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Domingo, 19 de septiembre de 2010

Calle peligrosa

Gordon Gekko está de vuelta. Oliver Stone resucitó a su villano más inescrupuloso, aquel que en 1987 hundía a la gente sin tocarla y estremecía desde las pantallas con su sangre fría, su manejo ilegal de información clasificada y su lema “La codicia es buena”. El tiempo ha pasado, Gekko fue a prisión por sus crímenes y sale en libertad justo para volver al ruedo durante la crisis monumental del 2008. Pero las cosas ya no son lo que eran en la jungla de asfalto. De paso, una recorrida por las mejores películas sobre especulación y colapsos financieros.

 Por José Pablo Feinmann

De la tosquedad de Oliver Stone sería banal decir una palabra. Pero siempre que uno escribe algo así es para decir una, dos o muchas, demasiadas palabras. Se trata de un personaje, no imprevisible, pero de una sorprendente previsibilidad. Oxímoron que se explica en que su áspera, casi disparatada concepción del mundo siempre va más allá de lo que esperamos. El hombre viene de entrevistar a Castro y a Chávez. Pareciera que el socialismo (algo ajado) de Castro lo seduce y que el populismo (algo risueño: pensemos en esa foto de Maradona mirándolo al líder venezolano con la veneración con que sólo a sí mismo se debe ver todas las mañanas en el espejo del baño) de Chávez le atrae. Al menos se ha pasado horas conversando con los dos, si es que pudo meter una palabra, porque Chávez y Castro suelen hablar tan de corrido que se llevan todo por delante. Es de prever, no obstante, que el hombre se habrá sensibilizado ante los problemas de los territorios periféricos al Imperio que él representa, le guste o no.

Stone hizo una versión de la catástrofe de las Torres Gemelas. Todos esperaban asistir a las revelaciones más electrizantes. No, sólo asistieron a un diálogo subterráneo de dos heroicos bomberos (uno, para colmo de desdichas, era Nicolas Cage) que conversaban a lo largo y a lo ancho de todo el film. Sobre si fue o no fue Bush, nada. Sobre si fue nomás el inhallable Osama, menos. O sea, este hombre ya nos tiene acostumbrados a grandes desilusiones. Su film sobre Nixon era casi apologético. Su JFK tenía largos parlamentos de Kevin Costner acerca de la bala mágica y conseguía refutar algo del Informe Warren. Pero hasta ahí nomás. Después era un caos. Una película para ver luego de tomarse una cajita entera de Dramamine. Al menos (que yo recuerdo) la primera Wall Street estaba filmada con cierta piedad por el espectador. Era una anécdota moral. El hombre puro era Martin Sheen (el Willard de Apocalypse Now!), que vestía de obrero laborioso, de hombre metido en el corazón del capitalismo productivo. Su hijo (Charlie Sheen, que es, en serio, según nadie ignora, su hijo... ¡qué laborioso, arduo trabajo de cast!) se metejonea con el villano del film: el hoy legendario Gordon Gekko. Que lo hace Michael Douglas, quien, al menos, tiene una ventaja sobre su padre: no sobreactúa y no se ha dedicado a cultivar sus músculos para exhibirlos en cualquier película que le toque. Michael se ganó un Oscar por su Gordon Gekko. Algo que no está mal sobre todo si pensamos que –en la última edición de los Oscar– se ganó uno... ¡Sandra Bullock! Pero Michael, que es naturalmente antipático (es sólo una apreciación subjetiva, confieso que los dos Douglas han contribuido poderosamente a ensombrecer mi existencia de cinéfilo, que habría sido más plena y feliz sin ellos), no encuentra escollos en darle vida a Gordon Gekko. Notable la escena en que, desde un taxi y junto a Charlie Sheen, enumera sus diferencias esenciales ante un tipo que está en la calle, en el cordón de la vereda, esperando cruzar. Gordon Gekko, con ese infeliz, nada que ver. Y ahí lanza su credo. Que se reduce a una sola frase: “Greed is good”. La codicia es buena. Ni los guionistas de la peli ni Gekko han descubierto nada. Porque si el lema central del clásico de Adam Smith, de fines del siglo XVIII (La riqueza de las naciones), postulaba al egoísmo como el motor existencial primario del sistema capitalista, se hace difícil ver qué tiene de original o de revolucionario o de transgresor el latiguillo de Gekko. Pero la gente no sabe un pito de nada y dale que va, dicen los guionistas, la frase es linda y no es exactamente la de Smith. De modo que ahí va y Gekko pasa a la historia con esa sentencia: “La codicia es buena”. La frase no parece demoníaca. Todos los escritores son, por ejemplo, codiciosos: quieren escribir algo que supere al Ulises. Si se trata de un dramaturgo, reducir a cenizas Esperando a Godot. Si se trata de un músico, no sé: ¿quién puede saber lo que quiere un músico de hoy? El repertorio de Vladimir Horowitz y Martha Argerich, los más grandes pianistas del siglo XX, es casi el mismo que el que Clara Wieck, la mujer de Schumann, tocaba en el siglo XIX. Pero Gekko se refiere al dinero. Que no tiene el prestigio de la literatura, la dramaturgia o la música clásica. Gekko dice: la codicia es buena para ganar dinero. David Rockefeller ya había dicho algo impecable: “Es muy fácil ser millonario: sólo hay que pensar en ello todo el tiempo”. Y esta gente –la de las dos Wall Street– hace eso: todo el tiempo piensa en la guita, habla de la guita, vive para ganar guita. Dan pena. En serio. Tendrán poder. Quién podría negarlo. En la secuela, Gekko entra en una reunión impresionante, se acerca a una mesa y comenta: “Si dejaran de existir todos los que están aquí, no quedaría nadie para manejar el mundo”. Afirmación discutible. Por ejemplo:

Frase madre: Si dejaran de existir todos los que están aquí...

Conclusiones alternativas a la de Gekko:

1) El mundo se arregla en tres días.

2) No quedaría nadie para devorarse la riqueza de los otros.

3) Se podrían destinar las fortunas de todos esos ladrones de guante blanco para salud, educación, salvar continentes enteros, integrar a los inmigrantes, salvar la economía de los países pobres. Y miles de cosas más.

Pero ahí, en Wall Street, están todos. En esta secuela, Stone presenta a los dueños del mundo en grandes decorados, con mesas de reunión descomunales, encuadrados por una luz sombría. Parece una reunión de Capone con los suyos. En rigor, aunque Stone no lo va a decir, ¿qué diferencia hay entre la mafia y Wall Street? Se dirá: estos altos jerarcas de las finanzas no ordenan la muerte de nadie. ¿No, en serio, tan ingenuos son? ¿Y por qué valores, para sostener qué sistema, qué poder imperial, pelean los marines en Irak hoy y donde sea mañana? No, son todos cómplices. Cuando Steve Martin cierra una ceremonia de los Oscar diciendo: “Un gran saludo a nuestros jóvenes soldados que arriesgan y hasta entregan sus vidas para que nosotros podamos estar aquí”, ¿qué está diciendo? Todo es uno. Las finanzas de Wall Street se defienden en Guantánamo, en Irak, en Abu Ghraib, se defendieron en Vietnam, en Chile y en la Guerra del Golfo. Pero de eso nada dice Stone. Su Wall Street: el dinero nunca duerme presenta el regreso de Gordon Gekko y es la historia de su definitiva redención. Michael Douglas es, lejos, lo mejor de la película. Salvo lo que resta de Eli Wallach –que hace de casi cadáver, algo que, en rigor, es–, que se divierte con su condición de tener un pie en cada mundo: uno en éste, otro en el otro. (Qué bien queda estilísticamente esta repetición, ¿no? Otro en el otro.) Un poco así está el pobre Michael con su triste cáncer de garganta. Dicen que se curará, pero no podrá hablar más. Algo que significa lo que significa: quedará mudo. Lástima. Fue superior a su padre. Fue mejor actor. Hizo muy buenas películas. Fue un buen productor. Y ésta (Wall Street) no lo deja mal parado. Por si fuera poco, se larga a hablar del cáncer en un speech que da al comienzo del film en el que promociona su libro. Porque es así. Ha escrito un libro. Que ya es un best seller. Su hija no quiere ni verlo. Yo no me preocuparía. Si mi hija fuera esa nadita, esa insustancialidad, ese canto a lo baladí que es Carey Mulligan, le diría: “Sigue tu camino, nena. Y no molestes a tu padre, que es un hombre ocupado”. Para colmo, la señorita se llama Winnie. ¿Hay que asumir que Gekko le puso a su hija Winnie como Winnie the Pooh? ¿Qué anhelaba tener: una hija o un osito? La cuestión es que Winnie Gekko está enamorada de Jacob Moore, un ambicioso trepador en el universo de Wall Street. Jacob Moore está en manos de un actor de nombre extraño. Honestamente no lo conocía. Se llama Shia LaBeouf. Creí que era la protagonista femenina. “Shia”, ¿qué es eso? El tipo, de George Clooney, nada. Ni de Brad Pitt. Imaginen la pareja que hacen LaBeouf y la osita Winnie. Pero hablaré poco de los actores porque me han llegado rumores según los cuales los críticos “serios” me critican esa habitualidad: hablo mucho de los actores. Desde que apareció ese libro de Peter Bogdanovich, El director es la estrella, hay que hablar de los directores. Que son los “autores” de un film. No voy a discutir esto ahora, ni nunca. No tengo con quien discutirlo. Yo estuve en muchos films. Lo primero que hace el director es reunirse con el guionista. Luego con el director de fotografía y el director de arte. Entretanto se hace el casting, que es fundamental. El director es un elemento más de la estructura totalizadora del film. En todo caso, no se le puede negar su papel de totalizador final. Pero “autores” hay muy pocos. En cuanto a los maldecidos actores, Raymond Chandler decía: “En Hollywood, los actores son tan alcohólicos y vanidosos como los productores y los directores, pero al menos son más lindos y tienen más glamour”. El que parece haberlos condenado fue el Maestro Hitch con su frase: “Los actores son ganado”. Que no fue así, dijo: “A los actores hay que conducirlos como ganado”. Igual es una guarangada. Sobre todo proviniendo de un gordo onanista que se moría por sus rubias, al tiempo que las detestaba porque sin duda era algo o bastante impotente. Igual admiro a Hitch. Otros tienen problemas más graves y no hacen tan buenas películas.

