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Domingo, 2 de septiembre de 2012

ENTREVISTAS> VIOLETA GORODISCHER HABLA DE SUS CRONICAS EN EL MUNDO DE LA ESPIRITUALIDAD

ESA INCREIBLE NECESIDAD DE CREER

Con más de una década de psicoanálisis encima y preparada para bucear desde lo racional en el inconsciente, en su nuevo libro Buscadores de fe Violeta Gorodischer se lanza sin red a retratar un mundo donde se repiten mantras para invocar ángeles, hay respiraciones rituales y se les pide consejo a seres de otras dimensiones. Es decir: a empaparse de las nuevas prácticas espirituales que desde hace unos años hacen furor en las clases medias urbanas. La autora reconstruye, con respeto pero sin dejar la ironía de lado, las historias de quienes la guían en ese camino y relata, de paso, su propia transformación a partir de estas prácticas.

 Por Sebastian Hacher

No hay que confundirse: aunque su título engañe, Buscadores de fe no es un manual de autoayuda ni una guía para reírse de las modas espirituales. A mitad de camino entre la investigación y la nouvelle, el nuevo libro de la escritora y periodista Violeta Gorodischer funciona como un mapa de prácticas, cada una de ellas narradas en una crónica que se encadena con la anterior, en una búsqueda que la autora termina tomando como propia. Si el género parecía condenado a retratar lo marginal, lo freak y lo extraño, Buscadores de fe trabaja en un territorio que –quizá por un sentimiento de pertenencia de gran parte de los cronistas– suele ser poco visitado.

“Mi objetivo”, dice Gorodischer, “era explorar las grietas de la clase media y dar cuenta del fenómeno social que significa su vuelco hacia la espiritualidad. Todas las prácticas tienen en común que no se proponen como religiones. Redefinen las reglas, promueven valores solidarios e inculcan la idea de ayudar al otro. En las historias que cuento, las crisis personales actúan como motor de esas búsquedas: son prácticas que llegaron donde el psicoanálisis no alcanzó a dar una respuesta”.

En las crónicas de Gorodischer ya no se trata de someter el cuerpo a la ingesta de drogas, el sexo desenfrenado o peligros extremos y sobrevivir para contarlo. La apuesta es entregarse a una experiencia que promete sanación, en un sentido amplio: corporal. emocional, un bienestar global que le pueda hacer frente a todo. Si Hunter Thompson, el inventor del periodismo gonzo, salió de su convivencia con los Hells Angels con algunos huesos rotos, Violeta emerge del trabajo de campo bendecida por la energía universal. Incursiona –como se lo define en sus propias páginas– en un periodismo gonzo de la espiritualidad.

Buscadores de fe cuenta desde las historias de aquellos que sólo consumen alimentos sin cocinar hasta escuelas de meditación que siguen los preceptos de maestros indios adaptados a los tiempos modernos. Se detiene en prácticas chamánicas, hombres que dicen canalizar a seres de otras dimensiones, seguidores de un movimiento chino perseguido por el gobierno comunista y los ejercicios de El Arte de Vivir que convocan a miles de personas a meditar en el Planetario de Buenos Aires. En algunas prácticas, la autora se tira a la pileta: participa por más que la comida crudivegana le caiga mal o los ejercicios respiratorios le produzcan náuseas. En otras, mantiene distancia, pero con el mayor respeto posible. “No juzgo”, dice, “porque me parece que no soy nadie para juzgar las creencias ajenas. Eso no implica limitar mi mirada respecto de todo aquello que observo, lo que me gusta y lo que no. Mi ideología, mi educación, mi forma de ver el mundo están presentes en esta páginas sin necesidad de ser ofensiva por eso”.

