SOCIEDAD › ALIOUNE, UN SENEGALES QUE SE LANZO AL MAR EN BUSCA DE LAS CANARIAS

A la deriva para sostener a su familia

Como miles de jóvenes africanos, Alioune se lanzó al mar en una canoa y navegó durante siete días, luchando contra enormes olas, y guiándose por el Sol, la Luna y las estrellas.

 Por Tomás Bárbulo*

Apenas llegado al centro de acogida de la Cruz Roja de Madrid, el joven Alioune Diaw telefoneó a su familia, en Senegal. Le respondió su hermana mayor, Fatou:

–Alioune, ¿tienes algún problema?

–No. ¡Ya estoy en España!

–Pues acuérdate de los problemas que has dejado aquí.

Alioune Diaw se derrumbó sobre la mesa del centro de acogida de la Cruz Roja en Madrid, ocultó la cara entre los brazos y estalló en sollozos. Aún llevaba la camiseta y los pantalones de jogging azul marino que había vestido durante los siete días de travesía en cayuco desde Senegal hasta Canarias. La ropa, tan pequeña que las perneras apenas llegaban a cubrirle las pantorrillas, apestaba a mar, a vómitos, a sudor y a orín. No se había desprendido del olor del viaje y ya tenía que asumir la enorme responsabilidad económica que los cuarenta miembros de su familia, en Senegal, depositaban sobre sus hombros.

A los 31 años, había arribado a El Hierro, una de las islas del archipiélago de las Canarias, el 18 de mayo pasado. Aquel día, las Canarias habían recibió a 648 africanos en ocho cayucos. El de Alioune llevaba 84 personas a bordo. Cuando los miembros de Salvamento Marítimo dejaron de sostenerlo para ayudar al siguiente inmigrante, el joven recorrió haciendo eses, como un borracho, los apenas cinco metros que lo separaban del hospital de campaña de la Cruz Roja. Tras siete días y 2000 kilómetros de travesía atlántica en una lancha atestada, sin poder cambiar de postura, la pérdida de estabilidad era lo menos grave que podía ocurrirle. Después de pasar por el Centro de Internamiento de Fuerteventura, Alioune fue enviado a Madrid. El retrato de este senegalés es, en cierto modo, el de los casi 20.000 africanos que han alcanzado las playas de Canarias en lo que va del año y de los cientos que llegan cada día.

La historia comienza en Dakar, la bulliciosa capital de Senegal, un país que las guías turísticas definen como “la democracia más estable de Africa Occidental”. Las estadísticas oficiales dicen que en Dakar viven dos millones de personas. Pero en la franja de costa que va desde la capital hasta la ciudad de Rufisque, al este, habitan cinco millones. Se trata de una sucesión de arrabales que las autoridades consideran peligrosos para los tubab (blancos). De esas aglomeraciones miserables, en las que las calles no tienen nombre y las casas carecen de número, sale la mayoría de los sin papeles que llegan a Canarias. De ahí partió Alioune para buscar fortuna en España.

Dakar es una olla hirviendo. Miles de jóvenes, vestidos con las camisetas de todos los equipos de fútbol del mundo, se mueven por sus caóticas calles sin propósito aparente. Son como las pequeñas burbujas que surgen del fondo de la olla y ascienden, zigzagueantes y rápidas, hasta estallar, estériles, en la superficie. El 55 por ciento de la población tiene menos de 20 años. Racimos de muchachos cuelgan de microbuses adornados con la misma leyenda, Alhamdulillah (Gracias a Alá). Y bien que hay que dar las gracias, visto el lamentable estado de esos vehículos destartalados. La edad de los coches supera con mucho la de sus conductores, cuya esperanza de vida es de 55,6 años. Taxis que podrían haber salido de un desguace hacen sonar sus bocinas –lo único que funciona en ellos sin problemas– en medio de un atasco absoluto. Dos horas es una estimación optimista sobre el tiempo necesario para atravesar la ciudad. Rodeados de humo y ruido, de vendedores ambulantes y de mendigos, hombres y mujeres de increíble belleza lucen alegres bubus multicolores. Dado el número de niños –en el regazo de sus madres, atados a las espaldas de sus hermanas pequeñas, pidiendo en las esquinas–, la ciudad parece una febril maternidad. Si no fuese por el fragor del tráfico, sería posible oír los gritos de los recién nacidos.

