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Domingo, 19 de septiembre de 2010

VALE DECIR

Jugando con el correo

Reginald Bray, un caballero inglés del siglo XIX, era un ávido coleccionista de estampillas y boletos de tren. No se sabe por qué leyó el reglamento completo de la oficina de correos británica y algo lo llevó a considerar ese archipiélago de reglas como un catálogo de desafíos.

Se dedicó, entonces, a enviar por correo las cosas más inverosímiles. El objeto más pequeño que se podía enviar era una abeja; el más grande, un elefante. Bray mandó por correo casi todo lo que se encuentra entre esas dos cosas: un cráneo de conejo (con la dirección escrita en el hueso nasal y las estampillas pegadas en la nuca), una pantufla, una cartera, un cepillo de ropa, algas marinas, una moneda, un rábano (con la dirección y el mensaje tallados en el vegetal), un terrier irlandés, y muchas más cosas.

Llegado a este punto, se envió él mismo por correo, convirtiéndose en 1900 en el primer ser humano con franqueo; repitió la trémula hazaña en 1903 por correo certificado.

Todas estas aventuras se encuentran en el libro The Englishman Who Posted Himself and Other Curious Objects (“El caballero que se despachó a sí mismo y a otros objetos curiosos”), de John Tingley. La periodista Deirdre Foley-Mendelssohn escribe sobre ello en The New Yorker. Ella reconoce en Bray el espíritu bromista que se perpetúa al día de hoy en, por ejemplo, las infames cámaras sorpresa; pero a diferencia de estas últimas —que hacen que la víctima se sienta como un imbécil— Deirdre redescubre estas travesuras como pequeños ejercicios de inteligencia, pese a que la televisión las haya convertido en justamente lo contrario.

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