La ironía, dice, se borra a medida que ella pone el cuerpo. El punto cúlmine quizá sea su participación en un temazcal, una ceremonia donde los participantes se encierran en una cueva muy pequeña y oscura, junto con piedras calientes que representan el seno de la madre tierra. Antes de entrar, la autora pone a prueba sus costumbres urbanas: el baño es el monte abierto, en una zona donde la mayoría de los participantes ya hizo sus necesidades. Pero si hasta ese momento todavía hay un dejo de humor, adentro, cuando todo se pone oscuro y el calor se mezcla con los cánticos rituales, la cosa se pone más densa. Gorodischer es claustrofóbica y, antes de entrar, pide “superar este encierro” para superar el resto de sus encierros. Por momentos parece que no va a lograrlo: tiene taquicardia, llora, busca resquicios de luz en las paredes de la cueva –que está hecha de telas–, grita en vano para que la dejen salir y trata de aguantar el calor haciendo cuerpo a tierra, semidesnuda. “Ese fue mi límite”, dice Gorodischer. “Lo que seguía era tomar ayahuasca, pero sentí que no estaba lista.”

DE ORIENTE CON AMOR

Una de las protagonistas del libro construye un altar con recortes de revistas. Su objetivo, dice, es tener una camioneta nueva y una silueta de modelo. Ni el dinero, ni el marketing, ni los deseos mundanos se quedan afuera de estas búsquedas. Allí donde la Iglesia Católica hacía votos de pobreza y pretendía poner un manto de supuesta renuncia a las cosas del mundo, las nuevas espiritualidades parecen abrir los poros para recibir al hombre occidental tal cual es, con sus deseos y frustraciones. Incluso la política se cuela en cada una de las búsquedas: al mismo tiempo que el libro salía de la imprenta, se conocía que Sri Sri Ravi Shankar, el líder de El Arte de Vivir, venía a la Argentina auspiciado por el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri.

En el libro, la política aparece como una constante. Durante un ritual de El Camino Rojo, un hijo de desaparecidos dialoga con el sol y le pregunta si los militares que asesinaron a sus padres también son hijos de la divinidad. En las listas de correo de la Diksha –las bendiciones de unidad que se retratan en el último capítulo– el día que se murió Néstor Kirchner circularon varios mails que llamaban a enviarles Diksha a distancia. “Por favor”, decía uno de los correos, “hoy mismo unámonos en una Diksha pidiendo no sólo que Néstor Kirchner vaya inmediatamente al seno de la divinidad, sino que nuestra actual presidenta tenga fortaleza, claridad, inteligencia y capacidad de acción para seguir adelante con su tarea”.

Buscadores de fe. Violeta Gorodischer Emecé 236 páginas

Esa relación entre política y espiritualidad se vuelve por demás explícita en Falun Dafa, una práctica china perseguida y prohibida por el régimen comunista. Para terminar de entender de qué estaban hablando, Gorodischer le dedica casi el mismo tiempo a ensayar una serie de complicados movimientos y a leer los expedientes de las denuncias que la organización presentó junto con Amnistía Internacional.

Las prácticas que investigás parecen ajustarse más a la sociedad moderna que las relaciones tradicionales.

–Todos estos caminos tienen escuelas, espacios y seguidores que interpelan cada vez más a distintos sectores de la sociedad argentina. Esto no implica que el catolicismo, ni el resto de las religiones tradicionales, desaparezcan del horizonte de creencias. Lo que pasa es que las instituciones religiosas ya no serían tan claramente las organizadoras de los vínculos sociales. Hay un proceso que tiende a la des-institucionalización. Obviamente, los prejuicios ante las nuevas camadas espirituales persisten, como si hubiera una desconfianza ante todo lo que escapa al monopolio de la hegemonía católica.

La Iglesia está en retirada, pero sigue siendo el centro de la espiritualidad.

–El sociólogo Fortunato Mallimaci dice que esa resistencia tiene que ver con el lugar histórico de la Iglesia en cuanto a legitimadora de creencias, y es eso lo que empezó a resquebrajarse. No porque las personas abandonen el apego religioso que traen desde la cuna –aunque muchas lo hacen– sino porque permiten que ingresen cosas nuevas. La idea de trascendencia se va fragmentando y asume formas innovadoras. De pronto se percibe algo relacionado con el “nomadismo religioso” del que ya hablan varios sociólogos en el mundo. El resultado es esta posibilidad de creer sin pertenecer.

Una especie de espiritualidad lista para consumir.

