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Domingo, 2 de septiembre de 2012

Desensillar hasta que aclare

 Por Amy Davidson

Primero apareció la silla, arrastrada por los de seguridad. Luego entró Clint Eastwood, divagando. Para el momento en que consiguió poner en orden sus ideas, ya le estaba hablando a la silla. La acusó de pedirle que se hiciera cosas inenarrables a sí mismo. La idea era que quienes estábamos viendo la Convención Nacional Republicana en la que tuvo lugar el espectáculo, imagináramos que en el asiento se encontraba Obama. Pero Eastwood no estaba sólo ligeramente desaliñado, sino también demasiado asombroso. Eastwood no era el único chiste, de todos modos: él, si no la silla, habló para una línea del partido que la gente de Romney tal vez no entienda, mucho menos controle.

Eastwood fue el invitado sorpresa del Partido Republicano, aunque horas antes ya se sabía que sería él. Claro indicio de la expectativa (o acaso patética ansiedad) generada en el partido por Clint fue el hecho de que, en un video mostrado inmediatamente antes, Mitt Romney tomara prestada una frase de la publicidad de Chrysler que Eastwood hizo para el Super Bowl, acerca de cómo Norteamérica volverá a “rugir”. La campaña tal vez lamente la decisión de ponerlo en la posición de marcar el tono para este gran y definidor discurso de Romney: la sesión de balbuceo de Clint llegó justo antes de Marco Rubio, quien debía presentar a Mitt. Dado que Clint no sacó la silla de su bolsillo, deben haber tenido alguna idea del dispositivo que planeaba usar, así que o bien lo juzgaron erróneamente o bien tuvieron miedo de decirle que no. (La agencia AP informó que los asistentes no se veían contentos durante el discurso.) Nos han contado acerca del gestor ejemplar que es Romney, pero esto no estuvo bien gestionado.

Si al menos Clint le hubiera hablado con claridad a la silla, todavía podría haber funcionado. Pero así fue como comenzó la conversación entre ambos:

–Entonces, Sr. Presidente, ¿cómo maneja promesas que ha hecho cuando estaba en campaña electoral, y cómo las maneja? Quiero decir, ¿qué le dice a la gente? Acaso usted simplemente –ya sabe, yo sé– la gente se estaba preguntando –usted no– lo manejó tan bien. Bueno, sé de gente en su propio partido incluso que estaba muy decepcionada cuando no cerró Gitmo. Y yo pensé: Bueno, cerrar Gitmo... ¿Por qué cerrarlo? Gastamos tanto dinero en eso... Pero, pensé, tal vez como excusa: ¿Qué querés decir? ¿Callate?

Para aclarar: fue la silla la que le dijo que se callara, no Ann Romney, aunque ella podría haber querido hacerlo. Paul Ryan parecía querer hacerlo.

¿Acaso sabían lo que iba a decir? ¿Sabían que iba a destrozar estadísticas de desempleo, burlarse de Oprah, despotricar contra abogados (“demonios que abogan por esto y bifurcan esto y bifurcan aquello”), llamar locos a Obama y Biden, preguntarse por qué no les preguntamos a los rusos cómo les fue a ellos antes de meternos en Afganistán nosotros, decir que el problema de un plan para traer de regreso a las tropas para 2014 es que podría tener sentido traerlos de regreso mañana mismo? Tal vez es demasiado grosero analizar palabras específicas en una performance tan incoherente. ¿Pero qué opina Romney de Clint, después de que dijera de Obama: “Cuando alguien no hace el trabajo, tenemos que dejarlo ir”, haciendo un gesto de cortar el cogote? El equipo de Romney probablemente previó que todo iba a terminar con el imperativo de que “le hicieran el día”, pero habrán previsto también el sketch de una cierta sensibilidad de tendencia republicana: ser descuidado con los datos duros, gruñón, xenófobo, burlón, más aislacionista de lo que su establishment es capaz de advertir, y al borde de llegar a una instancia de amenaza. Además: nada inteligente en lo que hace a las mujeres, o los límites de su paciencia, y muy autocomplaciente. ¿Entiende acaso Mitt lo que ha hecho? ¿Alguna vez ha tenido una idea cabal de las convicciones y las intenciones de aquellos que lo rodean, de aquellos a los que tan halagüeñamente adopta, y de lo rápido que una multitud o una elección pueden darse vuelta?

Cuando Clint finalmente se fue, dejó con su estela una convención que iba atrasada, material para Twitter con su Obama invisible y una buena cuota de divertida consternación. El público tardó varios minutos de parpadeo en el arcoiris del discurso de Marco Rubio para reorientarse. Probablemente ésta sea recordada como la convención en la que una silla vacía llamó más la atención que un candidato.

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