En Hann-Pêcheurs, el barrio donde nació Alioune, enjambres de niños descalzos juegan entre cabras en un laberinto de callejones de arena que en época de lluvias se transforman en ríos de lodo que inundan las casas. La sarna salta desde el lomo de los animales a las cabezas de los chicos. No es raro encontrar niños y adultos, víctimas de la poliomielitis, que arrastran las piernas inútiles. A ambos lados de los callejones se abren puertas angostas que dan entrada a pequeños patios. En torno de éstos se distribuyen habitaciones con tejados de material. En cada una de esas casas pueden llegar a vivir más de medio centenar de miembros de una misma familia.

El día que Alioune abandonó su casa, gastó sus primeros 3000 francos (4,7 euros) en pagar al conductor de una camioneta que le llevó, junto a otros jóvenes, hasta Ziguinchor, al sur del país. Fue un viaje largo, pues tuvieron que bordear la frontera de Gambia, estado incrustado en el centro de Senegal. Ziguinchor es la capital de la exuberante región de Casamance. En las riberas del río que le da nombre se levantan tupidos bosques de baobabs grandes como iglesias, algunos de ellos milenarios. De allí sale la madera con la que se hacen los cayucos.

La camioneta lo dejó en el puente de Casamance. Desde allí siguió a pie hasta la ciudad. “Fui a casa de un amigo que se dedica a la venta ambulante.” Durante seis o siete meses trabajó con él: le daba una mano y, a cambio, obtenía un porcentaje de las ventas. “En ese tiempo conocí a mucha gente de Mali, de Costa de Marfil, de Guinea. En total éramos 83 u 84. Todos habíamos llegado allí con la intención de embarcar hacia Europa. Pero carecíamos de contactos para conseguir un cayuco.”

Alioune tenía además dificultades para hacerse entender. Habla wolof, pero el dialecto mayoritario en Casamance es el diola. Curiosamente, fue ese problema el que resolvió su situación. “Un hombre me oyó y se acercó a mí diciendo: ‘¡Eres paisano!’. Resultó ser un carpintero que acababa de terminar un cayuco.” Probablemente, el carpintero buscaba forasteros dispuestos a emigrar para hacer un buen negocio. “Eso sucedió por la mañana. Hacia las cuatro de la tarde nos reunimos todos los amigos. Una hora después ya habíamos decidido el viaje.”

Cada uno de los 84 viajeros, todos ellos varones, aportó 25.000 francos. En total, le pagaron al carpintero 2,1 millones (unos 3300 euros). Además de la embarcación, ese precio incluía un motor nuevo, otro de segunda mano –de reserva–, 23 bidones de combustible, 40 de agua potable, cuatro bolas de arroz, 50 paquetes de galletas y algo de leña. “Zarpamos esa misma noche”. Era el 11 de mayo.

No llevaban GPS ni brújula. El Sol, la Luna y las estrellas fueron su guía durante los 2000 kilómetros de travesía. “Nos turnábamos en el timón. Como navegábamos hacia el norte, el Sol debía estar a nuestra derecha por la mañana, y por la tarde, a la izquierda. Por la noche, la Luna debía quedar a la izquierda. Además, siete estrellas nos servían de referencia: las tres de la izquierda marcaban la dirección de América, que no debíamos tomar; las dos de atrás señalaban el sur, de donde veníamos, y otras dos, situadas al norte, marcaban el rumbo hacia Tenerife, nuestro objetivo.” Durante el primer tramo del viaje podían ver al este las montañas de Africa. Pero al llegar al norte de Mauritania, esa referencia desapareció.

Se alimentaban dos veces al día. Hacia mediodía, se repartían unas galletas y un vasito de plástico con un poco de agua. Por la noche prendían leña, y sobre ella colocaban una marmita medio llena de agua dulce con un chorrito de aceite. A modo de sal, le echaban unos vasos de agua de mar. Luego vertían unos cuantos puñados de arroz. Esa era la comida fuerte del día.

