SOCIEDAD › LOS ARGUMENTOS DE LA IGLESIA

“No se trata de exclusión”

Por C. A.

El presbítero Agustino Alberto Bochatey Chaneton no sólo lleva con elegancia el apellido sino también la camisa negra (aunque no le cierre el cuello y eso le desvíe la línea blanca que se espera justo en ese sitio). El traje, una versión modernizada de la sotana, es el mismo que lleva en las cuatro fotos de sucesivos encuentros con Juan Pablo II que adornan un rincón de su despacho en Puerto Madero. El sacerdote se extiende sobre la difícil relación entre homosexualidad e Iglesia con pericia, aunque el abolengo y la elegancia no disimulen el pensamiento que profesa como director del Instituto de Bioética de la Universidad Católica Argentina. “A veces a la Iglesia se la acusa por haber sido muy severa con algunas debilidades. No digo que no haya habido un convento con algún degeneradito adentro. Pero ésa no es la realidad de la Iglesia”, defiende el honor heterosexual de la Iglesia como un mastín napolitano.
–¿Cuál es la intención detrás de las palabras formales de decir esto en este momento?
–Es un documento que estaba en formación hace bastante tiempo, sobre todo después de la explosión que hubo de la problemática en los Estados Unidos en años pasados. Estaba firmado desde agosto y elaborado desde antes de la muerte de Juan Pablo II. No es una cosa de hoy. Surgió por algunas confusiones que había en relación con el respeto, la inclusión de la persona homosexual dentro de las filas de la Iglesia y lo que era el ministerio sacerdotal propio. Se plantearon algunas situaciones a partir de la cultura gay. Algunos seminaristas salieron a decir “yo quiero ser sacerdote gay”.
–El documento pone como condición la “madurez afectiva” del seminarista para nombrarlo sacerdote. ¿La Iglesia considera la homosexualidad como una inmadurez afectiva?
–No, no, no quiere decir eso. Madurez afectiva en este tipo de vida. Aquel que elige vivir como homosexual tendrá una madurez afectiva homosexual. La madurez afectiva es vivir sin actos sexuales, pero sí con actos sexuados. Muchas veces, en la temática homosexual, dentro de los procesos vocacionales hay mucho conflicto porque están viviendo una tendencia y pensando vivir otra. Entonces, obviamente, ahí hay mucha crisis. Si quiero ser jugador de fútbol y como como un marrano estoy en una contradicción y por lo tanto una insatisfacción va a haber sobre mí. Yo sé que la vida sacerdotal me pide esta conducta, esta consagración. A veces, en la cultura posmoderna, en la que todo puede ser dable, pareciera incoherente esta afirmación.
–¿Qué es la cultura gay para la Iglesia?
–La Iglesia nunca la ha definido. La Iglesia la recibe de quien la define, porque la cultura gay no la ha inventado la Iglesia. En Europa, en Estados Unidos y dicen “librería gay”, “hotel gay”. Es más, hay una contracultura gay de los mismos homosexuales. Sobre todo de los teenagers: mire la ironía, con todo este avance gay, el gayparade, todo este tipo de manifestaciones un poco agresivas, despechadas, contestarias y los jóvenes que vienen detrás rechazan eso. “Soy homosexual, pero no tengo que estar con la bandera de todos los colores, ir a la parada, las marchas. Soy así y tengo derecho y no quiero que me pongan en un gueto porque me tenga que definir públicamente como gay”, dicen.
–¿Y cómo cree que se pueden sentir esos mismos homosexuales ante esta noticia que les da la Iglesia, ante el mensaje que los excluye?
–No es exclusión. Si yo quisiera casarme, ¿podría ser sacerdote? No podría. Usted, siendo periodista del diario que es, ¿podría ser un represor militar? Y, no.
–...
–Aunque la comparación no sea feliz, son cosas muy distintas, quiero decir.
–Los defensores de los derechos de gays y lesbianas creen que la Iglesia confunde homosexualidad con abuso infantil y de esa manera pone de chivo expiatorio a los gays.
–Es una lectura equivocada. No es la motivación de la Iglesia. Lo que sí pasó es que en estos sacerdotes siempre estuvo relacionada la homosexualidad, con abuso o sin abuso. Numéricamente los juicios están terminando más o menos en un ochenta por ciento o más por problemas de homosexualidad que por pedofilia.
–¿La Iglesia relaciona los abusos con la cultura gay?
–No, creo que se relaciona con el relativismo. Una sociedad, en la que sí vemos el proceso de los años sesenta en adelante, el Mayo Francés, la Primavera de Praga, Woodstock, los hippies, el amor libre, eso produjo en nuestros abuelos la reacción de “estos son permisivistas”. Hoy nadie pide permiso, hoy todo el mundo es relativista. Yo soy así, yo hago esto, y nadie me puede poner un límite, no hay ningún cauce. Ese relativismo nos está llevando a un achatamiento social y a reacciones muy violentas: yo te tiro la torre, yo te mando los aviones, yo te saco el petróleo.
–La Iglesia perdona a los gays que siendo católicos practican su sexualidad. Y al mismo tiempo los gays no son nuevos en la Iglesia. De alguna manera no ha sido la homosexualidad algo irruptivo, sino funcional.
–Hay una cosa: desde el primer momento Cristo vino a salvar al pecador. La Iglesia convive con el pecado siempre, como convive con los hombres. Lo que siempre ha hecho es condenar al pecado, pero no condenar al pecador. Por eso no se puede decir que sea funcional o que políticamente la homosexualidad no quiebre un orden natural. Tampoco es cierto que históricamente la mayoría de la vida de los sacerdotes haya sido homosexual. Que hayan existido pecadores, obvio. Es más, a veces a la Iglesia se la acusa por haber sido muy severa con algunas debilidades. No digo que no haya habido un convento con algún degeneradito adentro. Pero ésa no es la realidad de la Iglesia, ésa no es la mayoría de la Iglesia. Si no, no estaríamos vivos.

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