SOCIEDAD › DICEN QUE MANEJABA EL AUTO DE DONDE TIRARON CONTRA SCHENONE

Conzi, mal parado tras un careo

En el primer día del juicio oral contra el dueño de Dallas declararon las dos mujeres que iban con la víctima. Una lo identificó; la otra apuntó a la teoría de la probable inimputabilidad. Llamadas y una carta amenazante.

 Por Cristian Alarcón

La cara de Horacio Conzi por momentos parece no tener gobierno. De a ratos la acomoda, la suelta, la encaja y parece amigable. Cuando la testigo lo acusa, lo indica, señala por fin que él era el que conducía la camioneta cuatro por cuatro desde donde salieron los disparos asesinos, el rictus se vuelve indisimulable: la mandíbula se tensa y, de pronto, al hombre de traje y pelo impecables parecen arrastrárseles las comisuras. Ayer, en el primer día del juicio oral por el homicidio de Marcos Schenone, las cosas no salieron a favor del empresario. Una de las testigos lo identificó como el chofer del vehículo desde donde salieron las balas. La otra mujer que iba en el coche baleado recordó cómo Marcos alcanzó a decir “es el dueño de Dallas” antes de los tiros. Pero, incluso en un careo de último minuto, dijo que no logró verle la cara ingobernable a Conzi.
La sala del juicio, en el primer entrepiso del edificio de los tribunales de San Isidro, parece una de esas capillas modernas. Detrás de los jueces un crucifijo, y las ventanas verticales que dejan ver cómo se consume el día mientras en farragosos interrogatorios se repasa una y otra vez aquella noche, la del 16 de enero del 2003. A la derecha, dos ursos de armas largas y ropa camuflada custodian al acusado, de traje gris oscuro, camisa blanca, elegante corbata gris plata de gruesas rayas. Y como a sus pies, la corte de abogados. El que encabeza la defensa, un hombrecito calvo de lentes redondos; su segundo, un personaje de nariz recortada y pelo largo, y cuatro asistentes. A la izquierda, el personaje que se roba, con humor y acidez, el fervor de la audiencia: la fiscal Gabriela Baigún y su inconfundible manera de pelearse con defensores y jueces.
Los caracteres de los personajes que se verán los rostros a lo largo de casi un mes entero tuvieron con qué desplegarse ayer. La primer testigo fue Paula Alonso, y su timidez, el miedo con el que enfrentó el interrogatorio, logró obsesionar al doctor Carlos Vales Garbo, el más vehemente de los jueces. Paula, linda mujer, alta, de jeans y saco blanco, botas de cuero marrones, recordó cómo aquella noche llegaron, por quinta vez, al restaurante Dallas con su entonces amiga –la otra testigo del día–, Gisella Carabetta. Ella fue quien durante hora y media le dio curso a una especie de monólogo de Conzi, que mientras intentaba seducirla le ofrecía trabajo como su secretaria. El, le dijo obsequiándola con una copa de champagne, estaba concentrado en la escritura de un libro cuyo tema era la vida de Jesús, que no habría muerto en la cruz ni a los 33 años. A juicio de algunos de los abogados de la querella, la mujer pareció reforzar la teoría de la inimputabilidad de Conzi al testimoniar que “tenía una conversación no muy coherente”, “se reía sin sentido”, amén de extraña obra literaria.
Vales Garbo, pelo cano, barba, saco azul y corbata aflojada, se detuvo durante quince minutos en un interrogatorio que hizo madurar lo que le costaba decir a Paula. “Marcos Schenone está muerto y usted sabe algo importante para esclarecer el hecho”, la instó el juez. La fiscal Baigún insistió y por fin Alonso declaró: “Me peleé con Gisella porque en la comisaría no dijo lo que esa vez me dijo a mí”. Paula se refería a lo que heridas, tras el tiroteo, comentaron entre ellas. “Era Conzi”, coincidieron, según Alonso, tiradas en la vereda de la Panamericana.
Lo habían conocido hacía algunas semanas en Dallas. Allí también había visto por primera vez a Marcos, con quien tuvieron un corto romance de amigovios. De hecho, según su testimonio, ese fue el motivo del crimen. Paula recordó que en un momento de la noche, cuando ella y Gisella salían del baño, su amiga le preguntó al empresario si estaba casado. El le contestó que no. “Pero dijo que ya había conseguido novia y entonces me abrazó”, contó ayer en el juicio. “¿Por qué cree que mataron a Marcos?”, le preguntaron. “Porque lo vieron besándose conmigo.”
Por la tarde fue el turno de Gisella. Pequeña, menos agraciada que Paula, la mujer coincidió sólo en algunos aspectos con su ex amiga. Que sí fueron a la disco, que los echaron por pedido de Conzi, que iban por Libertador cuando apareció la camioneta. Que Marcos dijo: “Es el dueño de Dallas”. Pero que nunca pudo ver los rasgos fisonómicos del conductor. Que sólo sintió los disparos como fuegos artificiales, la sangre en la mano, donde ella también recibió un tiro. Fue allí donde puso nerviosos a Baigún y a Vales Garbo. La fiscal, que nunca cejó en su duelo verbal con los defensores de Conzi –ganadora por cierto–, pidió varias veces que se asentaran sus contradicciones.
Baigún, camisa de lino naranja, pelo caoba, simpático flequillo que le da el aire de una Mafalda madura, es de morder la patilla de sus gafas de cerca, como si masticara un escarbadientes. Así fue regulando la declaración de Carabatta. Hasta dejarla caer por su propio peso. “Para facilitarle la tarea –le dijo al defensor Ricardo Montemurro, el calvo, tras la enésima objeción– terminé mi interrogatorio.” Acto seguido pidió un careo que se hizo a última hora. Paula y Gisella siguieron en sus trece. Paula aseguró que su ex amiga la llamó hace días para que se pusieran de acuerdo sobre sus declaraciones.
Contó que su padre recibió hace dos días una carta amenazante. Ayer cuando le pidieron que mirara a Conzi para identificarlo, la muchacha atinó: “No me atrevo”. Conzi ubicó la mandíbula, hinchó la vena de la frente y sonrió de costado.

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Conzi, dueño de Dallas, acusado por el crimen de Marcos Schenone.
 
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