Cuando alguno tenía ganas de vomitar, le acercaban un cubo. Mientras echaba las tripas, le gastaban bromas: “Le decíamos: ‘¡Eso te pasa por comer demasiado! ¡Estás desperdiciando nuestra comida!”. Hacían sus necesidades sacando el trasero por la borda, mientras un compañero les sujetaba. “Había buen ambiente a bordo”, sonríe Alioune. Pero todo cambió cuando llegaron a la altura de Cabo Blanco, al norte de Mauritania. Allí, la cálida corriente norecuatorial, que los había ayudado a navegar hacia el norte, se encuentra con una corriente contraria, fría e impulsada por los fuertes vientos alisios. El mar se volvió loco. Olas de tres metros zarandeaban la embarcación y golpeaban a los pobres hombres contra la borda. “Como sólo llevábamos camisas y buzos, estábamos empapados y temblábamos de frío”. Pronto avistaron un cadáver flotando boca abajo. Luego, otro y otro más. A poco, se cruzaron con un cayuco partido en dos, como una cáscara de nuez.

Ni siquiera entonces Alioune tuvo miedo. “Alá me cuidaba”. Para mayor seguridad, antes de embarcar se había ceñido su gri-gri a la cintura. Los supersticiosos senegaleses creen que ese largo collar de cuentas redondas de madera los protege contra cualquier mal.

Al sexto día lograron salir de aquel infierno. Pero el motor se paró. Se hallaban completamente perdidos en el Atlántico y habían consumido las reservas de agua y de combustible en la batalla contra las olas. “Sólo teníamos un poquito de arroz, pero no podíamos cocinarlo. Ibamos a morir, pero alguien divisó otro cayuco. Le gritamos y le hicimos señas hasta que puso proa hacia nosotros.” A bordo iban unas 50 personas. “Nos dieron un bidón de agua y un poco de combustible, nos indicaron la dirección que debíamos seguir y se marcharon.”

Alioune intuyó que estaban cerca de Canarias cuando el mar, que era verde hasta entonces, mudó a un color azul oscuro. Aunque aún distaban muchos kilómetros, el resplandor de las ciudades del archipiélago era visible en el cielo durante las noches y, como un faro, los ayudó a aproximarse. Amanecía cuando por fin distinguieron la silueta de El Hierro y, de nuevo, volvió a acabárseles el combustible. Habían quedado a la deriva, pero pronto un helicóptero comenzó a dar vueltas sobre la barcaza. Poco después, un buque naranja de Salvamento Marítimo los remolcó a puerto. Era el 18 de mayo.

El grupo, aterido y exhausto, fue conducido al centro de internamiento de extranjeros de Fuerteventura, pero Alioune sólo permaneció allí 15 días. La falta de espacio para alojar a los inmigrantes que seguían arribando a Canarias precipitó su traslado a un centro de acogida de la Cruz Roja de Madrid. Los responsables de la ONG también estaban desbordados por las continuas llegadas de africanos desde el archipiélago. Durante la entrevista que mantuvieron con él, Alioune les reveló el único contacto que tenía en España: el teléfono móvil de un tal Sarr, que vivía en algún lugar de Murcia. Una prima de Sarr estaba casada con un tío de Alioune. Entre los 40.000 miembros de la comunidad senegalesa en España, ese parentesco remoto es un valioso seguro de vida.

Cuando los asistentes sociales de Cruz Roja lograron localizarlo, Sarr aceptó acoger a Alioune en su casa de Molina de Segura. Esa misma tarde, nuestro hombre salió en autobús hacia Murcia. Además de abonar su billete, la ONG le había entregado 40 euros como dinero de bolsillo. A Alioune sólo le preocupaba si en casa de Sarr habría una cama para él.

* De El País, de Madrid. Especial para Página/12.

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El cayuco, como llaman a los botes los senegaleses, llevaba 84 personas contando a Alioune.
 
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