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Domingo, 19 de septiembre de 2010

TARAS > GATO, GATO, GATO: GATOS POR TODOS LADOS

Gatos sueltos

 Por Claudio Zeiger

“Macri gato”, reza una pintada. “No seas gato”, “ehhh gato”, dice el muchachón de turno desde alguna escena de madrugada sin código del canal América. Y los gatos de Fort (Ricardo Fort): Fort explicó que se dicen “gato” entre ellos –los del grupete– porque tomaron ese término de la cumbia villera (de la villa, bah), y lo –perdón por la boutade académica– “resignificaron” a Miami. “Botinera, no gato”, advierte ofendida una chica operada, como quien en otros tiempos habría dicho cabizbajo y humilde: pobre pero honrado. Mientras esperamos los nuevos significados de la palabra “caño” (de “salir de caño” al “baile del caño”), asistimos a la proliferación y/o diseminación de los gatos por la trama social y cultural de la Argentina. Hay animales sueltos.

Que el felino tiene una larga tradición de usos lingüísticos no debería sorprender a nadie. Figuran en el diccionario. Hay gato encerrado. Se defendió como gato panza arriba. No fue nadie: ¡había cuatro gatos locos! Pero no hace falta recurrir a filólogos y lingüistas para saber, picarones, de qué estamos hablando. Estamos hablando de noche, de trampa, de cabaret. De esa inextinguible tradición de piratas que desde lo más profundo de la noche argentina sigue abriendo caminos.

En la noche, cabe decir que hubo siempre una ambigüedad –generadora de más de un debate acodados en la barra, copa en mano, frente a un neblinoso espejo– alrededor del gato. ¿Designa al cliente o al servidor/a? Gato (y su masculino se derrama sobre todo en seres femeninos) puede ser quien consume gatos, o quien anda sinuosamente restregando el lomo entre diferentes dueños. El gato, en este sentido, no tiene una tarifa fija sino que la varía según las circunstancias, respondiendo así a la naturaleza escurridiza y lábil del nómada animal. Regalos, besos, risas y excesos. Y el otro del gato –su necesario complemento– es el gatero. Pero se ha escuchado en la noche más profunda decir que tal o cual es “gatero” en el sentido de que anda detrás de la billetera. En fin. Viejas cuestiones sepultadas por estos gatos proliferantes de ahora.

Es curioso que en la televisión actual, tan siliconada y visibilizadora de todo lo que circula por la misma televisión, la designación de gato siga teniendo un matiz de estigma, casi equivalente al que preanunciaba el famoso “tengo un video”, que arruinó más de una promisoria carrera. Quizá por eso mismo se usa el calificativo a diestra y siniestra, asociado a sexo, clase y zona de la ciudad en la que se habita o circula, epíteto automático que surge en la boca ante el menor estímulo, como “ehhh puto” antes del matrimonio igualitario, claro está.

Y sin mucha conciencia de que los verdaderos gatos de este mundo siguen perteneciendo al ámbito del misterio, la literatura, el arte y las experiencias alucinógenas. Como el Gato con Botas, como el gato negro, como Tom. Los gatos eternos.

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