SOCIEDAD › LA MUERTE DEL JOVEN DAVID GOMEZ, EN PUERTO IGUAZU

Un manual de impunidades

La policía dice que se suicidó, pero la familia sospecha de un uniformado. El juez no quiere pedir el libro de guardias. Una testigo dijo que vio cuando lo apaleaban, pero se desdijo.

 Por Horacio Cecchi

El caso de David Gómez, un adolescente de 18 años de Puerto Iguazú que murió el 7 de diciembre pasado, es tan oscuro como sus obviedades lo permitan. El misterio se concentra en las tres o cuatro últimas horas de su vida, porque de ellas nada se sabe, y lo que se sabe se sabe a tientas. Pero no son esas tres o cuatro horas las que revelan el caso, sino los gestos públicos que las rodean. El chico desapareció después de una fiesta estudiantil con música fuerte y reclamos de vecinos. La policía no dijo que pasó en dos ocasiones por el lugar. Sí dijo que lo encontró dos días más tarde colgado de un árbol, a 40 kilómetros de su casa, como si en Puerto Iguazú faltaran bosques y ramas. El cuerpo fue entregado al juzgado de Pablo Rivero supuestamente con sus ropas, pero las ropas jamás aparecieron. El cuerpo estaba lleno de hematomas y lastimaduras, pero los forenses avalaron la versión del suicidio. Por las dudas, en la autopsia no tomaron fotos de las heridas. Unos días más tarde, una chica se acercó a la familia y reveló que vio cuando dos policías lo molían a palos. Al día siguiente, la testigo se desdijo en su declaración ante la policía. Los amigos de David aseguran que estaba enfrentado con otro joven del barrio que hace unos meses entró a la policía. El fiscal Néstor Monzón no quiere pedir el libro de guardias de esa noche y el juez, contra toda lógica, sostiene que pedirlo sería excesivo.

El miércoles 6 de diciembre, alrededor de las siete de la tarde, David Ernesto Gómez salió de su casa, en el barrio Belén de Puerto Iguazú, para asistir a la fiesta de colación en su escuela, la Polivalente 23, del barrio Villa Alta. Esa tarde fue la última vez que sus familiares tuvieron contacto con él. Después, sus padres, Rosa y Calixto, irían reconstruyendo lo que ocurrió hasta el momento de su muerte, guiados por testimonios, casualidades y, especialmente, por una serie de obviedades que hablan por sí mismas.

Rosa primero y Calixto después relataron a Página/12 la partida de David hacia la fiesta. También, cómo descubrieron a la madrugada del otro día que su hijo no había regresado. Que decidieron recurrir a la policía. Que al pasar por la 2ª, Rosa se encontró a un policía joven barriendo, un tal Quique. “La policía no colaboró en la búsqueda –aseguraron Rosa y Calixto–. Estiraban todo el tiempo.” Ese jueves, mientras desplegaban todo su esfuerzo en el rastreo, supieron que David había seguido con otros amigos a una fiesta en lo de una chica que festejaba su título en su casa. La reunión, a unas cuadras de la escuela, siguió hasta alrededor de las cinco. Nadie recuerda el momento en que se fue, o los que lo recuerdan tienen miedo. Lo cierto es que al final de la fiesta, David ya no estaba. Después, los amigos empezarían a decir que la policía había pasado en dos oportunidades porque un vecino denunció que la música estaba muy alta.

En enero, los amigos avanzaron más y se animaron a decir que David había tenido un enfrentamiento con un tal Quique, por una novia, unos meses antes de que el tal Quique entrara a la policía.

“Pedimos los libros de guardia y de detenidos de esa noche”, confió Gustavo Fernández, abogado de Rosa y Calixto. Fernández se sorprendió con la respuesta del juez de instrucción 3 de Puerto Iguazú, Pablo Rivero, a cargo de la investigación. “No vamos a pedir los libros porque es una medida sobreabundante.” El fiscal Néstor Monzón tampoco solicitó la medida. Recién en la feria, una fiscal de turno hizo el pedido del secuestro de los libros, modo de averiguar qué hacía el tal Quique esa madrugada, además de barrer en la guardia.

A todo esto, el sábado 9, a las 4 de la madrugada, la policía le informó a la familia que su hijo se había suicidado, que lo habían encontrado colgado de una rama en Puerto Libertad, un pueblo al que no había ido jamás, a 40 kilómetros de su casa, en un bosque dentro de una propiedad privada cuyo acceso está demasiado lejano de la parada del supuesto colectivo que debería haber tomado David para cometer el supuesto suicidio.

Cuando la familia lo vio, uno de los hermanos hizo notar que tenía el abdomen lleno de golpes, igual que los genitales y las rodillas muy lastimadas. Los forenses, tras la primera autopsia a la que no asistió un perito de la familia, sostuvieron que se trataba de “hematomas post mortem”. “Los muertos no sangran”, aseguró Calixto. Por las dudas, no existen fotos de la autopsia de las zonas más golpeadas.

Una de las noches de las vigilias organizadas por la familia se acercó una mujer joven. “Carina Villalba se llama –dijo el abogado Fernández–. Le dijo a un familiar, llorando, que ella había visto cómo lo golpeaban dos policías. ‘Yo no pensé que lo iban a matar’, dijo la chica.” “Fíjense si no tiene un tiro en el cuello”, agregó. Los padres presentaron la denuncia al fiscal Néstor Monzón y llevaron al familiar que había escuchado a la testigo. Monzón alertó que era una denuncia grave, intentó aguardar a que llegara la instrucción policial y advirtió sobre el falso testimonio. “Una chicaneada”, dijo Calixto. A todo esto, la policía denunciada tomó la declaración a la denunciante de la policía. Resultado: la chica se desdijo.

A todo esto, las ropas de David no aparecen. La rama donde se colgó apareció cortada y el terreno bajo el árbol quemado. Mañana, Luis Bordón, del Programa Antiimpunidad, acompañará a los familiares ante la Justicia que, junto a la policía de Puerto Iguazú, son los dos puntos oscuros.

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La familia de David Gómez y sus amigos en pie contra la impunidad en Puerto Iguazú.
 
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