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Domingo, 2 de septiembre de 2012

TELEVISIóN > LA SERIE CASA DE CITAS Y EL NUEVO “MELODRAMA PROSTIBULARIO”

Libertad y fraternidad

 Por Paula Vazquez Prieto

En la Francia de 1871, luego de la consagración de la Tercera República, la vida cortesana se ha trasladado a los burdeles. El espíritu libertario de la Revolución, de cabezas rodantes y anhelos de independencia, se encierra en esas casas de citas donde las prostitutas, prisioneras de su condición femenina, mantienen satisfechos a los guardianes de la vida republicana entre brocatos y oropeles, y resisten, desde esa tribuna de amor y fraternidad, un dominio que nunca se apaga. Todo lo que allí ocurre tiene el condimento esencial para un buen melodrama de época: vestidos y pelucas, espejos y escaleras, galeras y carruajes, y por supuesto mucho, pero mucho sexo. Es que de eso se trata la serie francesa Casa de citas (Maison Close), producida por Canal Plus en 2010 (espera el estreno de su segunda temporada en octubre de 2012) y estrenada este mes por Europa Europa: de mostrarnos con elegancia y sofisticación (como siempre lo hacen los franceses) los juegos prohibidos que se agitan debajo aquellas viejas sábanas de encaje, eso sí, siempre con el glamour digno del Moulin Rouge.

Los últimos años del siglo XIX fueron el sueño crepuscular de aquellas mansiones orgiásticas que habían funcionado como espacios de protección para las mujeres que, rehenes de la prostitución, eran perseguidas por la policía si andaban solas deambulando por las calles más oscuras de París. Para evitar a los proxenetas, que sí podían contactar a los clientes sin ser encarcelados, las mismas prostitutas se organizaron y así nacieron lugares como Paradise, burdel estrella de Casa de citas, que más que al paraíso se asemeja al infierno, un infierno de abusos y corrupción donde los hombres siguen teniendo el poder. Dueños de las mansiones o clientes importantes, financistas, nobles, mandatarios o simples matones, todos mantienen sus placeres a raya, donde sólo quienes tienen dinero pueden acceder al mundo soñado. Y en ese ambiente sórdido, pero fascinante nos introduce Jacques Ouaniche, creador de esta serie que causó tanto revuelo en Francia, con mujeres bellas y sensuales, ambiciosas y perversas, de ojos felinos y caderas torneadas, que coquetean con hombres y entre sí, para alimentar toda fantasía que ande dando vueltas.

La curiosidad que despierta la vida sexual de los antepasados, con tanta alcurnia como los franceses, es el disparador de ese morbo, morbo que se mezcla con crímenes y maltratos, para poner un poco de intriga al asunto, entre tantos desnudos “artísticos” y coreografiados, enmarcados en escenarios barrocos casi como salidos de las pinturas que dan vida al Louvre. Ya habíamos visto otras series como Los Tudors o Los Borgia, dinastías eróticas si las hay, donde los reyes se despojaban de sus ropajes monárquicos para internarse en orgías en ralenti, con estética videoclipera y sin nada de rigor histórico. Pero los franceses se toman las cosas un poco más en serio, o por lo menos eso parece. Difícil comprobar si las cosas ocurrían en el París de fin de siglo como en Casa de citas, pero lo cierto es que la serie evita la pincelada gruesa y el guiño trash al estilo norteamericano, y se interna en una estética oscura y claustrofóbica que ya está haciendo escuela en este nuevo subgénero que podríamos llamar el melodrama prostibulario.

Es que algo parecido se había visto en L’Apollonide (con un subtítulo que evoca esas mansiones “cerradas” de las que habla la serie: Souvenirs de la maison close), la película de Bertrand Bonello que pudo verse el año pasado en el Festival de Mar del Plata. Mujeres desprotegidas, cautivas en una mansión lujosa, con vestuarios vaporosos y altos peinados, inmersas en juegos perversos de dominio y perversión. Allí un grupo de mujeres enfrentan sus diversos destinos creando una hermandad peculiar, bucólica durante el día e inquietante por las noches. Algo que también contagia al debut en la dirección de Julie Leigh en la australiana Sleeping Beauty, película que tanta controversia despertó en el Festival de Cannes del 2011. Ambientada en la actualidad, hay algo anacrónico en ese retrato del desamparo y la inconsciencia de la sexualidad femenina, expuesta a un sometimiento subterráneo, sin violencia explícita, pero tortuoso para la imaginación del espectador.

El lugar de la mujer asociado a lo privado, en contraposición al hombre que pelea su libertad en el espacio público, es evidente en Casa de citas. En las ruinas de la Comuna de París y camino al despegue imperialista del siglo XX, tres generaciones de mujeres son avasalladas, golpeadas y humilladas como símbolo de la degradación moral de una nación civilizada. Para ellas, el sexo se convierte en su arma de combate. Como salidas de un fresco de Toulouse-Lautrec, las modernas cortesanas del burdel Paradise viven ese rudo erotismo con el ardor de una herida abierta. La sangre y el sudor que tiñen esos cuerpos desnudos anticipan que no habrá que esperar mucho para las lágrimas.


Casa de citas se dará todos los sábados a la medianoche,a partir del 8 de septiembre, por Europa Europa.

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