–En términos de Mallimaci, asistimos a una especie de “cuentapropismo religioso”, en el que cada uno elabora su trayectoria y elige cuáles compromisos asumir y cuáles no, en qué instituciones quiere buscar sus bienes simbólicos.

Muchas de las prácticas parecen alejarse de la culpa cristiana en relación con el dinero.

–Entre otras cosas, con el sociólogo y antropólogo Nicolás Vioti trabajé cómo caminos como El Arte de Vivir tienen una estructura de tipo empresarial, que no ocultan. El dinero está presente en todas las prácticas. Desde los chamanes que pasan la gorra y te alojan en su casa, hasta El Arte de Vivir, cuyos cursos, muchas veces, se abonan a través del Pago Fácil. En estas búsquedas, el dinero se incorpora como un elemento de la prosperidad. Nadie lo niega, ni ocultan su estructura. Alguien podría decirte, ¿le pagás a tu psicoanalista y no pagás por esto?

PUNTOS DE VISTA

¿Como leería este libro un Claudio María Domínguez, un Ari Paluch o cualquiera de los nuevos gurúes de moda? Gorodischer no sabe la respuesta, pero está segura de que ése no es su terreno. “No soy panfletaria”, dice, “ni hago propaganda de tal o cual camino. Me ubiqué en un lugar difícil, en una observación que, sin ser cínica, es despierta.”

Dentro del campo de la no ficción, Buscadores de fe puede ser leído como el polo opuesto a Dios Mío, un viaje por la India en busca de Sai Baba, el clásico de Martín Caparrós. Para escribirlo, Caparrós recorrió la India, vivió en el ashram de Sai Baba y participó de varias ceremonias. En una de ellas, mientras el gurú dirige una ceremonia, Caparrós entra en un trance molesto. “Me duelen las piernas, empiezo a cabecear y caigo en duermevela y sueño. Cualquiera podría pensar que es un estado místico. Me parece más bien que es una sabia mezcla de cansancio, irritación y embole”, escribe.

Gorodischer no es ajena a ese tipo de sensaciones: en una de sus primeras meditaciones trascendentales –con un mantra único e intransferible, que la autora obtiene previo pago de doscientos dólares– piensa en las cuentas que tiene que pagar, en su novio, y se le vienen a la cabeza recuerdos de su infancia, pero sigue repitiendo el mantra: “Dejo caer la cabeza. Los brazos. El cuello. Mantengo el mantra. Y, de repente, siento que me voy a caer (...) Pregunto a los instructores si es normal lo que acaba de pasarme. El más joven de los dos sonríe y me pregunta si sé lo que dijo David Lynch acerca de su primera experiencia de meditación. Niego con la cabeza. ‘Dijo que se sintió dentro de un ascensor al que le habían cortado las cuerdas’”.

La entrega termina de concretarse en la última crónica, consagrada a las Dikshas o Bendiciones de Unidad. Los impulsores de la orden nacida en la India invitan a la autora a una ceremonia de transmisión de energía con las manos, similar al Reiki pero, le dicen, mucho más intensa. “La puerta se abre y entre Jonas, el Diksha Giver”, escribe Gorodischer. “Es rubio. Los ojos celestes, la piel muy blanca. Usa jeans y camisa a cuadros y tiene un collar con cuentas de piedra pintado en naranja y amarillo. No hay mucho preámbulo. Después de darnos la bienvenida dice que las Dikshas son transmisiones de energía. Afecta al modo en el que nos percibimos a nosotros mismos y al universo, que acelera nuestro despertar.”

La autora respira hondo y cierra los ojos. Participa de esa ceremonia, y de otras. Y luego de otras más. “El ser hablante es un ser creyente”, dice Julia Kristeva en su libro Esa increíble necesidad de creer. En sus páginas, habla de la necesidad histórica de los seres humanos de creer en algo y de la imposibilidad de escapar a ello, aun siendo agnósticos. Buscadores de fe explora esa necesidad. Al final del libro, y al final de la entrevista, Gorodischer termina de abrirse. “La Diksha”, dice, “es una búsqueda despojada de muchos elementos rituales, es lo que más me terminó cerrando. Sin hacer juicios de valor creo que es, de alguna manera, la forma de espiritualidad que yo construí”.

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