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Domingo, 19 de septiembre de 2010

FAN › UN ARTISTA PLáSTICO ELIGE SU OBRA FAVORITA: EDGARDO GIMéNEZ Y MICKEY MOUSE, DE WALT DISNEY

Mis ratones

Walt Disney me parece un artista impecable: desmesurado, divertido y audaz. Un gigante que resultó ser el primer pop antes de que existiera el pop. Por eso elijo a Mickey Mouse como icono de mi fan.

Este dibujo me impactó desde siempre. Y empecé a dibujar al Ratón Mickey cuando era muy chico. Creo que dibujarlo, una y otra vez, hizo mucho para despertar mi vocación. Fueron años y años en que estos dibujos me despertaban al mismo tiempo inspiración y diversión. Y creo que esa visión infantil y de niño inquieto me sigue acompañando hasta hoy. Las líneas, figuras y contornos que fui desarrollando y transformando en esa época siguen siendo, de alguna forma, mi guía. Un personaje dibujado una y mil veces, buscando mejorar. A la distancia, me acuerdo de esas sensaciones y me emociono. Me emocionan mi inocencia y mi dedicación.

Yo vivía hechizado por el dibujo y por perfeccionarme cada día más. Leía la revista Patoruzito, y me encantaba el personaje del Gnomo Pimentón que con su máquina de echar insecticida, hechizaba a los pájaros y animales del bosque que aparecían ahí. Era como si dibujar ese mundo me transportara a otra realidad, cercana al juego y al humor. Cuando todavía vivía en la provincia de Santa Fe, recuerdo que mi mamá me llevó al cine por primera vez a ver Blancanieves y los siete enanitos. Estar frente a la pantalla, frente a esos personajes increíbles y ese mundo maravilloso fue único, algo que no había vivido nunca y que nunca olvidé. Descubrí, ahí, sentado en la oscuridad del cine, cuál era mi verdad de ese momento.

Una vez estaba dibujando al Ratón Mickey y como no me salía perfecto, le pedí ayuda a mi mamá. Nunca sentí una decepción tan grande como cuando advertí que su dibujo era mucho más precario que el mío. Entonces descubrí que el saber de los grandes era limitado y que yo dibujaba mucho mejor que ella. Desde ese día nunca más le pedí que me ayudara con esas tareas.

Encontré la inspiración y la seguridad dentro de esos dibujos, en mis colores, mis formas y mis historias. Esa imaginación que me despertaban los personajes de Disney fue para mí un punto de partida y de llegada, un comienzo de papel que todavía me sigue los pasos.

Walt Disney me parece un artista con mayúsculas, un artista que genera placer y me provoca. No me canso de su locura y su mirada de titán. Y eso continúa hasta hoy.

Por supuesto que después vinieron otras cosas, otras imágenes, otras estéticas. Pero ese dibujo, con su llegada al mundo entero y su apelación a lo lúdico y divertido, sigue siendo mi gran compañero. Mickey, y todo su universo, representa la mamadera Disney pegado a mis espaldas, que no deja de conmoverme.

El trazo divertido y relajado de su dibujo, la postura alegre y distendida de sus personajes invocan al “yo” infantil que me acompaña y nos acompaña a cada uno de nosotros (aunque sea de manera tangencial, en un afiche o en una publicidad) todos los días de nuestra vida adulta.

Testimonio recogido por Mercedes Pombo.


Walter Elias Disney, más conocido como Walt Disney, nació en 1901 en Chicago, Illinois. Desde un principio su sueño fue convertirse en artista y en 1923 se mudó a Hollywood buscando su futuro. Se discute si la primera idea del ratón animado fue de Disney, a quien suele atribuírsele, o de su socio Iwerks. En todo caso, ambos participaron en la creación del personaje. El ratón iba a llamarse en un principio “Mortimer”, pero más tarde fue bautizado como Mickey Mouse por su mujer, Lillian Disney.

La primera aparición cinematográfica de Mickey fue en 1928 en Plane Crazy, un cortometraje mudo, como todas las películas de Disney hasta esa fecha. Tras no conseguir interesar a los distribuidores, Disney creó una película sonora, Steamboat Willie, que se convirtió en un éxito. Desde entonces, todas las películas de Disney serían sonoras. El propio Disney se encargó de los efectos vocales de sus primeros cortometrajes y fue la voz de Mickey Mouse hasta 1947. Durante la década de 1930, el mercado se inundó de productos relacionados con el personaje, desde juguetes infantiles y relojes de pulsera hasta un brazalete de diamantes diseñado por Cartier.

Cuando en 1934 la industria de la animación supo que Disney planeaba la producción de un largometraje animado sobre Blancanieves, se bautizó al proyecto como “la locura de Disney”, y todo el mundo estuvo de acuerdo en que el proyecto terminaría arruinando al estudio. El proceso de producción de Blancanieves y los siete enanitos se prolongó desde 1935 hasta mediados de 1937, cuando al estudio se le terminó el dinero y el Bank of America tuvo que prestarle lo que faltaba. El presupuesto inicial de la película era de 250 mil dólares, pero acabó costando 1.488.000. La película se preestrenó el 21 de diciembre de 1937: era el primer largometraje animado en inglés y el primero en utilizar el Technicolor, fue la película con mayor éxito de taquilla de 1938, y obtuvo unos ingresos de ocho millones de dólares.

Uno de los grandes mitos que sobrevuelan sobre su historia es que Disney no ha muerto sino que se encuentra congelado debido a modernas técnicas de hibernación, esperando a que se inventen drogas para su curación. La realidad es otra. Disney fue incinerado a pedido de su familia en el año 1966.

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