EL PAíS › OPINION

Uno coma uno lucha y se desangra

 Por Mario Wainfeld

Camiones de exteriores de varios canales de aire y de cable. Movileros de docenas de radios. Transmisiones en vivo y en directo preanunciadas cual si se esperara el sorteo del Mundial de Fútbol. Como se trataba de anunciar un guarismo sólo faltó la inefable presencia de Riverito alargando el “uuuuuno cooooma uuuno”.

El modo en que se polemiza en el ágora argentina genera microclimas político-mediáticos. Se difunde la impresión de que está en juego la república a cara o ceca, instancia agónica que se repite –cuando menos– todos los trimestres. Moderando la necesaria ironía, cabe asumir que las democracias establecidas (así sean imperfectas e insatisfactorias) tienden a sofisticar las discusiones, a proponer una agenda variada y sutil. Los regímenes autoritarios aplanan, propenden a lo binario, son desconfiados o represores frente al pluralismo. Las aperturas democráticas renuevan el menú temático, contradicen el discurso dominante más instalado pero (en sus albores) pagan el precio del silencio y la estupidización que proyectan las dictaduras, aún para quienes se les oponen. La perduración temporal de una sociedad abierta se traduce en incremento del número de actores, de intereses cuyas voces sofistican las polémicas.

Buen síntoma es, pues, que se ponga en cuestión la calidad institucional de todo, en estos días del Indec. Sería también estimable, a los ojos del cronista, que los términos de la conversación fueran correlativamente enriquecedores, atentos a la diversidad, no apocalípticos. Por ahora, esas flores germinan poco sobre el humus de estas pampas. El panfleto es el género elegido por tirios y troyanos, desplazando a registros más exigentes y sutiles.

Una mirada costumbrista autoriza a vaticinar que el discurso opositor (presto a pregonar que los índices no son creíbles) tendrá en sus trazos gruesos buena aceptación en sectores amplios de la opinión pública. La desconfianza del argentino medio es proverbial, se basa en su experiencia. El escepticismo es transversal desde el punto de vista ideológico: se propaga entre los taxistas de centroderecha, la militancia de izquierda y los progres de todo pelaje. Si se fuera más minucioso, cabría augurar que la mirada ciudadana no se plegará ciento por ciento al discurso opositor. Pocos estarán dispuestos a compartir que, hasta diciembre de 2006 inclusive, los índices eran rigurosos y los funcionarios del Indec (o de cualquier otra repartición) ejemplos de rigor técnico y probidad.

El Gobierno tendría su cuota de razón si recusa el cualunquismo al que derrapa la oposición, cuando supuestamente busca la calidad institucional. Pero no le falta responsabilidad en la degradación del debate. También le compete defender la credibilidad del Indec, puesta en cuestión. No lo hace cuando maltrata a sus funcionarios, ningunea o macartea a sus empleados. Tampoco cuando induce al silencio absoluto o al “pase a la clandestinidad” a la desplazada Graciela Bevacqua, a su superior Clyde Trabuchi o al titular del Instituto Lelio Mármora.

Los malos modos con que elude argumentar expanden la sospecha y la exasperación ambientes. En democracia, el que calla debe asumir que se lo tenga por confeso. Por ejemplo respecto de un secreto a voces: la fenomenal interna que enfrenta a Guillermo Moreno y Felisa Miceli, que es decorado de fondo del episodio y motivo de alguna de sus peripecias. De momento, contrariando al sello escalera, el secretario le gana con holgura por puntos a la ministra pero ésta coloca algunos upper cuts y no se oye un gong que ponga fin a la interna.

Ningún funcionario argumenta con sensatez, fundamenta las decisiones políticas o justifica los índices controvertidos. La escena democrática es refractaria al mensaje unidireccional, a que sea el relato del Gobierno el único que se converse.

Nadie podrá obviarlo, ha nacido un nuevo tópico, que se hará oír en las campañas electorales, en las discusiones paritarias, en los cafés con menos asiduidad. Los puntos técnicos –por ejemplo cómo se computa el aumento de las prepagas, qué otros criterios podrían utilizarse, cuáles serían en cada caso los respectivos cómputos– son un sonido de fondo casi imperceptible, tapado por la grita. El decibelímetro –qué va usted a hacerle– sube mucho más que el IPC, medido con el parámetro que fuera.

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