejemplo. No porque hagamos una acción, pero Greenpeace ya fue víctima de un atentado en el ‘85 cuando el gobierno francés puso la bomba que hundió el barco en el que murió un fotógrafo. Nosotros ya fuimos víctimas claras una vez: ahora podemos serlo de nuevo.

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