Bien, el cast de la secuela de Wall Street es malo. Josh Brolin es un tipo de otra época. Esa jeta es para un western de los años ‘40. O para una propaganda de Marlboro de los ‘60. Frank Langella, que es un grande, intenta demostrar que aquí también lo es. Pero su mejor escena es tirarse debajo de un subte. Susan Sarandon –puesta porque, seguramente, Castro y Chávez exigieron a esa “actriz tan progre que tienen ustedes”– no tiene nada que hacer, no hace nada, ni de Susan Sarandon. Es triste.

Pero la cumbre de Wall Street es su parte sentimental. Gordon Gekko tiene corazón, vamos, ¿por qué no? Se dispone a ser malo otra vez y su yernito le muestra... No sé si decirlo. Es la gran sorpresa de la película. Su punto más alto. Porque nadie dice: “¿Qué es robar un banco al lado de fundarlo?”. O: “Somos basura, somos todos la familia Corleone y peor”. O: “Se tortura por nuestros dólares a lo largo y ancho de todo el planeta”. No. La película termina en un festejo del capitalismo. Con una fiesta familiar. Ahí, todos son felices. Y es que Gordon Gekko se volvió intempestivamente bueno. Sólo hizo falta que su yerno, Shia LaBeouf, le exhibiera la imagen de un feto en la pantalla de la computer y le dijera: “Es tu nieto, Gekko”. Y se acabó. Todo lo que pudieron haber dicho Chávez y Castro a Stone se hizo papilla. ¡Un feto destruye el corazón de cualquier piraña de Wall Street! Stone disimula cuando va a Cuba. A Venezuela. Es para poder hacer esto. El capitalismo tiene corazón. La familia todo lo puede. El mundo marcha hacia un futuro de plenitud. Sólo restará enderezarle la boca a Carey Mulligan y listo. “What a world!”, exclamaba Karl Malden en la apertura de los Oscar en 1990, a días de la caída del Muro de Berlín. “What a world!”, sigue exclamando Stone. Hasta Gordon Gekko se redime por un fetito en una pantalla. ¿Dónde está el mal? ¿Por qué hoy, en el mundo, hay más hambrientos que jamás en toda la historia de la Humanidad? Vaya uno a saber. Pero no busquen el motivo por Wall Street. Ahí hay gente muy sensible. Que ama la vida. ¿Es Wall Street el capitalismo de Obama? ¿Cuál es el capitalismo de Obama? No levantó la base de torturas de Guantánamo. Y envió 30 mil marines más a Irak. Todo sigue igual. Pero... Gordon Gekko será abuelo. ¿No alcanza con eso? Sólo los resentidos, los envenenados pueden exigir más. Como decía el doctor Pangloss, siguiendo a Leibniz: Dios, puesto a elegir mundos, eligió para nosotros el mejor de todos los posibles. Es éste. Y su centro está en Wall Street. Dios conserve a su gente para que pueda seguir conduciéndolo. Así será, no lo duden. Porque si algo malo llegara a ocurrirle a Gordon Gekko, estará su nieto para ocupar su lugar. Y lo hará mejor que él. Cada vez vienen mejores, con menos escrúpulos, con más crueldad, infinitamente impunes.

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